Había una marquesina improvisada en el cruce. Antes, el autocar que comunicaba Kafr Karam se detenía allí. Ahora, del lugar parecían haber desertado tanto hombres como animales. La techumbre de chapa ondulada se había roto y de ella colgaban unas placas de metal, por encima de la banqueta. Me senté a la sombra y esperé dos horas sin que un solo movimiento alterara la línea del horizonte.
Proseguí mi camino hasta una carretera de enlace que solían tomar los camiones frigoríficos que abastecían de fruta y legumbres las localidades de la región. Desde el embargo, se desplazaban mucho menos, pero de vez en cuando algún comerciante ambulante pasaba por allí. Suponía una tremenda caminata, y el calor cada vez más intenso me tenía aplastado.
Vi dos manchas negras sobre un montículo que dominaba la carretera de enlace. Se trataba de dos chicos de unos veinte años. Permanecían en cuclillas bajo el sol, inmóviles e impenetrables. El más joven me miró con intensidad; el otro trazaba círculos en el polvo con una ramita. Llevaban los mismos pantalones de chándal, de un color blanco sospechoso, y camisas arrugadas y mugrientas. A sus pies yacía una bolsa, como una presa derribada.
Me senté sobre un montículo de arena y fingí manosear los cordones de mis zapatos. Me invadía una extraña sensación cada vez que alzaba los ojos sobre ambos extraños. El más joven tenía una manera desagradable de inclinarse hacia su compañero para susurrarle cosas al oído. Éste asentía con la cabeza sin dejar de menear su ramita. Sólo una vez me echó una ojeada que me hizo desconfiar. Al cabo de unos veinte minutos, el más joven se levantó con brusquedad y se dirigió hacia mí. Sus ojos inyectados en sangre me rozaron y su aliento ardiente me azotó la cara. Pasó delante de mí y fue a orinar contra un matorral reseco.
Fingí consultar mi reloj y regresé a la pista apresurando el paso. Me atenazaban unas ganas locas de darme la vuelta; aguanté. Tras haberme alejado suficientemente, comprobé que no me estaban siguiendo. Seguían en su montículo, acuclillados sobre su bolsa como dos rapaces vigilando una carroña.
Unos kilómetros más allá, una camioneta me alcanzó. Me eché a un lado de la pista y agité el brazo. La camioneta estuvo a punto de arrollarme y siguió adelante en medio de un estruendo de chatarra y de válvulas recalentadas. En la cabina, reconocí a los dos individuos de antes. Miraban hacia adelante.
Hacia mediodía me sentía agotado. El sudor ahumaba mi ropa. Me dirigí hacia un árbol -el único a leguas a la redonda- que se erguía sobre un montículo. Sus ramas espinosas y peladas rayaban el suelo con su esquelética sombra. Me lancé hacia ella como un camello hacia una charca de agua.
El hambre y la sed acentuaron mi cansancio. Me quité los zapatos y me tumbé bajo el árbol sin dejar de mirar hacia la pista. Tuve que esperar horas antes de vislumbrar, muy lejos, un vehículo. Sólo era un punto grisáceo que se escurría entre las reverberaciones, pero lo reconocí por los centelleos que producía intermitentemente. Me volví a poner los zapatos y corrí hacia la pista. Pero, para mi decepción, el punto cambió de dirección y se difuminó en la lejanía.
Mi reloj marcaba las cuatro. El pueblo más cercano se encontraba a unos cuarenta kilómetros hacia el sur. Para llegar hasta él debía salirme de la pista tran sitable, y no quería demorarme por la zona. Regresé al árbol y esperé.
El sol se estaba poniendo cuando un nuevo punto vivaracho apareció en el horizonte. Estimé prudente, antes de dejar mi refugio, asegurarme de que venía efectivamente en mi dirección. Era un camión sin aletas que acudía hacia mí bamboleándose. Me apresuré a interceptarlo, rezando a mis santos patronos para que no me dejaran en la estacada. El camión redujo su velocidad. Oí las plaquetas de sus frenos chirriar hasta desencajarse.
El conductor era un hombrecillo deshidratado, con cara de cartón piedra y brazos flacos como varillas. Transportaba cajas vacías y colchones viejos.
– Voy a Bagdad -le dije subiendo al estribo.
– No está aquí al lado, chaval -me dijo tras mirarme detenidamente-. ¿De dónde sales tú?
– De Kafr Karam.
