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Una vez, hacia las dos de la mañana, unos ruidos apagados me despertaron. Di la luz en el piso, y luego en la planta baja para comprobar si se había colado en el local algún ladrón mientras dormía. No había nadie en la tienda y no eché en falta ningún producto expuesto. Los ruidos procedían de la trastienda, cuya puerta estaba cerrada desde el interior. Era el taller de reparaciones, un territorio vedado a las personas no autorizadas. Yo no tenía derecho a entrar. Me quedé pues en el local comercial hasta que se fueron los intrusos. Al día siguiente comenté lo ocurrido con Sayed. Me explicó que a veces el ingeniero acudía allí muy tarde para atender a unos clientes exigentes y me recordó que el taller de reparaciones quedaba fuera de mis competencias. Percibí en su tono un aviso perentorio.

Un viernes por la tarde, mientras iba sorteando a los colgados a orillas del Tigris, Omar el Cabo me abordó. Hacía semanas que no lo veía. Llevaba el mismo traje, pero ajado, unas grotescas gafas nuevas y tenía salpicaduras de grasa de motor en la camisa a punto de reventar por culpa de su tripa.

– ¿Estás enfadado conmigo o qué? -me preguntó-. Pregunto a diario por ti en el almacén y el brigada me dice que no has pasado por allí. ¿Tienes algo que reprocharme?

– ¿Dime tú qué? Has sido más que un hermano para mí.

– Entonces, ¿por qué pasas de mí?

– No paso de ti. Estoy muy ocupado, eso es todo.

Intentó leer en mis ojos si le estaba ocultando algo. Estaba preocupado.

– Me preocupo por ti -me confesó-. No sabes cuánto me arrepiento de haberte entregado a Sayed. Cada vez que lo pienso me tiro de los pelos.

– Haces mal. Estoy muy bien con él.

– Como te embarque en asuntos turbios…, asuntos… de sangre, no me lo perdonaré.

Tragó varias veces saliva antes de soltarlo. Sus gafas negras me ocultaban su mirada, pero la expresión de su cara lo ponía en evidencia. Omar estaba acorralado, acosado por este caso de conciencia. Se estaba dejando crecer la barba como muestra de contrición.

– No he venido a Bagdad para ganarme la vida, Omar. Ya hemos hablado de eso. No hay más que añadir.

Mi réplica, en vez de tranquilizarlo, lo ofuscó. Se revolvió el pelo, más alarmado que nunca.

– Ven -le dije-. Vamos a picar algo. Yo invito.

– No tengo hambre. Para serte sincero, he dejado de comer desde que tuve esa maldita idea de encomendarte a Sayed.

– Por favor…

– Tengo que largarme. No quiero que me vean contigo. Tus amigos y yo no estamos en la misma onda.

– Soy libre de ver a quien quiera.

– Yo no.

Se trituró los dedos, muy nervioso, y, tras mirar con desconfianza a nuestro alrededor, me propuso:

– He hablado de ti con un amigo del ejército. Está dispuesto a acogerte en su casa durante una temporada. Es un antiguo teniente, un tipo simpático. Está montando una empresa y necesita a un hombre de confianza.

– Estoy exactamente donde quería estar.

– ¿Estás seguro?

– Absolutamente.

Meneó la cabeza, apesadumbrado.

– Bueno -dijo tendiéndome la mano-, tú sabrás lo que quieres, ya no tengo por qué meterme. Pero si te diera por cambiar de opinión, sabes dónde encontrarme. Puedes contar conmigo.

– Gracias, Omar.

Hundió la barbilla en el cuello y se alejó.

Tras haber caminado una decena de pasos, cambió de opinión y dio media vuelta. Sus pómulos temblaban espasmódicamente.

– Otra cosa, primo -me susurró-. Si quieres pelear, hazlo limpiamente. Pelea por tu país, no contra el mundo entero. Tenlo todo en cuenta y separa el grano de la paja. No mates a cualquiera, no dispares al tuntún. Caen más inocentes que canallas. ¿Me lo prometes?

