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– No puede ser -exclamó abriendo los brazos para acogerme.

Me estuvo abrazando un largo rato.

– ¿Pero qué estás haciendo en Bagdad?

Le conté más o menos lo que me había aconsejado Omar. Sayed me escuchó con interés, el rostro impasible. Me costaba averiguar si mi desamparo le conmovía o no. Cuando alzó la mano para interrumpirme, creí que me iba a echar. Para gran alivio mío, la dejó caer sobre mi hombro y me declaró que a partir de ese momento hacía suyas mis preocupaciones y que, si me interesaba, podría trabajar en su tienda y alojarme en el piso de arriba, en un cuchitril.

– Aquí vendo televisores, antenas parabólicas, microondas, etc. Lo único que tendrás que hacer es llevar al día la contabilidad de las entradas y salidas. Estuviste en la facu, si no me falla la memoria.

– En primer curso de Letras.

– ¡Enhorabuena! La contabilidad es asunto de honradez, y tú eres un chico honrado. Lo demás, lo irás aprendiendo sobre la marcha. No es nada del otro mundo, ya verás… Estoy muy contento de tenerte aquí, de verdad.

Me acompañó al piso para enseñarme mi cuarto. El cuchitril lo ocupaba un vigilante nocturno al que le vino bien que le asignaran otras tareas para poder así regresar a su casa tras el cierre de la tienda. El lugar me gustó. Había un catre de tijera, un televisor, una mesa y un armario para colocar mis cosas. Sayed me adelantó dinero para que fuera a tomar un baño y me comprara una bolsa de aseo y ropa nueva. También me invitó a comer en un auténtico restaurante.

Dormí como un ángel.

Al día siguiente, a las ocho y media, alcé el cierre metálico de la tienda. Los primeros empleados -eran tres- ya estaban esperando en la acera. Sayed se unió a nosotros unos minutos después y nos presentó. Los empleados no se mostraron muy entusiasmados al darme la mano. Eran jóvenes de la ciudad poco comunicativos y desconfiados. El más alto, Rachid, atendía la trastienda, a la cual nadie más tenía acceso. Su tarea consistía en almacenar la mercancía y en garantizar su entrega. El mayor, Amr, era el repartidor. El tercero, Ismaíl, se encargaba del servicio posventa, era ingeniero electrónico.

El despacho de Sayed hacía las veces de sala de recepción. Se hallaba frente al ventanal y también servía de sala de exposición de sus productos. Sus paredes estaban repletas de estanterías metálicas. Casi todo el espacio disponible estaba ocupado por televisores de marca asiática, de pequeña o gran pantalla, aureolados con antenas parabólicas y todo tipo de accesorios sofisticados. También había cafeteras eléctricas, robots, parrillas y utensilios de cocina. Al contrario que la del vendedor de muebles, la tienda de Sayed, ubicada en una avenida importante, estaba siempre llena. La clientela se aglutinaba allí dentro a lo largo del día. Sin duda, la mayoría iba para comprar con los ojos, pero las salidas eran constantes.

Me sentí a gusto hasta el día en que Sayed me comunicó que unos «muy queridos amigos» me esperaban en mi cuarto del piso de arriba. Yo regresaba de comer en un garito. Sayed se me adelantó. Abrió la puerta, y vi a Yacín y a los gemelos Hasán y Hossein sentados en mi catre de tijera. Algo se estremeció en todo mi ser. Los gemelos estaban encantados de volver a verme. Se me echaron encima y me vapulearon entre manifestaciones de afecto y risas. En cuanto a Yacín, no se levantó. Permanecía inmóvil sobre el catre, muy tieso, como una cobra. Carraspeó para pedir a ambos hermanos que se dejaran de pitorreo y me dirigió esa mirada que nadie en Kafr Karam se atrevía a sostener.

– Has tardado lo tuyo en darte cuenta y despertar -me dijo.

No pillé lo que pretendía decirme.

Los gemelos se apoyaron en la pared y me dejaron solo en medio del cuchitril, frente a Yacín.

– ¿Todo bien? -preguntó.

– No me quejo.

– Pues yo en cambio te compadezco.