– ¡Ah! El culo del mundo… Yo voy hasta Basil. No es exactamente el mismo camino, pero por allí transitan taxis.
– Me viene bien.
El conductor me miró con desconfianza.
– ¿Puedo echar una mirada a lo que llevas en tu petate?
Se lo tendí por la ventanilla. Lo vació sobre su cuadro de mandos y verificó minuciosamente su contenido.
– Bueno, pasa por el otro lado.
Le di las gracias y lo rodeé por delante. Se inclinó para abrirme la portezuela, que se había quedado sin tirador exterior. Me instalé en el «asiento del muerto», o más precisamente en lo que quedaba de él.
El conductor arrancó con un traqueteo metálico.
– ¿No tienes un poco de agua?
– Justo detrás de ti hay un odre. Si tienes hambre, queda un resto de mi tentempié en la guantera.
Me dejó beber y comer en paz. Un velo de pena oscurecía su rostro demacrado.
– No me tengas en cuenta que haya registrado tus cosas. No quiero tener follones. Hay tanta gente armada que vaga suelta por los caminos…
No dije nada.
Recorrimos muchos kilómetros en silencio.
– Oye, tú, no eres muy parlanchín -dijo el conductor, que quizá deseara un poco de cháchara.
– No.
Se encogió de hombros y me olvidó.
Alcanzamos una carretera asfaltada, nos cruzamos con unos cuantos camiones que iban a toda velocidad en dirección opuesta, con unos pocos taxis Toyota descuajeringados, de color naranja y blanco, repletos de pasajeros. El conductor golpeteaba su volante, pensando en sus cosas. El viento le revolvía sobre la frente su mechón canoso.
En un puesto de control, unos soldados nos obligaron a dejar el asfalto y a tomar una pista recién trazada con bulldozer. El camino estaba lleno de baches, bastante mal acondicionado, a veces con desvíos tan estrechos que no era posible ir a más de diez kilómetros por hora. El camión se tambaleaba en las grietas y estuvo a punto de romper sus amortiguadores. No tardamos en alcanzar a otros coches desviados por el puesto de control. Un furgón jadeaba en el arcén, con el capó abierto; sus pasajeros, mujeres veladas de negro y niños, se habían apeado para ver cómo el conductor se las apañaba con su motor. Nadie se detuvo para echarles una mano.
– ¿Piensas que ha habido follón en la nacional?
– No estaríamos circulando tan tranquilamente -me dijo el conductor-. Primero nos habrían registrado a fondo, luego nos habrían dejado tostarnos al sol y puede que hasta pasar la noche bajo las estrellas. Debe de tratarse de un convoy militar. Para evitar que los coches kamikaze se les echen encima, los militares desvían a todo el mundo por pistas, incluso a las ambulancias.
– ¿Esto va a suponer mucho desvío?
– No tanto. Llegaremos a Basil antes del anochecer…
– Espero encontrar un taxi para Bagdad.
– ¿Un taxi, de noche?… Hay toque de queda, y está en vigor. Cuando el sol se pone, todo Irak debe meterse en su madriguera. ¡Llevarás al menos papeles!
– Sí.
Se pasó el brazo por la boca y me soltó:
– Más te vale.
Desembocamos en una antigua pista, más ancha y nivelada. Los coches se embalaron para recuperar el retraso. Levantaron polvaredas a su paso y se alejaron muy pronto de nosotros.
– Es la compañía a la que yo abastecía antes de productos alimentarios -me dijo el conductor señalándome con la barbilla un acantonamiento militar en lo alto de una colina.
El cuartel estaba abierto por los cuatro costados, con sus murallas derrumbadas; podía verse un barracón cuyas puertas y ventanas habían sido robadas por los saqueadores. El bloque blindado, que debió de albergar la comandancia y la administración de la unidad, parecía haber padecido un seísmo. Las techumbres ya no eran sino un fárrago de vigas ennegrecidas. Las fachadas reventadas mostraban la mordedura de los misiles antiblindaje. Una avalancha de papeles se había volatilizado de los despachos y se retorcía contra las alambradas, detrás de los hangares. Unos vehículos bombardeados exponían sus chasis en el aparcamiento mientras un depósito de agua montado sobre un andamiaje metálico, probablemente segado por un obús en su base, había caído aplastando un mirador carbonizado. En el frontón de lo que fue un cuartel moderno, el retrato de un Sadam Husein mofletudo, con sonrisa de predador, había quedado desconchado por la furia de la metralla.