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– Muy buenas, dadivoso señor -dijo el cincuentón.

– Muy buenas, capitán -dijo Sayed golpeteando el sobre-. Éste te estaba esperando.

– He estado cumpliendo una misión estos días pasados.

El capitán se acercó a la mesa, lentamente, sopesó el sobre y refunfuñó:

– Ha adelgazado.

– Está todo.

El oficial de policía esbozó una mueca de escepticismo.

– Ya conoces mis problemas familiares, Sayed. Tengo que mantener a toda una tribu, y hace seis meses que no cobramos.

Señaló con el pulgar a su colega:

– Mi amigo también está jodido. Quiere casarse y no hay manera de que encuentre un puto lugar donde meterse.

Sayed crispó los labios antes de volver a meter la mano en el cajón. Sacó unos cuantos billetes más que el capitán escamoteó con gesto de prestidigitador.

– Eres un hombre generoso, Sayed. Dios te lo tendrá en cuenta.

– Estamos pasando un mal trago, capitán. Tenemos que ayudarnos mutuamente.

El capitán se rascó la mejilla herida, fingió sentirse incómodo y tuvo que arrancar de la mirada de su compañero el valor para cortar por lo sano:

– A decir verdad, no he venido por el sobre. Mi amigo y yo estamos montando un negocio y he pensado que podrías estar interesado, que podrías echarnos una mano.

Sayed se volvió a sentar y se cogió la boca entre el pulgar y el índice.

El capitán se sentó al otro lado de su mesa y cruzó las piernas.

– Estoy montando una pequeña agencia de viajes.

– ¿En Bagdad? ¿Crees que nuestro país es un destino muy solicitado?

– Tengo familia en Ammán. Opinan que debería invertir allá. Yo ya he corrido mundo y, si quieres que te sea sincero, aquí no veo la salida del túnel. Estamos asistiendo a un segundo Vietnam y no quiero palmarla en él. Tengo tres balas en el cuerpo y un cóctel molotov ha estado a punto de desfigurarme. He decidido entregar mi placa y hacer fortuna en Jordania. Mi negocio promete. Cien por cien de beneficios. Y legal. Si quieres, te puedes asociar conmigo.

– Ya tengo bastantes preocupaciones con mi propio negocio.

– Anda ya. Te las apañas muy bien.

– No tanto.

El capitán atornilló un pitillo en sus labios y lo encendió con un mechero desechable. Echó el humo a la cara de Sayed, que se limitó a apartarla levemente.

– Lástima -dijo el policía-, estás dejando escapar un auténtico chollo, amigo mío. ¿De verdad que no te seduce la idea?

– No.

– No pasa nada. Y ahora, ¿qué te parece si hablamos del objeto de mi visita?

– Te escucho.

– ¿Confías en mí?

– ¿A qué te refieres?

– ¿He intentado engañarte desde que cuido de tus asuntos?

– No.

– ¿He demostrado ser codicioso?

– No.

– Y si te pidiera que me adelantaras un poco de dinero para montar mi negocio, ¿confías en que te lo devolvería?

Sayed estaba esperando esa salida. Sonrió y apartó los brazos:

– Eres una persona leal, capitán. Te prestaría millones con los ojos cerrados, pero tengo deudas por un tubo y el negocio anda flojo.

– ¡Eso se lo cuentas a otro! -dijo el capitán aplastando su cigarrillo sobre el cristal de la mesa-. Estás forrado. ¿Qué crees que hago a lo largo del día? Me siento en el café de enfrente y apunto el ir y venir de tus furgonetas de reparto. Vendes dos veces más de lo que recibes. Sólo en el día de hoy -añadió sacando un cuadernillo del bolsillo interior de su chaqueta- has vendido dos frigoríficos grandes, cuatro lavadoras, cuatro televisores y un montón de clientes han salido con distintos paquetes. Y eso que no estamos más que a lunes. Al ritmo con que te deshaces de tu mercancía, deberías montar tu propio banco.

– ¿Me espías, capitán?

