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Me sentí desfallecer. Mi mano buscó en vano un apoyo.

En el fondo del pasillo restallaban unos insultos que dejaban corto al mismísimo diablo. Mi madre salió despedida de su habitación; se levantó y fue de inmediato a socorrer a su inválido esposo. Dejadlo tranquilo. Está enfermo. Los militares norteamericanos sacaron al viejo. Jamás lo había visto en peor estado. Con su calzoncillo ajado cayéndole por las rodillas y su camiseta desgastada hasta la trama, su desamparo era infinito. Era la miseria andante, la ofensa en su más grosera expresión. Dejad que me vista, gemía. Están mis hijos. Esto que hacen no está bien. Su voz temblorosa resonaba por el pasillo con una pena inconcebible. Mi madre intentaba caminar delante de él, ocultarnos su desnudez. Su mirada enloquecida nos suplicaba que mirásemos hacia otra parte. Yo no podía darme la vuelta. Yo estaba hipnotizado por el espectáculo que ambos me ofrecían. Ni siquiera veía a los brutos que los rodeaban. Sólo veía a aquella madre enloquecida, a ese padre enflaquecido con su calzoncillo ajado, con los brazos abatidos, la mirada desamparada, que se tambaleaba ante las embestidas. En un último arranque de energía, se dio la vuelta e intentó regresar a su habitación para vestirse. Y el golpe no se hizo esperar… ¿Culatazo o puñetazo? Qué más da. Con ese golpe, la suerte estaba echada. Mi padre cayó hacia atrás, con su miserable camiseta sobre la cara, el vientre descarnado, arrugado, grisáceo como el de un pez muerto… Y vi, mientras el honor de la familia se desparramaba por el suelo, vi lo que de ningún modo debía ver, lo que un hijo digno, respetable, lo que un auténtico beduino nunca debe ver; esa cosa reblandecida, asquerosa, envilecedora; ese coto vedado, callado, sacrílego: el pene de mi padre cayendo de lado, los testículos por encima del culo… ¡El no va más! Después de eso no queda nada, un vacío infinito, una caída interminable, la nada… Todas las mitologías tribales, todas las leyendas del mundo, todas las estrellas del cielo acababan de perder su brillo. Ya podía seguir levantándose el sol, que yo nunca más podría distinguir el día de la noche… Un occidental no puede comprender, no puede ni imaginar la magnitud del desastre. Para mí, ver el sexo de mi progenitor era como reducir toda mi existencia, mis valores y mis escrúpulos, mi orgullo y mi singularidad a un grosero destello pornográfico. ¡Las puertas del infierno me resultaban más clementes!… Yo estaba acabado. Todo había acabado. Irrecuperable. Irreversible. Acababa de estrenar el yugo de la infamia, de caer en un universo paralelo de donde nunca volvería a salir. Y me sorprendí odiando aquel brazo impotente que no sabía ni devolver los golpes ni ajustarse un vulgar calzoncillo, aquel grotesco brazo, translúcido y feo que simbolizaba mi propia impotencia; odiando mis ojos, que se negaban a desviarse, que reclamaban la ceguera; odiando los aullidos de mi madre, que me descalificaban. Miraba a mi padre, y mi padre me miraba. Debía de estar leyendo en mis ojos el desprecio que sentía por todo lo que había sido importante para nosotros, la lástima que de repente me producía el ser al que, a pesar de los pesares, veneraba por encima de todo. Yo lo miraba como desde lo alto de un acantilado maldito una noche de tormenta y él me miraba desde el fondo del oprobio; ya sabíamos, en aquel preciso instante, que nos estábamos mirando por última vez… Y, en aquel preciso instante, cuando no me atrevía a inmutarme, supe que ya nada volvería a ser como antes, que no volvería a considerar las cosas de la misma manera, que la bestia inmunda acababa de rugir en el fondo de mis entrañas; que, tarde o temprano, ya podía ocurrir lo que fuera, estaba condenado a lavar la afrenta con sangre hasta que los ríos y los océanos se volviesen tan rojos como la rozadura en la nuca de Bahia, como los ojos de mi madre, como el rostro de mi padre, como la brasa que me estaba consumiendo las tripas, iniciándome ya en el infierno que me esperaba…

