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Se oyeron unos chirridos, luego un rechinar metálico; una llave giró en la cerradura y la puerta se apartó ante el ingeniero vestido con camiseta y pantalón de chándal. El capitán vio una mesa cubierta de alambres, de tuercas minúsculas, de destornilladores, de pequeños botes de pintura y de cola y de material para soldar alrededor de una tele desmontada cuya tapa, colocada a la carrera, cayó desvelando una madeja de hilos multicolores en el interior de la caja. El capitán volvió a arrugar el párpado derecho. Justo cuando descubrió la bomba medio oculta en el interior del aparato, en el lugar del tubo catódico, se le contrajo la garganta, y su rostro se ensombreció de repente cuando el ingeniero le puso el cañón de una pistola en la nuca.

El inspector, algo rezagado, no cayó de inmediato en la cuenta de lo que estaba ocurriendo. El silencio que acababa de instalarse en la sala le impulsó a llevarse instintivamente la mano a la cintura. No alcanzó su arma. Amr lo agarró por detrás, le puso una mano en la boca y, con la otra, le hundió un puñal debajo del omoplato. Al inspector se le desencajaron los ojos de incredulidad, se estremeció de pies a cabeza y cayó lentamente al suelo.

Al capitán le temblaba el cuerpo entero. No conseguía levantar los brazos para rendirse ni echarse hacia delante.

– No diré nada, Sayed.

– Sólo los muertos saben mantenerse callados, capitán. Lo siento por ti, capitán.

– Te lo suplico. Tengo seis críos…

– Debiste pensártelo antes.

– Por favor, Sayed, no me mates. Te juro que no diré nada. Si quieres, méteme en tu equipo. Seré tus oídos y tus ojos. Jamás he aplaudido a los norteamericanos. Los odio. Soy madero, pero podrás comprobar que jamás he puesto la mano encima a un resistente. Estoy con vosotros de todo corazón… Sayed, es verdad lo que te contaba; pienso largarme de aquí. No me mates, por el amor de Dios. Tengo seis críos, y el mayor no llega a los quince años.

– ¿Me espiabas?

– No, te juro que no. Sólo me he pasado de codicioso.

– Entonces, ¿por qué no has venido solo?

– Es mi compañero.

– No te estoy hablando de este cretino que venía contigo, sino de los fulanos que te están esperando fuera, en la calle.

– Nadie me espera fuera, te juro…

Se hizo el silencio. El capitán alzó los ojos; cuando vio la sonrisa satisfecha de Sayed, se dio cuenta de la gravedad de su error. Debió obrar con astucia, hacer creer que no estaba solo. Mala suerte.

Sayed me ordenó que bajara del todo el cierre metálico. Obedecí. Cuando regresé al almacén, el capitán estaba arrodillado, con las muñecas atadas a la espalda. Se había meado en el pantalón y lloraba como un niño.

– ¿Has mirado fuera? -me preguntó Sayed.

– No he visto nada raro.

– Muy bien.

Sayed metió la cabeza del capitán dentro de una bolsa de plástico y, con ayuda de Rachid, lo tumbó en el suelo. El oficial se debatió como un loco. La bolsa se llenó de vaho. Sayed cerró con fuerza la abertura de la bolsa alrededor del cuello del capitán. Éste se quedó muy pronto sin aire y empezó a contorsionarse y a patalear. Su cuerpo fue presa de convulsiones brutales que se fueron espaciando hasta debilitarse; cesaron repentinamente tras un último estremecimiento. Sayed y Rachid siguieron aplastando al capitán con su peso y sólo se levantaron cuando el cadáver se había quedado tieso.

– Quitadme de encima esas dos carroñas -ordenó Sayed a Amr y Rachid-. Y tú -dijo volviéndose hacia mí-, limpia esa sangre antes de que se seque.

14

Sayed encargó a Amr y a Rachid que hicieran desaparecer los cuerpos. El ingeniero propuso pedir un rescate a las familias de ambos policías para que se pensara en un secuestro y así despistar. Sayed le contestó: «Es tu problema», antes de ordenarme que lo siguiera. Subimos en su Mercedes negro y atravesamos la ciudad para ir al otro lado del Tigris. Sayed conducía con calma. Había puesto un CD de música oriental y subió el sonido. Su flema natural me relajaba.