– Soy tu estrella, Sayed. Velo por tus chanchullos. ¿Acaso te han dado la lata con los impuestos? ¿Acaso han venido otros maderos a sacarte la pasta? Puedes traficar todo lo que te dé la gana. Sé que tus facturas son tan falsas como tu palabra de honor y cuido de que lo sigan siendo con total impunidad. Tú, a cambio, me das las migajas y crees que me estás cubriendo de seda. No soy un mendigo, Sayed.

Se levantó bruscamente y fue directamente al almacén. A Sayed no le dio tiempo a retenerlo. El capitán se introdujo en la trastienda y con un gesto significativo señaló las incontables cajas que se amontonaban en las tres cuartas partes de la sala.

– Apuesto a que toda esta mercancía nunca ha pasado por un control aduanero.

– En Bagdad, todo el mundo trabaja en el mercado negro.

Sayed transpiraba. Estaba muy enfadado, pero intentaba contenerse. Ambos polis tenían esa apariencia relajada de quienes dominan la situación con puño de hierro. Sabían lo que querían y cómo conseguirlo. Forrarse era la primera vocación del conjunto de los funcionarios del Estado, especialmente de los cuerpos de seguridad; una vieja costumbre heredada del régimen caído y que seguía practicándose desde la ocupación al amparo de la confusión y del empobrecimiento galopante que reinaba en el país, donde los secuestros mafiosos, la corrupción, los desfalcos y las extorsiones eran moneda corriente.

– ¿Cuánto crees que hay aquí dentro? -preguntó el capitán a su colega.

– Como para comprarse una isla en el Pacífico.

– ¿Crees que estamos pidiendo la luna, inspector?

– Sólo la necesaria para iluminar la noche.

Sayed se secó el sudor con un pañuelo. Amr y Rachid permanecían en la entrada, detrás de los dos policías, al acecho de una señal de su patrón.

– Regresemos a la oficina -farfulló Sayed al capitán-. Veamos lo que puedo hacer para ayudaros a montar vuestra empresa.

– Ésa es una sabia decisión -dijo el capitán apartando los brazos-. Ojo, que si se trata de un sobre como el que me has dado, no merece la pena.

– No, no -dijo Sayed, deseoso de salir del almacén-, vamos a buscar un arreglo. Volvamos a la oficina.

El capitán frunció el ceño.

– Cualquiera diría que tienes algo que ocultar, Sayed. ¿Por qué nos metes tanta prisa? ¿Qué hay en este almacén, aparte de lo que vemos?

– Nada, te lo aseguro. Sólo que es hora de cerrar, y tengo cita con alguien en la otra punta de la ciudad.

– ¿Estás seguro?

– ¿Qué quieres que oculte aquí? Ésta es toda mi mercancía, bien embalada.

El capitán frunció su párpado derecho. ¿Acaso sospechaba algo y trataba de acorralar a Sayed? Se acercó a las murallas de cajas, curioseó por aquí y por allá y se dio bruscamente la vuelta para comprobar si Sayed contenía o no el aliento. La rigidez de Amr y de Rachid le puso la mosca detrás de la oreja. Se acuclilló para ojear debajo de las pilas de televisores y demás cajas, se fijó en una puerta oculta en una esquina y se dirigió hacia ella.

– ¿Qué hay ahí detrás?

– Es el taller de reparaciones. Está cerrado con llave. El ingeniero se fue hace una hora.

– ¿Puedo echar una ojeada?

– Está cerrado por dentro. El ingeniero entra por el otro lado.

De repente, justo cuando el capitán estaba a punto de abandonar, se oyó un estruendo detrás de la puerta que dejó petrificados a Sayed y a sus empleados. El capitán arqueó una ceja, encantado de pillar a su interlocutor en un renuncio.

– Te aseguro que creía que se había ido, capitán.

El capitán golpeó la puerta.

– Abre, chico; si no, la echo abajo.

– Un minuto, estoy acabando una soldadura -dijo el ingeniero.