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– Ni la menor mancha de grasa, ni una sola arruga -añadió-. Impecable, tu primo. De riguroso estreno. ¿Recuerdas en Kafr Karam? Siempre con un manchón de aceite o de grasa en la ropa. Pues eso se acabó desde que llegué a Bagdad.

Su entusiasmo se vino repentinamente abajo. Acababa de darse cuenta de que no me encontraba bien, de que me costaba mantenerme de pie, que estaba a punto de desmayarme.

– ¡Dios mío! ¿De dónde sales?

Me agarré a su mirada como lo haría a una rama un damnificado arrastrado por una crecida y le dije:

– Tengo hambre.

11

Omar me llevó a una tasca. No dijo esta boca es mía mientras estuve comiendo. Comprendía que no estaba en condiciones de oír nada. Yo estaba clavado a mi plato como a mi propio destino. Sólo tenía ojos para mirar las patatas fritas reblandecidas que me iba tragando a puñados y para el pan que partía con ferocidad. Tenía la impresión de que ni siquiera perdía el tiempo masticando. Tenía la garganta irritada por los bocados desenfrenados, los dedos pringados, salsa por toda la barbilla. Unos clientes sentados cerca me miraban con horror. Omar tuvo que fruncir el ceño para que apartaran la mirada.

Cuando acabé de atiborrarme, me llevó a una tienda para comprarme ropa. Luego, me llevó a unos baños públicos. Al salir, me encontraba algo mejor.

– Supongo que no tienes dónde ir -me dijo Omar algo apurado.

– No.

Se rascó la barbilla.

– No tienes obligación -le dije, susceptible.

– No es eso, primo. Estás en buenas manos, salvo que no están del todo libres. Comparto un estudio con un socio.

– No pasa nada. Me las arreglaré.

– No te estoy dando esquinazo. Sólo intento pensar. De ningún modo voy a abandonarte a tu suerte. Bagdad no perdona a los extraviados.

– No quiero ocasionarte problemas. Ya has hecho bastante por mí.

Me rogó con la palma de la mano que lo dejara reflexionar. Estábamos en la calle, yo de pie en la acera, él apoyado en su furgoneta, cruzado de brazos y la barbilla sobre el índice, con su barriga interponiéndose como una barrera entre nosotros.

– Qué le vamos a hacer -dijo de repente-. Diré a mi compañero que se meta en otra parte mientras te encuentro algo. Es buena gente. Tiene familia por aquí.

– ¿Estás seguro de que no supone una molestia para ti?

Se enderezó de un golpe y me abrió la portezuela.

– Sube, primo. Habrá que achucharse un poco.

Como yo titubeaba, me agarró por un hombro y me sentó a empellones.

Omar vivía en el primer piso de un edificio de Salman Park, un barrio periférico al sureste de la ciudad. Un bloque cochambroso que daba a una calle infestada por la chiquillería. La escalinata se caía a pedazos y las puertas estaban medio salidas de sus goznes. En el hueco de la escalera, que apestaba a miasma, los buzones estaban reventados, algunos completamente arrancados. Una insana penumbra volcaba su negrura sobre los escalones resquebrajados.

– No hay luz -me avisó Omar-. Por culpa de los ladrones. Cambiamos la bombilla y se la cargan al minuto.

Dos crías muy pequeñas jugaban en el descansillo, la suciedad de su cara repelía.

– Su madre está chiflada -me susurró-. Las deja ahí todo el día y le importa poco lo que estén haciendo. A veces, algunos transeúntes las recogen de la misma calle. Y la madre no se pone nada contenta cuando le piden que cuide de sus hijas… Estamos en un mundo de locos.

Abrió la puerta y se apartó para dejarme entrar. La sala era pequeña, con menos mobiliario que la cueva de un troglodita. Había un colchón de dos plazas en el mismo suelo, un cajón de madera con un pequeño televisor encima y, contra la pared, un taburete. Enfrente de la ventana, un armario empotrado con cierre de candado. Eso era todo. Una mazmorra resultaría más acogedora para un detenido que el estudio de Omar para sus huéspedes.