– ¿Ves? Ya vas desencaminado. Nuestro enemigo no es el mundo. Recuerda a los pueblos que protestaron contra la guerra preventiva, esos millones de personas que se echaron a la calle en Madrid, Roma, París, Tokio, en Sudamérica, en Asia. Todos estaban y siguen estando de nuestro lado. Eran más numerosos que los que nos apoyaron en los países árabes. No lo olvides. Todas las naciones son víctimas de la bulimia de un puñado de multinacionales. Meterlos a todos en el mismo saco sería un error atroz. Raptar a periodistas, ejecutar a miembros de ONG que sólo están con nosotros para ayudarnos, eso no está dentro de nuestras costumbres. Si quieres vengar una ofensa, no ofendas a nadie. Si piensas que el honor de tu pueblo debe ser salvaguardado, no deshonres a tu pueblo. No cedas a la locura. Me ahorcaría de inmediato si llegara a verte en una filmación confundiendo ejecución arbitraria con hazaña bélica…

Se limpió la nariz con la muñeca, volvió a menear la cabeza, la nuca hundida entre los hombros, y concluyó:

– Seguro que me ahorcaría de inmediato, primo. A partir de ahora, que sepas que todo lo que hagas me afecta directamente.

Y se apresuró a fundirse con las cohortes desorientadas que deambulaban por la orilla del río.

Dos meses después de mi conversación con Omar, mis reflejos no se habían modificado un ápice. Despertar a las seis de la mañana, levantar el cierre metálico dos horas después, apuntar en los libros las entradas y salidas de la mercancía, cerrar la tienda a última hora de la tarde. Cuando los empleados se habían ido, nos encerrábamos, Sayed y yo, en la tienda y hacíamos el balance de las ventas y el inventario de los pedidos. Una vez cuadrada la caja y hechas las previsiones para el día siguiente, Sayed me entregaba el manojo de llaves y se llevaba la bolsa repleta de billetes. La rutina empezaba a pesarme y mi universo se estrechaba como una piel de zapa. Ya no iba al centro de la ciudad, no frecuentaba los bares. Mi itinerario se limitaba a dos puntos distantes un centenar de metros: el restaurante y la tienda. Cenaba temprano, compraba limonada y galletas en la tienda de comestibles cercana y me encerraba en mi habitación. Me pasaba el tiempo pegado a la tele, zapeando sin control, incapaz de concentrarme en un programa o una película. Dicha situación acentuaba mi malestar, me deformaba el carácter. Me volvía cada vez más susceptible, cada vez menos paciente, y mis palabras y gestos empezaron a traslucir una agresividad que desconocía en mí. No soportaba que mis colegas me ignoraran y no perdía la oportunidad de señalárselo. Cuando alguien no contestaba a mi sonrisa, mascullaba «cara de capullo» para que me oyera, y si se atrevía a fruncir el ceño, me encaraba con él y lo provocaba. De ahí no pasaba la cosa, y aquello me sabía a poco.

Una noche, harto ya, pregunté a Sayed qué estaba esperando para mandarme al frente. Me contestó con un tono que me dolió: «¡Cada cosa en su momento!». Tenía la sensación de ser morralla y de no pintar para nada. Ya se enterarán éstos, me prometía a mí mismo. Un día les demostraré de lo que soy capaz. Por entonces, al no tener la iniciativa, me limitaba a rumiar mis frustraciones y concebir, para amueblar mis insomnios, unos descabellados planes de revancha.

Luego, los acontecimientos se precipitaron…

Había despedido al último cliente y bajado la mitad del cierre metálico de la tienda cuando dos hombres me pidieron con un gesto que me echara atrás y los dejara entrar. Los empleados, Amr y Rachid, que estaban recogiendo sus cosas para irse, se quedaron paralizados. Sayed se puso las gafas; cuando reconoció a los dos intrusos, se levantó de su despacho, sacó un sobre de un cajón y lo lanzó sobre la mesa. Los dos hombres se miraron y cruzaron las manos. El más alto, de cincuenta y pico años, tenía un rostro patibulario que descansaba sobre un cuello adiposo como una gárgola de iglesia. Tenía en la mejilla derecha una horrible quemadura cuya extensión lo obligaba a cerrar un poco el párpado. Era un bruto en estado puro, de pérfida mirada y mueca sardónica. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada en los codos, y debajo un jersey verde botella constelado de caspa. El otro, de unos treinta años, enseñaba sus colmillos de lobezno tras una sonrisa afectada. Su desenvoltura revelaba al arribista que va quemando etapas, convencido de que sus galones de madero tienen poderes talismánicos. Llevaba su vaquero nuevo remangado hasta los tobillos, dejando al descubierto unos mocasines destaconados. Miraba fijamente a Rachid en lo alto de su escalerilla.