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El conductor estaba extenuado, se tambaleaba cuando recogió el gato. No lo perdía de vista. Con una mano vendada por culpa de una rueda recalcitrante, parecía encontrarse francamente mal; temí que se desmoronara sobre el volante. De cuando en cuando se llevaba una botella de agua a la boca y bebía un largo trago sin preocuparse de la carretera; luego volvía a quitarse el sudor con un trapo que tenía colgado del respaldo de su asiento. Debía de tener unos cincuenta años, aunque aparentaba diez más, con sus ojos hundidos en su cráneo ovoide, sus sienes canosas y su calva en la cresta. No paraba de insultar a los malos conductores que se cruzaba.

En el autocar reinaba el silencio. El aire acondicionado no funcionaba, y dentro el calor era mortal. Todas las ventanas estaban abiertas y los pasajeros derrumbados en sus asientos. La mayoría de ellos dormitaba; los demás veían desfilar el paisaje con mirada ausente. Tres filas detrás de mí, un joven de frente arrugada se empeñaba en toquetear su radio de bolsillo, barriendo sin cesar las emisoras con un enervante chisporroteo de fritura. Cuando captaba una canción, se detenía en ella un minuto y luego, nuevamente, seguía rastreando otras emisoras. Su tejemaneje me tenía al borde de un ataque de nervios.

Estaba deseando salir de ese ataúd itinerante.

Llevábamos tres horas de camino, sin escala. Estaba previsto que nos detuviéramos en un figón para comer algo, pero la sustitución de las dos ruedas y el remiendo de los manguitos habían alterado el programa del cobrador.

La víspera, después de que mi bienhechor me dejara en la estación de autobuses de Al Hilah, perdí el autocar por pocos minutos. Tuve que esperar, pues, el siguiente, anunciado para cuatro horas después. Llegó a tiempo, pero sólo llevaba una veintena de pasajeros. El cobrador nos explicó que su autocar no saldría sin al menos cuarenta pasajeros a bordo, pues de lo contrario no cubriría gastos. Esperamos y rezamos para que otros pasajeros se apuntaran. El conductor daba vueltas a su autocar y voceaba: «¡Bagdad! ¡Bagdad!». A veces, se acercaba a la gente cargada de maletas y les preguntaba si iban a Bagdad. Cuando negaban con la cabeza, se volvía hacia otro grupo. Ya bien avanzada la tarde, el conductor nos rogó que bajásemos y recuperásemos nuestras maletas del portaequipajes. Hubo algunas protestas y luego todo el mundo se reunió en la acera mientras el autocar regresaba a su cochera. Los que vivían en la ciudad volvieron a sus casas; los que estaban de paso se concentraron bajo las marquesinas para pasar la noche. ¡Y qué noche! Unos ladrones intentaron robar a uno que dormía. La víctima, armada con un garrote, no dejó que se le acercaran. Los agresores se replegaron una vez para regresar en mayor número, y, como la policía se había esfumado, asistimos a una soberana paliza. Nos mantuvimos al margen, parapetados tras nuestras maletas y bolsas, y ninguno se atrevió a socorrer a la víctima. El pobre diablo se defendió valientemente. Devolvía cada golpe. Al final, los ladrones lo derribaron, se ensañaron con él y, tras haberlo aligerado de todas sus pertenencias, se lo llevaron. Eso fue sobre las tres de la mañana, y, desde entonces, ya nadie volvió a pegar ojo.

Otro puesto de control militar. Una larga fila de vehículos avanzaba lentamente, ciñéndose a la derecha. Había paneles de señalización en medio de la calzada, así como piedras gordas para delimitar ambas vías. Los soldados eran iraquíes. Controlaban a todos los pasajeros, verificaban los maleteros de los coches, los portaequipajes, las bolsas, registraban a fondo a los hombres cuya pinta no les gustaba. Subieron a nuestro autocar, nos pidieron los papeles y compararon algunas caras con las fotos de gente en busca y captura que llevaban consigo.

– Vosotros dos, bajad -ordenó un cabo.

Dos jóvenes se levantaron y, resignados, bajaron del autocar. Un soldado se puso a registrarlos, luego les ordenó que recogieran sus trastos y lo siguieran hasta una tienda de campaña que se encontraba a unos veinte metros en la arena.

– Vale -dijo el cabo al conductor-. Puedes irte.