Se meneó para liberar un pico de su chaqueta que tenía pillado bajo el trasero. Yacín había cambiado. Le habría echado diez años más. Unos pocos meses habían bastado para endurecer sus rasgos. Su mirada seguía siendo intimidatoria, pero las comisuras de sus labios se habían arrugado como si el rictus que las aplastaba hubiese acabado hundiéndolas.

Decidí no dejarme impresionar.

– ¿Puedo saber por qué me compadeces?

Asintió con la cabeza.

– ¿Piensas que no hay motivo para ello?

– Te escucho.

– Me escucha… Por fin, nuestro querido hijo de pocero oye. ¿Con qué historia lo vamos a incordiar ahora?

Me miró fijamente.

– Me pregunto, buen hombre, cómo te funciona la cabeza. Hay que ser autista para no ver lo que está ocurriendo. El país está en guerra, y millones de cretinos hacen como si la cosa no fuera con ellos. Cuando suenan petardos en la calle, se meten en su casa y cierran los postigos, pensando así librarse del asunto. Salvo que las cosas no funcionan de ese modo. Antes o después, la guerra echará abajo su hipotético refugio y los pillará en la cama… ¿Cuántas veces lo he repetido en Kafr Karam? Os lo decía: si no acudes al incendio, éste te acaba pillando. ¿Quién me hizo caso? ¿Eh, Hasán, quién me hizo caso?

– Nadie -dijo Hasán.

– ¿Tú esperaste el incendio?

– No, Yacín -dijo Hasán.

– ¿Acaso esperaste a que unos hijos de perra vinieran a sacarte de tu jergón, en plena noche, para que despertaras?

– No -dijo Hasán.

– Y tú, Hossein, ¿ha sido necesario que unos hijos de perra te arrastren por el lodo para que te levantes?

– No -dijo Hossein.

Yacín me volvió a mirar fijamente.

– Yo no he esperado a que escupan sobre mi amor propio para rebelarme. ¿De qué carecía en Kafr Karam? ¿De qué tenía queja? Habría podido cerrar mis postigos y taparme los oídos. Pero yo sabía que si no iba al incendio, el incendio vendría a mí. Entonces tomé las armas para no acabar como Suleimán. ¿Cuestión de supervivencia? Sólo cuestión de lógica. Éste es mi país. Unos canallas pretenden arrebatármelo. ¿Qué hago? ¿Qué pretendes que haga? ¿Crees que voy a esperar que vengan a violar a mi madre ante mis ojos, y bajo mi techo?

Hasán y Hossein agacharon la cabeza.

Yacín respiró lentamente y, moderando la acuidad de su mirada, me dijo:

– Sé lo que ocurrió en tu casa.

Fruncí el ceño.

– Pues sí -añadió-. Lo que es tumba para los hombres es huerto para sus tiernas mitades. Las mujeres ignoran lo que significa la palabra «secreto».

Incliné la cabeza.

Se apoyó en la pared, cruzó los brazos sobre su pecho y me miró en silencio. Sus ojos me indisponían. Cruzó las piernas y posó la palma de las manos encima.

– Yo sé lo que es ver a un venerado padre arrojado al suelo, con los cojones al aire, por un bruto -dijo.

La nuez se me atascó en la garganta. ¡No pensaba soportar que aireara toda mi ropa sucia en público!

Yacín leía en mi rostro lo que gritaba en mi fuero interno. No hizo el menor caso.

Señaló a los gemelos con la barbilla, luego a Sayed, y prosiguió:

– Todos nosotros aquí, yo y los demás, y hasta los mendigos que van pordioseando por las calles, sabemos perfectamente lo que ese ultraje supone… No el soldado norteamericano. Ése no puede evaluar la magnitud del sacrilegio. Ni siquiera sabe lo que es un sacrilegio. En su mundo, despachan a los padres en asilos para ancianos y se olvidan de ellos como si fueran la menor de sus preocupaciones; tratan a la madre de vieja loca y al progenitor de gilipollas… ¿Qué puede esperarse de tipos así, eh?

La ira me tenía sin aliento.

Yacín lo notaba muy bien; insistió:

– ¿Qué puede esperarse de un mocoso que dejaría tirada en un cementerio a la mujer que lo tuvo en su vientre, que lo parió con fórceps, lo concibió fibra a fibra, lo educó paso a paso y que veló por él tantas veces como la estrella por su pastor?… ¿Que respete a nuestras madres? ¿Que bese la frente de nuestros ancianos?