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– Al parecer, los nuestros no dispararon un solo tiro. Se escaquearon como conejos antes de la llegada de las tropas norteamericanas. ¡Una vergüenza!

Contemplé el amasijo de desolación sobre la colina que la arena iba cubriendo solapadamente. Un perro salió de la garita de la entrada principal del cuartel, pardo y famélico, se estiró y desapareció tras un amasijo de escombros, hociqueando el suelo.

Basil era una aldea encajada entre dos enormes rocas pulidas por las tormentas de arena. Estaba acurrucada en el fondo de una hondonada que, durante la canícula, recordaba un hammán. Sus casuchas de adobe se aferraban desesperadamente a las laderas de las colinas, separadas unas de otras por un embrollo de callejuelas retorcidas por las que apenas podía pasar una carreta. Su avenida central, abierta en el cauce de un río seco desde la Edad de Piedra, la cruzaba en un instante. La bandera negra de los tejados indicaba que la comunidad era chií, para desmarcarse de las tretas de los suníes y ubicarse del lado de los turiferarios del nuevo régimen.

Desde que los puestos de control jalonaban la carretera nacional, retrasando la circulación y convirtiendo un simple viaje en una interminable expedición, Basil se había convertido en una etapa de descanso obligatorio para los usuarios de la carretera. Tascas y chiringuitos, anunciados kilómetros atrás en la noche por rosarios de lamparillas, habían surgido como hongos en su periferia. Más abajo, el pueblo permanecía oculto en la oscuridad. Ni una farola para alumbrar las callejuelas.

Unos cincuenta vehículos, en su mayoría cisternas para carburante, se apretujaban en un aparcamiento improvisado a la entrada de la aldea. Una familia acampaba un poco más allá, cerca de su furgón. Unos críos dormían a su antojo, envueltos en sus sábanas. En una zona despejada, unos camioneros habían encendido una hoguera y charlaban en torno a una tetera; sus sombras ondulantes se entrecruzaban en una danza reptilesca.

Mi bienhechor consiguió deslizarse en medio de los coches aparcados de cualquier manera y aparcó su camión cerca de un chiringuito que más bien parecía una guarida de malhechores. Había, en un pequeño patio, mesas y sillas desplegadas y ocupadas por un pelotón de viajeros de rostro macilento. En medio del barullo se oía un radiocasete escupitineando viejas canciones del Nilo.

El conductor me pidió que lo siguiera hasta el restaurantucho de al lado, agazapado bajo un ensamblaje de toldos y palmas carcomidas. La sala estaba abarrotada de gente hirsuta y polvorienta arremolinada en torno a mesas sin manteles. Algunos estaban sentados en el mismo suelo, demasiado hambrientos para esperar que una silla quedara libre. Toda esa cofradía de náufragos se apiñaba alrededor de sus platos, con los dedos chorreando de salsa y las mandíbulas activadas; campesinos y camioneros reventados por las pistas y los controles que intentaban reponer fuerzas para afrontar los sinsabores del día siguiente. Todos me recordaban a mi padre, pues llevaban en el rostro una marca que no engaña: el sello de los vencidos.

Mi benefactor me dejó en el umbral del establecimiento y pasó por encima de algunos comensales para acercarse al mostrador, donde un hombre grueso con chilaba tomaba las comandas, devolvía el cambio y abroncaba de pasada a sus camareros. Paseé la mirada por la sala con la esperanza de toparme con alguna cara familiar. No reconocí a nadie.

Mi chófer regresó con el semblante descompuesto: -Bueno, ahora debo dejarte. Mi cliente no llegará hasta mañana por la noche. Vas a tener que apañártelas sin mí.

Estaba durmiendo bajo un árbol cuando el zumbido de los motores me despertó. El cielo aún no había clareado y ya los camioneros maniobraban con vigor para salir del aparcamiento. El primer convoy se lanzó cuesta abajo por el abrupto camino para rodear el pueblo. Corrí de un vehículo a otro en busca de un conductor caritativo. Ninguno aceptó cogerme.