El autocar rateó. Miramos a los dos pasajeros de pie delante de la tienda de campaña. No parecían preocupados. El cabo los metió a empellones dentro de la tienda y los perdimos de vista.

Por fin empezaron a verse los edificios periféricos de Bagdad, arropados por un velo ocre. La tormenta de arena había pasado por allí y el aire estaba cargado de polvo. Mejor así, pensé. No me apetecía encontrarme con una ciudad desfigurada, sucia y entregada a sus demonios. En otros tiempos me había gustado mucho Bagdad. ¿En otros tiempos? Me daba la impresión de que había sido en una vida anterior. Bagdad era una bonita ciudad, con sus grandes arterias, sus bulevares encopetados de rutilantes escaparates y terrazas soleadas. Para el campesino que era, eran unos auténticos Campos Elíseos tal como me los imaginaba desde mi ratonera de Kafr Karam. Me fascinaban los rótulos de neón, la decoración de las tiendas, y me pasaba buena parte de las noches recorriendo sus avenidas refrescadas por la brisa. Viendo a tanta gente deambular por las calles, y a tantas chicas espléndidas contonearse por las explanadas, tenía la sensación de estar permitiéndome todos los viajes que mi condición me impedía realizar. Estaba tieso, pero tenía ojos para contemplar hasta aturdirme y una nariz para bombear a pecho inflado los olores embriagadores de la ciudad más fabulosa de Oriente Próximo, que el Tigris colmaba con sus favores, acarreando en sus meandros la magia de sus leyendas y la de sus romances. Es cierto que la sombra del rais desvirtuaba sus luces, pero a mí no me alcanzaba. Era un joven estudiante deslumbrado que se atiborraba la cabeza de proyectos miríficos. Hacía mía cada belleza que me sugería Bagdad. ¿Cómo no sucumbir a los encantos de la ciudad de las huríes sin identificarse un tanto con ella? Así y todo, me decía Kadem, había que haberla conocido antes del embargo…

Si bien Bagdad había sobrevivido al embargo de la ONU sólo para mofarse de Occidente y su tráfico de influencias, de ningún modo podría sobrevivir a la afrenta que le infligirían sus propios retoños…

Y yo, por mi parte, había venido hasta aquí para segregar mi hiel. Ignoraba cómo hacerlo, aunque estaba seguro de que iba a propinarle un mal golpe. Así ocurre desde la noche de los tiempos. Los beduinos, por menesterosos que sean, no bromean con el sentido del honor. Las ofensas deben lavarse con sangre, el único detergente autorizado para salvaguardar el amor propio. Yo era el único hijo varón de la familia. Al ser mi padre un inválido, me correspondía a mí la tarea suprema de vengar el ultraje padecido, aunque muriera en el empeño. La dignidad no se negocia. Si uno la llega a perder, no encontrará suficientes lienzos en el mundo para taparse la cara, ni tumba que acoja su carroña sin agrietarse.

Movido por no sé qué maleficio, también yo iba a causar estragos, a mancillar con mis manos los muros que había acariciado, a escupir sobre las cristaleras en las que había mimado mi imagen, a arrojar mi cupo de cadáveres al Tigris sagrado, antropófago a su pesar, antaño ávido de vírgenes sublimes ofrendadas a las divinidades, hoy ahíto de indeseables cuyos putrefactos despojos contaminaban sus aguas virtuosas…

El autocar cruzó el río por un puente. No quería mirar las placetas que adivinaba devastadas ni a la gente que pululaba por las aceras y a la que ya había dejado de apreciar. ¿Cómo podía querer después de lo que había visto en Kafr Karam? ¿Cómo iba a poder apreciar a ilustres desconocidos tras haber sido despojado de mi autoestima? ¿Acaso seguía siendo yo mismo? De ser así, ¿quién era?… No me interesaba saberlo. Eso ya no volvería a tener la menor importancia para mí. Se habían cortado las amarras, algunos tabúes habían caído y un mundo de sortilegios y de anatemas acababa de erigirse entre sus escombros. Lo más aterrador de este asunto era la soltura con que me movía entre un universo y otro sin sentirme extrañado. ¡Resulta tan fácil! Me acosté siendo un chico dócil y afable y me desperté infundido de una ira inextinguible. Llevaba mi odio como una segunda naturaleza; era mi armadura y mi túnica de Nesos, mi zócalo y mi patíbulo; era todo lo que me quedaba en esta vida falaz e injusta, ingrata y cruel.