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Se detuvo delante de Malik, nariz contra nariz, frunció los párpados para concentrar el fuego de su mirada:

– Como vuelva a oírte dudar una sola fracción de segundo de nuestra victoria sobre esos perros rabiosos, te juro ante Dios y los muchachos que están aquí reunidos que te arrancaré el corazón con mi propia mano.

Kadem me tiró de la camisa y me hizo una señal con la cabeza para que lo siguiera fuera.

– Hay tormenta en el aire -me dijo.

– Yacín tiene un plomo fundido. A ése no lo sujetan ni diez camisas de fuerza.

Kadem me tendió su paquete de tabaco.

– No, gracias.

– ¡Anda, venga! -insistió-. Te sentará bien.

Al ceder, caí en la cuenta de que me temblaba la mano.

– Le tengo pánico -confesé.

Kadem me ofreció fuego de su mechero antes de encender su pitillo. Echó la cabeza hacia atrás y echó el humo al viento.

– Yacín es un vaina -dijo-. Que yo sepa, nada le impide meterse en un autocar y marcharse a guerrear a Bagdad. A la larga, su numerito acabará hartando, si no causándole problemas… ¿Vamos a mi casa?

– ¿Por qué no?

Kadem vivía en una casita de piedra, a espalda de la mezquita. En casa de sus padres, una pareja de ancianos valetudinarios. Me condujo a su dormitorio, en el primer piso. La habitación era amplia y clara. Había una cama grande rodeada de alfombrillas, un equipo estereofónico fabricado en Taiwán que parecía enano entre dos grandes altavoces, una cómoda con un espejo oval a su lado y una silla acolchada.

En un rincón cerca de la puerta, de pie sobre una piel de carnero blanca como la nata, un laúd… El laúd: rey de las orquestas orientales, el más noble y mítico de los instrumentos musicales, aquel mismo que elevaba a sus virtuosos a la altura de las divinidades y convertía en olimpos los tugurios más sospechosos. Conocía la historia rocambolesca de ese laúd, fabricado por el propio abuelo de Kadem, un músico fuera de serie que deleitó a los cairotas en los años cuarenta, antes de conquistar Beirut, Damasco, Ammán y de convertirse en una leyenda viva desde el Machrek hasta el Magreb. El abuelo de Kadem había tocado para príncipes y sultanes, rais y tiranos, había embrujado a mujeres y niños, a queridas y amantes. Se contaba que fue responsable de numerosos conflictos conyugales en el encopetado mundillo árabe. Por cierto, fue un capitán celoso quien le metió cinco balas en el cuerpo, en Alejandría, cuando actuaba bajo las luces tamizadas del Cleopatra, el club más de moda de la época, hacia finales de los años cincuenta…

Frente al laúd, como para dedicarse a un permanente tráfico de influencias, un marco esculpido coronaba la mesilla de noche, con una foto de Faten, la primera esposa de mi primo.

– Era guapa, ¿verdad? -dijo Kadem colgando su chaqueta de un clavo.

– Era muy guapa -reconocí.

– Ese marco nunca se ha movido de su sitio. Hasta mi segunda esposa lo dejó tal como lo encontró. Está claro que le molestaba, pero se mostró comprensiva. Una sola vez, a la semana de nuestra boda, alargó la mano para darle la vuelta. No se atrevía a desnudarse con esa inmensa mirada clavada en ella. Luego, poquito a poco, aprendió a convivir con ella… ¿Té o café?

– Té.

– Bajo a preparártelo.

Salió escalera abajo.

Me acerqué al marco. La joven desposada sonreía, con los ojos tan grandes como la fiesta que se celebraba detrás de ella. Su cara de felicidad resplandecía más que todos los farolillos a su alrededor. Recuerdo que, siendo adolescente, salía de compras con su madre, y nos apresurábamos a rodear las casas para verla pasar. Era sublime.

Kadem regresó con una bandeja. Dejó la tetera sobre la cómoda y se puso a servir dos vasos de té humeante.

– La amé desde que la vi -me sorprendió (en Kafr Karam nunca se hablaba de esas cosas)-. Aún no tenía siete años. Y a esa edad, en que carecemos de capacidad de anticipación, ya sabía que estábamos hechos el uno para el otro.

Empujó un vaso hacia mí, vertiendo por los ojos espléndidas evocaciones. Estaba como en una nube, con la sonrisa ancha y las cejas relajadas.