Un sentimiento de frustración y de rabia se fue apoderando de mí a medida que el aparcamiento se iba vaciando. Mi desesperación rozó el pánico cuando sólo quedaron tres vehículos detenidos: un furgón familiar cuyo motor se negaba a arrancar y dos cacharros desocupados; sus pasajeros debían de estar desayunando en la tasca. Esperé su regreso con el vientre arrugado.

– ¡Eh! -me lanzó un hombre que se hallaba ante la puerta de un chiringuito-. ¿Qué estás haciendo al lado de mi carro? Lárgate pitando de ahí, o te corto los huevos.

Me hizo una señal con la mano para que me apartara. Me estaba tomando por un ladrón. Me dirigí hacia él con mi petate al hombro. Se llevó los puños a las caderas y me contempló con asco mientras me acercaba.

– ¿Ya no se puede beber un café tranquilamente?

Era un flaco grandullón de tez cobriza. Llevaba un pantalón de tela limpio y una chaqueta de cuadros abierta sobre un jersey verde botella. Un reloj grande engastado en una pulsera dorada le ceñía la muñeca. Con esa mirada despectiva y su cara de bestia, tenía pinta de madero.

– Voy a Bagdad -le dije.

– A mí me la trae floja. No te arrimes a mi carro, ¿vale?

Me dio la espalda y regresó a una mesa cercana a la puerta.

Me dirigí al camino pedregoso que daba la vuelta al pueblo y me senté al pie de un árbol.

Pasó un primer coche, tan atestado que no tuve el valor de seguirlo con los ojos mientras iba dando tumbos en dirección norte.

El furgón cuyo motor rateaba un momento antes casi me rozó al bajar la pista con un chirrido de chapa.

El sol surgió detrás de la colina, pesado y amenazante. Más abajo, hacia el pueblo, la gente iba saliendo de su madriguera.

Un coche enseñó el morro. Me levanté y extendí el brazo con el pulgar en ristre. El coche siguió adelante un centenar de metros; cuando me disponía a sentarme, se detuvo. No comprendí si era por mí o si se trataba de un problema mecánico. El conductor tocó el claxon, luego sacó la mano por la ventanilla y me hizo una señal para que me acercara. Agarré mi bolsa y eché a correr como si fuera tras la oportunidad de mi vida.

Era el hombre del café, el que me había tomado por un ladrón.

– Por cincuenta billetes te llevo a Al Hilah -me propuso a quemarropa.

– De acuerdo -acepté, contento de largarme de Basil.

– ¿Puedo saber lo que llevas en tu petate?

– Sólo ropa, señor -le dije vaciando el contenido del saco sobre el capó.

El hombre me observó, sin deshacer su mueca. Me levanté la camisa para que viera que no ocultaba nada bajo el cinturón. Meneó la cabeza y me dijo con la barbilla que subiera.

– ¿De dónde vienes?

– De Kafr Karam.

– No me suena para nada… Pásame mi paquete de cigarrillos, está en la guantera.

Obedecí.

Encendió su mechero y echó el humo por la nariz. Arrancó tras mirarme con detenimiento.

Al cabo de media hora de camino, durante la cual anduvo perdido en sus pensamientos, volvió a acordarse de mí:

– ¿Por qué no dices nada?

– Es mi manera de ser.

Encendió otro cigarrillo y volvió a la carga:

– En los tiempos que corren, los que menos hablan son los que más hacen… ¿Vas a Bagdad para enrolarte en la resistencia?

– Voy a casa de mi hermana… ¿Por qué dices eso?

Giró el retrovisor hacia mí.

– Mírate ahí dentro, chaval. Pareces una bomba a punto de estallar.

Miré en el retrovisor y sólo vi dos ojos ardientes en un rostro torturado.