– No, gracias. Mis viejos no se encuentran muy bien.
– Que sí, te quedarás a cenar -le dije perentoriamente-. Son casi las nueve, y sería muy descortés despedirte de nosotros justo antes de la cena.
Kadem apretó los labios, dubitativo.
Bahia acechaba su respuesta martirizándose las manos.
– De acuerdo -cedió-. Hace tiempo que no pruebo la cocina de mi tía.
– Yo he preparado la cena -le señaló Bahia con el rostro escarlata.
Salió disparada escaleras abajo, feliz como una cría en día de Aíd.
No habíamos acabado de cenar cuando se oyó a lo lejos una deflagración. Kadem y yo nos levantamos para ir a ver. Algunos vecinos se asomaron a sus terrazas, seguidos poco después por el resto de sus familiares. En la calle, uno preguntaba qué ocurría. Aparte de las minúsculas luces más allá de las huertas, la meseta parecía tranquila.
– Es un avión -gritó alguien en la noche-. Lo he visto caer.
Se oyó el ruido de unos pasos a la carrera que subían por la calle y se iban alejando hacia la plaza. Los vecinos empezaron a evacuar la terraza para correr a informarse. La gente salía de su casa y se iba reuniendo en corros. En la oscuridad, las siluetas formaban un batiburrillo preocupante. Es un avión que se ha estrellado, se decían unos a otros. Ibrahim ha visto un avión caer en llamas. La plaza del pueblo pululaba de curiosos. Las mujeres permanecían delante de la puerta de sus patios, intentando sonsacar fragmentos de información a los transeúntes. Un avión se ha estrellado, pero muy lejos de aquí, las tranquilizaban…
Dos faros de automóvil surgieron de repente de las huertas y se lanzaron sobre la pista. Se aproximaba a nosotros a toda velocidad.
– Esto me huele mal -me dijo Kadem mirando el vehículo loco dar tumbos sobre la pista-. Me huele francamente mal.
Se precipitó escaleras abajo.
El coche estuvo a punto de derrapar al entrar rugiendo en la curva que desembocaba en Kafr Karam. Sus bocinazos nos llegaban por fragmentos, aunque resultaban preocupantes. Ahora los faros alumbraban las primeras casas del pueblo y los bocinazos echaban a la gente contra las paredes. El vehículo cruzó el campo de fútbol, frenó en seco delante de la mezquita y patinó varios metros antes de detenerse envuelto en una nube de polvo. El conductor salió precipitadamente mientras la gente acudía hacia él. Tenía la cara descompuesta y la mirada despavorida. Señalaba las huertas con el dedo y balbuceaba sonidos ininteligibles.
Otro coche apareció detrás; su conductor nos gritó, sin molestarse en bajar:
– Suban corriendo. Necesitamos ayuda en casa de los Haitem. Ha caído un misil en medio de la fiesta.
Al darse cuenta de la gravedad de la situación, la gente echó a correr en todas direcciones. Kadem me empujó dentro del segundo coche y saltó a mi lado en el asiento trasero. Tres jóvenes se apiñaron a nuestro alrededor mientras otros dos se instalaban delante.
– Hay que darse prisa -gritó el chófer a la muchedumbre-. Si no encontráis coches, id andando. Hay mucha gente bajo los escombros. Pillad lo que podáis, palas, mantas, sábanas, botiquines, y no tardéis. Os lo suplico, daos prisa…
Maniobró allí mismo y salió disparado hacia las huertas.
– ¿Estás seguro de que se trata de un misil? -le preguntó un pasajero.
– No lo sé -contestó el chófer, aún impresionado-. No tengo ni puñetera idea. Los invitados se estaban divirtiendo, y una borrasca se llevó de repente las sillas y las mesas. Una locura, un absurdo; no encuentro palabras. Cuerpos y gritos; gritos y cuerpos. Si no es un misil, debe de tratarse de una fulminación del cielo…
Sentí un profundo malestar. No entendía lo que estaba haciendo en aquel coche que corría a tumba abierta en medio de la noche, no entendía por qué había aceptado ir a ver el horror de cerca, yo que apenas empezaba a recuperarme de una espantosa metedura de pata militar. El sudor me chorreaba por la espalda, fluía por mi frente. Miraba al conductor, a los hombres sentados delante, a los que tenía a mi lado, a Kadem mordisqueándose los labios, y no conseguía creer que hubiese aceptado seguirlos. ¿Adónde vas, pobre diablo?, me gritaba una voz interior. No sabía si mi cuerpo se sublevaba o si los baches lo bamboleaban. Me maldecía a mí mismo, apretando las mandíbulas, agarrando con los puños mi miedo, que fermentaba como la masa en mi vientre. ¿Adónde corres así, estúpido? A medida que nos acercábamos a las huertas, el miedo crecía, crecía a la vez que una especie de embotamiento agarrotaba mis miembros y mi mente.