– Éste es mi reino -exclamó el Cabo con gesto teatral-. En el armario encontrarás mantas, latas de conserva y galletas. No tengo cocina, y, para cagar, tengo que meter la barriga hacia dentro para colarme en el váter.

Señaló con el pulgar el rinconcito.

– El agua está racionada. Una vez por semana, y con cuentagotas. Si estás fuera o te distraes, tienes que esperar hasta el siguiente reparto. No te molestes en protestar. Aparte de los follones, sólo conseguirías incrementar tu sed… Tengo dos bidones en el aseo. Para lavarte la cara, pues el agua no es potable.

Toqueteó el candado y retiró la cadenilla para apartar las hojas y enseñarme el contenido del armario.

– Siéntete como si estuvieras en tu casa… Tengo que largarme si no quiero que me despidan. Estaré de regreso dentro de tres o cuatro horitas. Traeré comida y hablaremos de los viejos tiempos hasta creer en las quimeras.

Antes de irse me recomendó que cerrara la puerta con llave y que durmiera con un ojo abierto.

Cuando Omar regresó, estaba anocheciendo.

Se sentó en el taburete y me miró mientras me estiraba sobre el colchón.

– Has dormido veinticuatro horas seguidas -me anunció.

– ¿No me digas?

– Te aseguro que es verdad. Intenté despertarte esta mañana, pero no reaccionabas. Regresé a mediodía, y seguías sumido en un sueño profundo. Ni siquiera te despertó la explosión que hubo aquí al lado.

– ¿Ha habido un atentado?

– Estamos en Bagdad, primo. Cuando no es una bomba la que estalla, es una bombona de gas. Esta vez fue un accidente. Ha habido muertos, aunque no me he fijado en el número. Me desquitaré la próxima vez.

Seguía pachucho, pero contento de tener un techo, y a Omar conmigo. Mis dos semanas de cursillo acelerado de vagabundeo me habían dejado exhausto. No habría podido aguantar mucho más.

– ¿Puedo saber qué has venido a hacer en Bagdad? -me preguntó Omar mientras escrutaba sus uñas.

– A vengar una ofensa -contesté sin vacilar.

Clavó sus ojos en mí. Su mirada era triste.

– Hoy día la gente viene a Bagdad para vengar una ofensa padecida en otra parte, con lo cual se equivoca burdamente de objetivo… ¿Qué ha ocurrido en Kafr Karam?

– Los norteamericanos.

– ¿Qué te han hecho?

– No te lo puedo contar.

Asintió con la cabeza.

– Comprendo… Vamos a caminar un poco -dijo levantándose-. Luego iremos a picar algo en un restaurante. Se habla mejor con algo en la panza…

Recorrimos el barrio de punta a punta, hablando de naderías, dejando para luego el tema candente. Omar estaba preocupado. Una gruesa arruga le sajaba la frente. Con la barbilla metida en el hueco de la garganta y las manos a la espalda, caminaba renqueando como si cargara con un pesado bulto. No paraba de dar patadas a las latas de conserva con que se topaba en el camino. La noche iba cayendo lentamente sobre la ciudad preñada de delirios. De cuando en cuando, coches de policía nos adelantaban, con sus sirenas aullando; luego el guirigay habitual de los barrios populares volvía por sus fueros, casi imperceptible en su banalidad.

Cenamos en un pequeño restaurante de la plaza. Omar conocía al dueño. Sólo había dos clientes, un joven con pinta de galán, con sus gafas de latón y su traje sobrio, y un camionero polvoriento que tenía un ojo puesto en su camión, aparcado enfrente, al alcance de una pandilla de pilluelos.

– ¿Cuánto tiempo llevas en Bagdad? -me preguntó Omar.

– Unos veinte días, poco más o menos.

– ¿Dónde dormías?

– En placetas, a orillas del Tigris, en mezquitas. Dependía. Me acostaba allá donde mis pantorrillas cedían.

– Por Dios, ¿cómo has podido llegar a eso? Si hubieses visto tu cara ayer… Te reconocí de lejos, pero cuando me acerqué tuve mis dudas. Parecía que una puta gorda y sifilítica te había meado encima mientras le lamías el conejo.

Eso era una típica parida del Cabo de Kafr Karam. Curiosamente, su obscenidad no me repugnó más de la cuenta.