No recuerdo lo que ocurrió después. Me daba igual. Las olas me llevaban a la deriva como el resto de un naufragio. Ya no quedaba nada que salvar. Los berridos de los soldados habían dejado de afectarme. Sus fusiles, su celo apenas me impresionaban. Ya podían poner patas arriba el mundo, meter fuego a todos los volcanes, tronar como una tormenta; nada me afectaba. Los veía agitarse tras una cristalera, en un microcosmos de sombras y de silencio.

Registraron la casa de arriba abajo. Ningún arma; ni la más pequeña navaja…

Unos brazos me propulsaron hacia la calle, donde había unos muchachos acuclillados con las manos sobre la cabeza.

Kadem también estaba allí. Le sangraba el brazo.

Los gritos de intimidación provocaban el delirio en las casas de los alrededores.

Unos soldados iraquíes nos inspeccionaban, listas en mano con fotos impresas en las hojas. Alguien me levantó la barbilla, paseó su antorcha por mi cara, comprobó sus fichas y se fue para mi vecino. Apartados, entre militares sobreexcitados, unos sospechosos esperaban que se los llevaran; estaban tumbados boca abajo sobre el polvo, con los puños atados y la cabeza dentro de un saco.

Dos helicópteros sobrevolaron el pueblo, barriéndonos con sus proyectores. El fragor de sus hélices tenía algo de apocalíptico.

Amanecía. Los soldados nos condujeron detrás de la mezquita, donde acababan de montar una tienda de campaña. Nos interrogaron por separado, uno tras otro. Unos oficiales iraquíes me enseñaron fotos; en algunas, rostros de cadáveres tomadas en depósitos o en el lugar de las matanzas. Reconocí a Malik, el «blasfemo» de aquel día en el Safir; tenía los ojos desorbitados y la boca completamente abierta, y de la nariz le fluía un chorro de sangre que se ramificaba por la barbilla. Luego reconocí a un primo lejano, encogido al pie de una farola, con la mandíbula desencajada.

El oficial me pidió que diera mi filiación completa; su secretario registró mis declaraciones, y luego me soltaron.

Kadem me esperaba en la esquina de la calle. Tenía en el brazo un corte bastante feo que se extendía de la punta del hombro a la muñeca. Tenía la camiseta empapada de sudor y de sangre. Me contó que los soldados norteamericanos habían destrozado el laúd de su abuelo de una patada -un laúd fabuloso de inestimable valor; un patrimonio tribal, por no decir nacional-. Lo escuchaba a medias. Kadem estaba abatido. Las lágrimas le velaban la mirada. El tono de su voz me asqueaba.

Permanecimos durante varios minutos al pie de una tapia, exhaustos, jadeantes, con la cabeza entre las manos. El cielo se iba aclarando lentamente mientras en el horizonte, como si surgiera de una fractura abierta, el sol se disponía a inmolarse en sus propias llamas. Los primeros pilluelos empezaron a corretear tras las vallas; pronto tomarían por asalto la plaza y los descampados. El rugido de los camiones anunciaba la retirada de las tropas. Algunos ancianos salían de sus patios y se dirigían apresuradamente a la mezquita. Iban a informarse: ¿a quién han detenido y quién se ha librado? Unas mujeres mugían ante las puertas cocheras, llamaban a sus retoños o a sus esposos, a los que los soldados se habían llevado. Poco a poco, al tiempo que la desesperanza corría de casa en casa y los lamentos se desflecaban por los tejados, Kafr Karam me produjo hiel suficiente como para arrastrarla como si fuera una crecida.