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No había venido aquí en busca de felices recuerdos, sino a proscribirlos para siempre. Entre Bagdad y yo se habían acabado los candorosos melindres. Ya no teníamos nada que decirnos. Nos parecíamos como dos gotas de agua; habíamos perdido nuestra alma y nos disponíamos a segar la de los demás.

El autocar se detuvo a la altura de una especie de corte de los milagros. La plaza estaba invadida por una manada de mocosos harapientos de mirada trapacera y manos largas. Eran niños de la calle, faunescos devoradores de detritus que los orfanatos y los centros de reeducación en quiebra habían soltado por contingentes en las ciudades. Un fenómeno reciente del que ni siquiera tenía sospecha. ¡Apenas empezaron a bajar los primeros pasajeros y ya alguien gritó: «Al ladrón»! Una pandilla de pilluelos se había acercado al portaequipajes y se había servido sobre la marcha. Apenas les dio tiempo a darse cuenta cuando la pandilla ya iba corriendo por el otro lado de la calzada, con el resultado de su latrocinio al hombro.

Me alejé apresuradamente, con mi bolsa fuertemente apretada bajo el brazo.

La clínica Thawba se hallaba a unas manzanas de la estación de autocares. Decidí ir hasta allá a pie, para desentumecerme un poco. Había unos cuantos coches estacionados en un pequeño aparcamiento cuadrado rodeado de palmeras venidas a menos. Los tiempos habían cambiado, y la clínica también; ya no era sino la sombra de sí misma, con sus ventanas desvencijadas y su frontón deslustrado.

Subí por una escalinata en lo alto de la cual un agente de seguridad se limpiaba los dientes con una cerilla.

– Vengo a ver a la doctora Farah -le dije.

– Enséñame tu cita.

– Soy su hermano.

Me pidió que esperara allí mismo y se dirigió a una garita para hablar con el portero. Este me lanzó una mirada de recelo antes de descolgar el teléfono y estuvo un par de minutos en línea. Lo vi menear la cabeza y luego asentir hacia el agente, que regresó para conducirme hasta una sala de espera con los sofás reventados.

Farah tardó unos diez minutos en aparecer, con su bata blanca y su estetoscopio sobre el pecho. Estaba espléndida, bien maquillada aunque con demasiado carmín en los labios. Me acogió sin entusiasmo, como si nos viésemos a diario. Debía de ser por su trabajo, que no le dejaba respiro. Ciertamente, había adelgazado. Sus besos eran furtivos, y su abrazo, poco entusiasta.

– ¿Cuándo has llegado? -me preguntó.

– Ahora mismo.

– Bahia me llamó anteayer para anunciarme tu visita.

– Hemos perdido mucho tiempo en la carretera. Con tantos puestos de control militares y esos desvíos forzosos…

– ¿No podías hacer otra cosa? -me soltó con un deje de reproche.

No caí de inmediato en la cuenta, pero la fijeza de su mirada me ayudó a entenderlo. No era cansancio, no era por su trabajo; mi hermana no estaba encantada de verme.

– ¿Has comido?

– No.

– Tengo tres pacientes que atender. Voy a llevarte a una habitación. Primero tomarás un baño porque hueles mucho, y luego una enfermera te traerá algo de comer. Si tardo, túmbate en la cama y descansa hasta mi regreso…

Recogí mi petate y la seguí por un pasillo hasta el piso de arriba, donde me metió en una habitación amueblada con una cama y una mesilla de noche. Había un pequeño televisor sobre un soporte mural y, tras una cortina de plástico, una ducha.

– El jabón y el champú están en el armario empotrado, así como las toallas. El agua está racionada -me señaló-. No la dejes correr inútilmente.

Consultó su reloj.

– Tengo que darme prisa.

Y se retiró.

Estuve un buen rato mirando fijamente el espacio donde ella se había detenido, preguntándome si no me había equivocado en algo. Sin duda, Farah siempre había sido distante. Era una rebelde y una luchadora, la única chica de Kafr Karam que se había atrevido a infringir las reglas tribales y a hacer exactamente lo que quería hacer. Ciertamente, su audacia y su insolencia habían forjado su temperamento, haciéndola más agresiva y menos conciliadora, pero su acogida me tenía desconcertado. Nuestro último encuentro se remontaba a dos años atrás. Había venido a visitarnos a Kafr Karam, y, aunque se quedó con nosotros menos tiempo del previsto, en ningún momento pareció mirarnos por encima del hombro. Es cierto que no era fácil verla reír, pero de ahí a creerla capaz de acoger a su propio hermano con tanto desapego…

Me quité la ropa, me metí bajo el chorro de la ducha y me enjaboné de pies a cabeza. Al salir del agua tuve la sensación de haber cambiado de piel. Me puse ropa limpia y me tumbé sobre el colchón de espuma cubierto con una lona. Una enfermera me trajo una bandeja con comida. Me lo zampé todo y me quedé frito de inmediato.

Cuando Farah regresó, estaba anocheciendo. Parecía más relajada. Se sentó de lado en el borde de la cama y cruzó sus manos blancas sobre una rodilla.

– Pasé antes, pero como dormías como un tronco no quise despertarte.

– No he pegado ojo en dos días con sus noches.

Se rascó la sien, algo incómoda.

– Has elegido un mal momento para venir. Bagdad es hoy el lugar más peligroso del mundo.

Su mirada, abierta hasta aquel momento, se volvió escurridiza.

– ¿Te molesto? -le pregunté.

Se levantó para encender la luz del techo. Un gesto tonto, pues la sala estaba bien iluminada. De repente, se dio la vuelta y me dijo:

– ¿Qué has venido a buscar a Bagdad?

De nuevo, ese deje de reproche que exacerbó mi susceptibilidad.

Farah y yo nunca habíamos estado muy unidos. Era mucho mayor que yo, y se había ido muy pronto de casa, de modo que nuestra relación no pasó de ser superficial. Incluso cuando estaba en la universidad, sólo nos veíamos muy de cuando en cuando. Ahora que la tenía delante me di cuenta de que para mí sólo era una extraña. Peor aún, comprendí que no la quería.

– En Bagdad no hay más que follones -dijo.

Se pasó la lengua por los labios.

– En la clínica estamos desbordados de trabajo. Todos los días nos invaden con enfermos, con heridos y mutilados. La mitad de mis colegas han abandonado. Como ya ni siquiera cobramos, apenas quedamos unos veinte para intentar paliar la situación.

Se sacó un sobre del bolsillo y me lo tendió.

– ¿Qué es eso?

– Algo de dinero. Búscate un hotel por unos días, mientras encuentro un sitio donde meterte.

No me lo podía creer.

Rechacé el sobre.

– ¿Debo entender que te has quedado sin tu piso?

– Lo sigo teniendo, pero no puedo alojarte.

– ¿Por qué?

– No puedo.

– ¿Cómo puede ser? No te entiendo. Entre nosotros, nos las arreglamos para…

– No estoy en Kafr Karam -dijo-. Estoy en Bagdad.

– Soy tu hermano. A un hermano no se le da con la puerta en las narices.

– Lo siento.

La contemplé fijamente. Ella evitaba mirarme. No la reconocía. No se parecía a la imagen que había conservado de ella. Sus rasgos no me decían nada; era otra persona.

– ¿O sea, que te avergüenzas de mí? Has roto con tus orígenes; eres una mujer de ciudad, muy moderna y todo eso, y yo no paso de ser un cateto inoportuno, ¿no es así? La señora es médica. Vive sola en un apartamento encopetado en el que no recibe a sus familiares por temor a convertirse en el hazmerreír de los vecinos de piso…