Sayed desapareció una semana. Cuando regresó, le comuniqué mi deseo de unirme a Yacín y su banda. Me moría de aburrimiento, y el maldito relente de Bagdad me contaminaba las ideas. Sayed me rogó que tuviera paciencia. Me trajo, para que me entretuviera por las noches, DVD en los que había escrito con rotulador indeleble Bagdad, Basora, Mosul, Safwan, etc., más una fecha y un número. Eran grabaciones tomadas de reportajes para la televisión o por videoaficionados que mostraban las exacciones de los coaligados: el asedio de Faluya, el ensañamiento de soldados ingleses contra chavales iraquíes capturados durante una manifestación popular, la ejecución sumaria por parte de un soldado norteamericano de un civil herido en medio de una mezquita, los disparos nocturnos y sin previo aviso de un helicóptero norteamericano contra campesinos cuyo camión se había averiado en la carretera; en suma, la filmografía de la humillación y de los fallos que se solían banalizar. Me vi todos los DVD sin pestañear. Era como si estuviesen descargando dentro de mí todas las razones posibles e imaginables para poner el mundo patas arriba. Sin duda, también era lo que pretendía Sayed; atiborrarme la cabeza, que acumulara en mi subconsciente un máximo de ira que, en su momento, sabría conferir entusiasmo a mi sevicia, y cierta legitimidad. No me engañaba a mí mismo; estimaba que tenía mi sobredosis de odio y que no era necesario añadir más. Era un beduino, y ningún beduino puede contemporizar con una ofensa sin que medie la sangre. A Sayed probablemente se le había olvidado esa regla inamovible e inflexible que había sobrevivido al tiempo y las generaciones; su vida ciudadana y sus misteriosas peregrinaciones debían de haberlo alejado del alma gregaria de Kafr Karam.
Volví a ver a Omar. Llevaba el día entero ganduleando de tugurio en tugurio. Me invitó a comer algo, y acepté con la condición de que no volviera a poner sobre la mesa temas enojosos. Se mostró comprensivo durante la comida y, de repente, los ojos se le llenaron de lágrimas. Por pudor, no le pregunté lo que le ocurría. Él mismo se desahogó. Me contó las faenas que le gastaba Hany, su compañero de piso. Éste tenía la intención de irse a Líbano, y Omar no estaba de acuerdo. Cuando le pregunté por qué lo apenaba tanto esa decisión, contestó que quería mucho a Hany y que no podría superar que se fuera. Nos despedimos a orillas del Tigris, él completamente borracho y yo sin la menor gana de volver a mi habitación y a mis melancolías.
En la tienda, la rutina se iba convirtiendo en pesadilla. Las semanas me pesaban como si una manada de búfalos no dejara de pisotearme. Me ahogaba. El aburrimiento me hacía añicos. Ni siquiera acudía ya a los lugares de los atentados, y las sirenas de Bagdad me dejaban indiferente. Adelgazaba a ojos vista, no comía casi, me dormía tarde, me calentaba la cabeza. En varias ocasiones, mientras estaba haciendo tiempo tras el escaparate, me sorprendí hablando y gesticulando a solas. Notaba que estaba perdiendo el hilo de mi propia historia, diluyéndome en mis exasperaciones. Al final, decidí volver a hablar con Sayed para decirle que estaba listo y que no necesitaba todo ese circo para seducirme.
Estaba en la mesa de su despacho llenando formularios. Tras haber mirado detenidamente su bolígrafo, lo dejó sobre un montón de folios, se subió las gafas sobre la cabeza y giró su asiento para tenerme de frente.
– No te estoy engatusando, primo. Estoy esperando instrucciones sobre ti. Creo que tenemos algo para ti, algo extraordinario, pero sólo estamos empezando a idearlo.
– Ya estoy harto de esperar.
– Haces mal. Estamos en guerra y no en la entrada de un estadio. Si pierdes la paciencia ahora, no sabrás conservar tu sangre fría cuando la necesites. Vuelve a tu actividad y aprende a sobreponerte a tu angustia.