Una oscuridad insana cubría las huertas. Las cruzamos como un territorio maldito. La casa de los Haitem estaba intacta. Había sombras en la escalinata, algunas derrumbadas sobre los escalones, con la cabeza entre las manos, las demás apoyadas contra la pared. El escenario del drama se encontraba un poco más lejos, en un jardín donde un caserón, probablemente la sala de fiestas, ardía en medio de un amasijo de escombros humeantes. La onda expansiva de la explosión había proyectado los asientos y los cuerpos a unos treinta metros a la redonda. Los supervivientes andaban errantes, con la ropa hecha jirones y las manos tendidas hacia delante como si fueran ciegos. Algunos cuerpos estaban alineados en el borde de una alameda, mutilados, carbonizados. Unos coches alumbraban la carnicería con sus faros mientras unos espectros se agitaban entre los escombros. Luego aullidos, interminables aullidos, llamadas y gritos como para ensordecer el planeta. Mujeres buscando a sus hijos en medio de la confusión; cuantas menos respuestas obtenían, más se desgañitaban. Un hombre ensangrentado lloraba ante el cuerpo de un familiar.
La náusea me partió en dos justo cuando puse un pie fuera del coche; caí a gatas y vomité hasta vaciarme las tripas. Kadem intentó levantarme; no tardó en abandonarme y se precipitó hacia un grupo de hombres que estaba auxiliando a unos heridos. Me encogí al pie de un árbol y, con los brazos agarrados a las rodillas, contemplé el delirio. Más coches venían de Kafr Karam, repletos de voluntarios, de palas y de fardos. La anarquía añadía a la operación de rescate una agitación demencial. Algunos levantaban con las manos vigas llameantes, lienzos de paredes hundidos en busca de alguna señal de vida. Alguien arrastró a un moribundo hasta mí. Sobre todo no te duermas, le suplicaba. Como el herido se sumía suavemente en el sueño, el otro le propinaba bofetadas para impedir que se desmayara. Un hombre se acercó, se inclinó sobre el cuerpo. Ven, ya no puedes hacer nada por él. El otro seguía abofeteando al herido, cada vez más fuerte… Aguanta. Te digo que aguantes… ¿Que aguante qué?, le preguntó el hombre. Ya ves que está muerto.
Me levanté como un sonámbulo y corrí hacia la hoguera.
Ignoro cuánto tiempo estuve allí, volcando y revolviéndolo todo a mi alrededor. Cuando volví a mi ser, tenía las manos ensangrentadas, llenas de cardenales, y los nudillos despellejados; me dolían tanto que caí de bruces, con el pecho ahumado y oliendo a cremación.
Amanecía sobre el siniestro.
De la sala devastada subían hacia el cielo, como oraciones consumadas, retazos de humo. El aire estaba cargado de horribles exhalaciones. Los muertos -diecisiete, en su mayoría mujeres y niños- estaban alineados en un ala del jardín, cubiertos con sábanas. Los heridos gemían por doquier, rodeados de enfermeros y de familiares. Las ambulancias habían llegado hacía poco, y los camilleros no sabían por dónde empezar. La confusión había disminuido, pero la febrilidad se acentuaba a medida que se evidenciaba la magnitud de la tragedia. De cuando en cuando, una mujer daba un alarido y se reanudaban los gritos y berridos. Los hombres daban vueltas, alelados, perdidos. Llegaron los primeros vehículos de la policía. Eran iraquíes. Los supervivientes la tomaron de inmediato con su jefe. La situación se agravó, y una lluvia de piedras empezó a lapidar a los polis, que se volvieron a meter en sus coches y se largaron. Regresaron una hora después acompañados por dos camiones de soldados. Un oficial muy corpulento pidió hablar con un representante de la familia Haitem. Alguien le lanzó una piedra. Los soldados dispararon al aire para calmar los ánimos. En ese instante, unos equipos de televisión extranjera desembarcaron en el lugar. Un padre enlutado les enseñó la carnicería gritando: «Mirad, no hay más que mujeres y niños. Celebrábamos una boda. ¿Dónde están los terroristas?». Agarró a un cámara por el brazo para enseñarle los cuerpos que yacían sobre el césped, y prosiguió: «Los terroristas son los cerdos que nos han lanzado el misil…».