Siempre había temido el momento de dar el paso; ahora que ya estaba hecho, no sentía nada especial. Había asistido a la matanza con el mismo desapego que veía a las víctimas de los atentados. Ya no era el chico frágil de Kafr Karam. Otro individuo se había colado dentro de mí. Estaba estupefacto por la facilidad con que se podía pasar de un mundo a otro y casi lamentaba haber tardado tanto en hacerlo. Ya no tenía nada que ver con el blandengue que vomitaba al ver chorrear la sangre y que se desmayaba cada vez que se liaba un tiroteo; nada que ver con el pingo que se desmayó cuando el error policial que se llevó por delante a Suleimán. Había vuelto a nacer en la piel de otro, aguerrido, frío, implacable. Mis manos no temblaban. Mi corazón latía con normalidad. En el retrovisor derecho, mi rostro no delataba ninguna expresión; era una máscara de cera, impenetrable e inaccesible.

Sayed me llevó a un pequeño y coqueto inmueble, en un barrio residencial. Los vigilantes levantaron la barrera nada más reconocer el Mercedes. Al parecer, a Sayed lo respetaban mucho los guardias. Aparcó su coche en un garaje y me llevó a un piso de lujo. No era aquel al que nos había invitado a Yacín, a los gemelos y a mí. Un anciano, secreto y obsequioso, hacía las veces de factótum en aquel lugar. Sayed me aconsejó que tomara una ducha y fuera luego a verlo al salón de ventanas nimbadas por cortinas de tafetán.

Me desnudé y me metí en la bañera regada por un grifo cromado y redondo como una tetera. El agua ardía. No tardé en sentir su efecto balsámico.

El anciano nos sirvió la cena en un pequeño salón rutilante de platería. Sayed iba ceñido con una bata granate que le daba aspecto de nabab. Cenamos en silencio. Sólo se oía el choque de las cucharas, de cuando en cuando perturbado por una llamada al móvil.

Sayed miraba primero la pantalla de su aparato y luego decidía si debía contestar o no. El ingeniero llamó a su vez por lo de ambos cadáveres. Sayed lo escuchó limitándose a pronunciar algún que otro «hum»; cuando cerró la tapa de su teléfono, por fin me dirigió una mirada y comprendí que Rachid y Amr habían hecho un buen trabajo.

El anciano nos trajo una cesta de fruta. Sayed siguió escrutándome en silencio. Quizá esperara que le diera conversación. No veía qué tema podíamos compartir. Sayed era un tipo taciturno, cuando no altivo. Tenía una manera de dirigirse a sus empleados que me desagradaba. Se le obedecía sin rechistar y sus decisiones eran incuestionables. Paradójicamente, su autoridad me tranquilizaba. Con un tío de su nivel no necesitaba hacerme preguntas; él pensaba en todo y parecía estar preparado para afrontar cualquier situación imprevista.

El anciano me enseñó mi habitación y una campanita sobre la mesilla de noche por si necesitara sus servicios. Verificó ostensiblemente que todo estaba en orden y se retiró de puntillas.

Me metí en la cama y apagué la lámpara.

Sayed vino a verme por si necesitaba algo. Sin encender. Se detuvo en la misma puerta, con una mano sobre el pomo.

– ¿Todo bien? -me preguntó.

– Muy bien.

Asintió con la cabeza, cerró a medias la puerta y la volvió a abrir.

– He apreciado mucho tu sangre fría en el almacén -me dijo.

Al día siguiente, volví a la tienda y a mi cuarto del primer piso. La actividad comercial siguió su curso. Nadie vino a preguntarnos si habíamos visto a dos oficiales de la policía por los alrededores. Unos días después, la foto del capitán y de su inspector salió en primera plana de un diario que anunciaba su secuestro y el rescate que exigían los captores para su liberación.

Rachid y Amr dejaron de darme de lado o con la puerta en las narices. A partir de entonces fui uno de ellos. El ingeniero siguió instalando bombas en los tubos catódicos. Por supuesto, sólo manipulaba uno de cada diez televisores, y no todos los clientes eran portadores de la muerte. Pero sí me fijé en que los destinatarios de los paquetes-bomba eran los mismos, tres jóvenes vestidos con monos de mecánico; acudían en unas furgonetas con un gran logotipo en el lateral y, escritas en árabe y en inglés, las palabras «Reparto a domicilio». Aparcaban su vehículo detrás del almacén, firmaban la entrega y se marchaban.