– Espabila, gilipollas -me gritó el chófer-. ¿Dónde crees que estás? ¿En el patio de tu madre?
Unos transeúntes se detuvieron, dispuestos a congregar a su alrededor a otros curiosos. Increíblemente, en Bagdad el menor incidente generaba un gigantesco tumulto. Esperé que el chófer siguiera su camino para cruzar la calle.
Los pies me ardían dentro de los zapatos.
Llevaba horas errando.
Me senté en la terraza de un café y pedí un refresco. No había comido nada en todo el día, pero tampoco tenía hambre. Sólo estaba agotado.
– No puede ser -dijo alguien detrás de mí.
¡Qué alegría! Menudo alivio cuando reconocí a Omar el Cabo. Iba embutido en un mono de trabajo, con el tripón medio fuera.
– ¿Qué andas haciendo tú por aquí?
– Estoy bebiendo un refresco.
– Lo hay en todos los cafés. ¿Por qué éste?
– Haces demasiadas preguntas, Omar, y no me encuentro muy bien.
Abrió los brazos para abrazarme. Sus labios apretaron largamente mis mejillas. Estaba realmente contento de verme. Agarró una silla y se dejó caer sobre ella secándose con un pañuelo.
– Me estoy derritiendo como un queso -dijo jadeando-. Me alegro mucho de verte, primo. De verdad.
– Yo también.
Dio una voz al camarero y se pidió una limonada.
– Bueno, ¿y qué cuentas?
– ¿Cómo está Hany?
– ¡Ah, ése! Es un lunático. Nunca sabes por dónde cogerlo.
– ¿Sigue con la intención de exiliarse?
– Se perdería en cualquier parte. Es muy de ciudad. Pide auxilio en cuanto pierde de vista su bloque. Me estaba picando, ¿sabes? Quería saber si realmente le tenía afecto… ¿Y tú?
– ¿Sigues con tu antiguo brigada?
– ¿Dónde quieres que vaya? Él, por lo menos, cuando la cosa está chunga, me adelanta pasta. Es un buen tipo… No me has dicho qué estás haciendo por aquí.
– Nada. No paro de dar vueltas.
– Ya veo… No hace falta que te diga que sigues pudiendo contar conmigo. Si quieres volver a trabajar con nosotros, no hay problema. Nos achucharíamos un poco más.
– ¿No tienes pensado ir a Kafr Karam? Tengo algún dinero para mi familia.
– Por ahora no… ¿Por qué no regresas allá, ya que finalmente no sabes lo que pintas en Bagdad?
Omar intentaba sondearme. Se moría de ganas de saber si podía volver a sacar a relucir los temas que me enojaban. Lo que leyó en mi mirada le hizo retroceder. Levantó ambas manos:
– Era sólo una pregunta -me dijo, conciliador.
Mi reloj marcaba las tres y cuarto.
– Tengo que regresar -dije.
– ¿Está lejos?
– Un trecho.
– Puedo llevarte, si quieres. Mi furgoneta está en la plaza.
– No, no quiero molestarte.
– No me molestas, primo. Acabo de entregar un arcón por aquí, ya no tengo más reparto.
– Cuidado, que vas a tener que dar un gran rodeo para regresar.
– Tengo bastante gasolina en el depósito.
Se bebió de un trago su limonada e hizo una señal al cajero para que no me cobrara.
– Me la apuntas en mi lista, Saad.
El cajero rechazó mi dinero y apuntó la cuenta en un trozo de papel, así como el nombre de Omar.
La tarde empezaba a caer. Los últimos espasmos del sol salpicaban los tejados de los edificios. Los ruidos de la calle iban amortiguándose. El día había sido duro; tres atentados en el centro de la ciudad y una escaramuza alrededor de una iglesia.
Estábamos en casa de Lliz. Yacín, Salah, Hasán y el dueño se encerraron en una habitación, en el piso de arriba. Seguramente para preparar una próxima correría. A Hossein y a mí no se nos invitó al briefing. Hossein fingía que le daba igual, pero yo lo notaba muy afectado. Yo estaba furioso y, como él, rumiaba mi cólera calladamente.
La puerta de arriba chirrió; un barullo de palabras nos informó del final del conciliábulo. Salah fue el primero en bajar. Había cambiado mucho. Era enorme, con su jeta de gorila de discoteca y sus puños velludos siempre cerrados, como si estuviese estrangulando a una serpiente. Todo en él parecía bullir. Era como un volcán. Hablaba poco, nunca daba su opinión y mantenía las distancias con los demás. Sólo obedecía a Yacín, del que no se despegaba.
Cuando nos vimos por primera vez, ni siquiera me saludó.