– Cada vez que oía tocar el laúd, pensaba en ella. Estoy convencido de que quise convertirme en músico sólo para cantarla. Era una chica encantadora, generosa y tan humilde… Sólo necesitaba tenerla a mi lado. Ella era mucho más de lo que podía esperar.

Una lágrima amenazó con rodar sobre sus pestañas; se dio la vuelta de inmediato y fingió ajustar la tapa de la tetera.

– Bueno, ¿y si escucháramos un poco de música?

– Excelente idea -aprobé, aliviado.

Rebuscó en un cajón y sacó una cinta de casete que metió en el aparato estereofónico.

– Escucha esto…

Seguía siendo Fairuz, la diva del mundo árabe, interpretando su imperecedera Pásame la flauta.

Kadem se tumbó sobre su cama, cruzó los pies y, con el vaso de té en la mano, exclamó:

– ¡Santo cielo!… No hay ángel que le llegue al tobillo. No es una sirena la que canta, es el aliento cósmico deleitándose en su eternidad…

Se alzó sobre un codo para mirarme. Sus ojos me atravesaban de parte a parte, como si fuera transparente.

Escuchó una vez y otra, extasiado:

– ¡Te das cuenta!… Si tuviera que poner una voz a la Redención, sería la de Fairuz… Y oírla como la oigo en este preciso momento, saborear su voz hasta en sus menores estremecimientos, es querer, a la vez, vivir mil años y morir de inmediato…

Escuchamos la cinta hasta el final, cada cual en su pequeño universo, como si fuéramos un par de mocosos perdidos en sus sueños. Los ruidos de la calle y el griterío de la chiquillería no nos afectaban. Revoloteábamos entre las volutas de los violines, lejos, muy lejos de Kafr Karam, de Yacín y de sus excesos. El sol nos colmaba con sus favores, nos cubría de oro. La difunta nos sonreía dentro de su marco. Por un momento creí sentirla moviéndose en su ataúd.

Kadem se lió un porro y aspiró con delectación. Reía en silencio, a veces marcando con un gesto lánguido de la mano el inalterable aliento de la cantante. Tras un estribillo, se puso también a cantar, con el pecho palpitante; tenía una voz espléndida.

– ¿Cuándo me dejarás escuchar Las sirenas de Bagdad?

Arqueó una ceja y me apuntó con el dedo:

– Tú nunca sueltas prenda.

– Me lo prometiste.

Se apoyó en un codo y me dijo:

– Dejaré que la escuches en su momento.

Una vez acabada la casete, empezó a encadenar una tras otra antiguas canciones, desde las de Abdel-halim Hafez hasta las de Abdelwaheb, pasando por Ayam Yunes, Najat y otras glorias eternas del tarab el arabi.

La noche nos sorprendió completamente ebrios de porros y de cantos.

La tele que Sayed había ofrecido a los desocupados de Kafr Karam resultó ser un regalo envenenado. Sólo trajo alboroto y discordia al pueblo. Muchas familias disponían de una tele. Pero en casa, con el padre en su trono y el primogénito a su diestra, cada cual se guardaba para sí sus comentarios. En el café, las cosas eran distintas. Se podía abuchear, debatir sin orden ni concierto y cambiar de opinión en función de los vaivenes del humor. Sayed había dado en el blanco. Como el odio es tan contagioso como la risa, los debates patinaban, cavando un foso entre quienes acudían al Safir para divertirse y quienes lo hacían para «instruirse», y fueron estos últimos quienes impusieron su criterio. Todos se dedicaron a seguir, juntos y paso a paso, la desgracia nacional. Los asedios de Faluya y de Basora y los sangrientos ataques a las demás ciudades del país daban para mucho. Los atentados horrorizaban durante un rato, entusiasmaban las más de las veces. Ovacionaban las emboscadas que tenían éxito, deploraban las escaramuzas fallidas. En un principio, la captura de Sadam alentó a la concurrencia antes de frustrarla: el rais acorralado como una rata, irreconocible con su barba de vagabundo y su mirada alelada, expuesto triunfal y desvergonzadamente ante las cámaras de todo el planeta, representaba, para Yacín, la más grave afrenta hecha a los iraquíes. Los demás le recordaban que era un monstruo. Sí, pero un monstruo nuestro, replicaba Yacín; al humillarlo de esa manera, se cubría de oprobio a los árabes del mundo entero.