– No estoy angustiado.
– Sí lo estás.
Dicho esto, me despidió.
Un miércoles por la mañana, un camión explotó al final del bulevar, llevándose por delante dos edificios. Había por lo menos un centenar de cadáveres descoyuntados en el suelo. La explosión había cavado un cráter de dos metros de profundidad y había roto la mayoría de los escaparates de los alrededores. Jamás había visto a Sayed en ese estado. Se agarraba la cabeza con ambas manos y, tambaleándose por la acera, contemplaba los destrozos. Comprendí que las cosas no habían ocurrido como estaba previsto, pues desde el principio de las hostilidades, y hasta entonces, el barrio se había librado.
Amr y Rachid bajaron el cierre metálico, y Sayed me llevó de inmediato al otro lado del Tigris. De camino, telefoneó varias veces a unos «socios» y los invitó a reunirse con él urgentemente en el «número dos». Usaba un lenguaje codificado que parecía una conversación intrascendente entre comerciantes. Llegamos a un barrio periférico erizado de edificios decrépitos donde se pudría un populacho entregado a sí mismo, y luego entramos en el patio de una casa donde dos coches acababan de aparcar. Sus ocupantes, dos hombres trajeados, nos acompañaron hasta el interior de la casa. Yacín se unió a nosotros unos minutos después. Era el que estaba esperando Sayed para abrir la sesión. La reunión duró apenas un cuarto de hora. Trató básicamente del atentado que acababa de producirse en el bulevar. Los tres hombres se consultaron con la mirada, incapaces de adelantar una hipótesis. No sabían quién estaba detrás del atentado. Adiviné que Yacín y los dos desconocidos eran jefes de grupos que operaban en los barrios colindantes con el bulevar y que el atentado de la mañana los había pillado desprevenidos a los tres. Sayed dedujo que un nuevo grupo, desconocido y lógicamente disidente, intentaba inmiscuirse en su sector y que había que identificarlo imperativamente para evitar que echara a perder sus planes de acción y, consecuentemente, desbaratara la demarcación operacional vigente. Se levantó la sesión. Los dos primeros en llegar se fueron, y luego lo hizo Sayed, que, antes de meterse en su coche, me confió a Yacín «hasta nueva orden».
Yacín no estaba encantado de incorporarme a su grupo, sobre todo ahora que unos desconocidos se habían puesto a pisarle los callos. Se limitó a llevarme a un escondite, al norte de Bagdad; una ratonera apenas más ancha que una cabina con dos literas y un armario enano. La ocupaba un joven filiforme, con el rostro afilado y la ganchuda nariz suavizada por un fino bigote rubio. Estaba durmiendo cuando llegamos. Yacín le explicó que debía alojarme dos o tres días. El joven asintió con la cabeza. Cuando se fue Yacín, me ofreció la cama de abajo.
– ¿Te persigue la pasma? -me preguntó.
– No.
– ¿Acabas de llegar?
– No.
Pensó que no me apetecía entablar una conversación con él y no insistió.
Permanecimos sentados el uno al lado del otro hasta mediodía. Estaba furioso con Yacín, y con todo lo que me ocurría. Tenía la sensación de ser paseado de aquí para allá como una vulgar maleta.
– Bueno -dijo el joven-, voy a comprar unos bocadillos. ¿Pollo o pinchitos de cordero?
– Tráeme lo que quieras.
Se puso la chaqueta y salió al descansillo. Lo oí bajar corriendo las escaleras, y luego nada. Agucé el oído. Ni un ruido. El edificio parecía abandonado. Me acerqué a la ventana y vi al joven apresurarse hacia la plaza. Un sol velado clavaba sus luces sobre el barrio. Tenía ganas de abrir la ventana y vomitar al vacío.
El joven me trajo un bocadillo de pollo envuelto en periódico. Le di un par de bocados y lo dejé sobre el armario, con el vientre encogido.
– Me llamo Obid -me dijo el joven.
– ¿Qué pinto yo aquí?