Yacín, Hasán y Lliz estuvieron un rato charlando en lo alto de la escalera antes de unirse a nosotros. Sus rostros no expresaban tensión ni entusiasmo. Se sentaron en el banco acolchado, frente a nosotros. Hossein recogió con desgana el mando a distancia que andaba tirado a sus pies y apagó la tele.
– ¿Has fundido el motor de tu coche? -le preguntó Yacín.
– Nadie me dijo que había que echarle aceite.
– Hay luces en el cuadro de mandos.
– Vi que se encendía una luz roja, pero no sabía por qué.
– Pudiste preguntar a Hasán.
– Hasán hace como si yo no existiera.
– ¿Qué estás contando? -le preguntó su hermano gemelo.
Hossein esbozó un gesto con la mano y se levantó con esfuerzo de su sillón.
– Te estoy hablando -le recordó Yacín en tono autoritario.
– No estoy sordo, es que voy a mear.
Salah se estremeció de pies a cabeza. No le gustaba nada la actitud de Hossein. Si por él fuera, le habría ajustado de inmediato las cuentas. Salah no toleraba que se faltara al respeto al jefe. Resopló con fuerza y cruzó los brazos sobre el pecho, apretando las mandíbulas.
Yacín consultó con la mirada a Hasán. Éste abrió los brazos en señal de impotencia y fue hacia el aseo. Le oímos llamar la atención a su hermano en voz baja.
Lliz nos propuso una taza de té.
– No tengo tiempo -le dijo Yacín.
– No tardo ni un minuto -insistió el dueño de la casa.
– En ese caso, te quedan cincuenta y ocho segundos.
Lliz salió volando hacia la cocina.
Sonó el móvil de Yacín. Se lo llevó a la oreja, escuchó; se le descompuso la cara. Se levantó bruscamente, se acercó a la ventana, pegado de espalda a la pared, y, con cuidado, apartó un poco la cortina.
– Los veo -dijo en su móvil-. ¿Qué coño hacen ahí?… Nadie sabe que estamos por el barrio. ¿Estás seguro de que van a por nosotros?… -pidió con la otra mano a Salah que subiera al piso para ver lo que ocurría en la calle. Salah subió los escalones de cuatro en cuatro. Yacín siguió hablando por el móvil-. Que yo sepa, en este sector no ha habido follón.
Hasán, que regresaba del aseo, se dio cuenta de inmediato de que algo iba mal. Se deslizó al otro lado de la ventana y, a su vez, apartó despacio la cortina. Lo que vio le echó atrás. Soltó un taco y fue en busca de un fusil ametrallador oculto en un armario, avisando de paso a Lliz, que estaba preparando té.
Salah bajó, imperturbable.
– Hay por lo menos unos veinte maderos rodeando la casa -anunció sacándose una pistola de grueso calibre de la cintura.
Yacín escrutó el tejado de enfrente y torció el cuello para observar las terrazas vecinas. Dijo en su móviclass="underline"
– ¿Tú dónde estás exactamente?… Muy bien. Los pillas por detrás y nos abres una brecha en su dispositivo… ¿Por la calle del garaje, estás seguro? ¿Cuántos son? Lo hacemos así. Tú los entretienes y yo me encargo de lo demás.
Cerró la tapa de su teléfono y nos dijo:
– Creo que un cabrón nos ha vendido. Los polis están en los tejados norte, este y sur. Jawad y sus hombres nos van a echar una mano para sacarnos de aquí. Vamos a lanzarnos hacia el garaje. Tendremos enfrente a unos tres o cuatro de esos vendidos.
Lliz estaba aterrorizado.
– Yacín, te aseguro que no hay topos en el barrio.
– Ya hablaremos de eso luego. Ahora apáñatelas para que salgamos de aquí más o menos enteros.
Lliz fue en busca de un lanzagranadas de marca soviética. Justo cuando llegaba al centro del salón, un cristal estalló y Lliz cayó hacia atrás, fulminado. La bala, probablemente disparada desde la terraza de enfrente, le había destrozado la mandíbula superior. La sangre empezó a brotar de su cara y a ramificarse por el enlosado. De inmediato una lluvia de proyectiles inundó la sala, pulverizando la plata, acribillando las paredes y levantando una nube de polvo y de fragmentos de todo tipo a nuestro alrededor. Nos tiramos al suelo, reptamos hacia hipotéticos refugios. Salah disparó a ciegas hacia la ventana; vació su cargador gritando como un salvaje. Yacín, más tranquilo, permanecía agachado en el mismo lugar donde estaba. Miraba con fijeza el cuerpo desarticulado de Lliz mientras pensaba en lo que debía hacer. Hossein se ocultó en el pasillo, con la bragueta abierta. Cuando vio a Lliz tirado en el suelo, soltó una carcajada.