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Salah se abalanzó sobre el lanzagranadas, lo montó y, con un gesto de la cabeza, nos ordenó salir del salón. Hasán cubrió a Yacín, que corrió a refugiarse en el pasillo. El tiroteo se detuvo de repente y sólo se oyeron, en medio de un silencio de muerte, los gritos lejanos de las mujeres y de los niños. Hasán aprovechó la tregua para empujarme delante de él.

Las crepitaciones se reanudaron con mayor intensidad. Esta vez ningún proyectil nos alcanzó. Yacín nos explicó que Jawad y sus hombres intentaban llamar la atención de los policías, y que era la señal para que saliéramos por detrás. Salah apuntó su lanzagranadas hacia una terraza y disparó. Una monstruosa explosión me taladró los tímpanos, seguida de una deflagración, y un humo espeso y corrosivo invadió la sala.

– Largaos -nos gritó Salah-. Yo os cubro.

Estupefacto, eché a correr tras los demás. Las ráfagas se sucedían estrepitosamente. Las balas rebotaban a mi alrededor, silbando junto a mis oídos. Corría encorvado, con las manos pegadas a las sienes, y me parecía que atravesaba las paredes. Pasé por un tragaluz y aterricé sobre un montón de basura. Hossein soltaba risotadas mientras corría hacia adelante. Su hermano lo alcanzó y le obligó a seguirlo por una callejuela. Nos dispararon desde enfrente. Detrás de nosotros se produjo una explosión. Alguien aulló, segado por los destellos. Sus gritos ocuparon mi mente un largo rato. Apreté los dientes y corrí, corrí como nunca había corrido en mi vida…

16

Yacín se atragantaba de rabia. En el escondite donde nos acabamos metiendo tras conseguir sortear la encerrona de la policía sólo se le oía a él. Golpeaba los muebles, daba patadas a las puertas. Hasán miraba al suelo, cruzado de brazos. Su gemelo estaba encogido en el vestíbulo, sobre el suelo, con la cabeza entre las rodillas y las manos encima de la nuca. Salah no estaba, y eso era lo que más enfurecía a Yacín. ¡Estaba acostumbrado a las emboscadas, pero no a dejar tras él a su más fiel lugarteniente!…

– Quiero la cabeza del traidor que nos ha vendido -amenazaba-. La quiero sobre una bandeja.

Miró su móvil.

– ¿Por qué no llama Salah?

Descompuesto entre la ira y la preocupación, Yacín perdía su sangre fría. Cuando no nos ametrallaba con su saliva blancuzca, lo volcaba todo a su paso.

Acabábamos de meternos en nuestro nuevo refugio y ya no quedaba nada en pie.

– No había topos en el barrio -no dejaba de repetir-, Lliz fue categórico. Hacía meses que estábamos allí, y ni una sola vez nos buscaron las cosquillas. No hay duda, o tú -me fusiló con el dedo- o Hossein habéis metido la pata.

– Yo no he metido la pata -refunfuñó Hossein-. Además, dejad de tomarme por un tarado.

Eso era exactamente lo que estaba esperando Yacín, exacerbado por nuestro mutismo. Se abalanzó sobre el gemelo, lo agarró por el cuello de la camisa y lo levantó por encima del suelo.

– A mí no me hables con ese tono, ¿te has enterado?

Hossein dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo en señal de sumisión, pero mantuvo la cara bien alta para que el jefe viera que no le temía.

Yacín lo soltó con hosquedad y vio cómo se deslizaba contra la pared y volvía a adoptar su posición inicial. Cuando se volvió hacia mí, sentí cómo sus ojos incandescentes me atravesaban de parte a parte.

– ¿Y tú qué? ¿Estás seguro de no haber dejado una piedrecita blanca en tu camino?

Yo seguía aturdido. Las detonaciones y los gritos retumbaban en mi cabeza. No podía creer que hubiésemos salido de ésta sanos y salvos tras habernos chupado un diluvio de fuego y corrido como locos y a tiro limpio por multitud de callejuelas. Ni siquiera notaba las piernas que me llevaban, extenuado, descompuesto, alucinado. Lo último que deseaba era pasar por una prueba más. Y la mirada de Yacín caía sobre mí como una cuchilla.

– ¿No habrás entablado amistad con un desconocido? ¿O habrás soltado algo que no debías a alguien?

– No conozco a nadie.

– ¿A nadie?… ¿Entonces cómo te explicas la putada que nos acaban de hacer hace un rato? Hacía meses que estábamos apalancados en aquella casa. O eres gafe o has sido imprudente. Mis hombres están curtidos. Miran dos veces dónde pisan. Eres el único que no se ha integrado del todo. ¿A quién ves fuera del grupo? ¿Dónde vas cuando sales de casa? ¿A qué dedicas tu tiempo?…

Me asaeteaba a preguntas, una tras otra, sin dejarme tiempo para colocar una palabra o recobrar el aliento. Mis manos no conseguían contenerlas ni repelerlas. Yacín intentaba ponerme contra las cuerdas. Yo era el eslabón más débil y necesitaba un chivo expiatorio. Siempre ha sido así; cuando no se encuentra sentido a la desgracia, se le busca un responsable. Yo iba desgranando negativas, intentaba resistirme, defenderme, no dejarme impresionar cuando, de repente, gritando de rabia, y sin darme cuenta, se me escapó el nombre de Omar el Cabo. Quizá fuera el cansancio, o el hastío, o bien una manera de sustraerme a la mirada absolutamente innoble de Yacín. No pude evitar meter la pata. Habría vendido mi alma con tal de tragarme mis palabras, pero el rostro de Yacín se había convertido en un brasero.

– ¿Qué? ¿Omar el Cabo?

– Nos vemos de cuando en cuando, eso es todo.

– ¿Sabía dónde te alojabas?

– No. Una sola vez me dejó en la plaza. Pero no me acompañó hasta la casa. Nos despedimos a la altura de la gasolinera.

Esperaba que Yacín rechazara la historia con un revés de la mano y se volviera a meter con Hossein, o la tomara con Hasán. Estaba equivocado.

– ¿Estoy soñando o qué? ¿Has traído a ese canalla hasta nuestro escondrijo?

– Me recogió en la calle y aceptó amablemente llevarme hasta la gasolinera. Omar no podía saber adónde iba. Además, se trata de Omar, no de cualquiera. Jamás nos denunciaría.

– ¿Sabía que estabas conmigo?

– Por favor, Yacín, esto no puede ser.

– ¿Lo sabía?

– Sí…

– ¡Imbécil!… ¡Cretino! Te has atrevido a traer a ese cagado hasta…

– Él no ha sido.

– ¿Y tú qué sabes? Bagdad, el país entero está infestado de chivatos y de colaboracionistas.

– Espera, espera, Yacín, aquí te equivocas…

– ¡Cierra el pico! Tú te callas. No tienes nada que decir. Nada, ¿entiendes? ¿Dónde vive ese gilipollas?

Comprendí que había cometido un grave error, que Yacín no dudaría en matarme si no intentaba enmendarme. Esa misma noche me obligó a conducirlo hasta Omar. De camino, al notarlo más relajado, le supliqué que no se equivocara de persona. Me sentía mal, muy mal; no daba pie con bola; el remordimiento y el temor de estar en el origen de un terrible malentendido me tenían abatido. Yacín me prometió que si Omar no tenía nada que reprocharse, lo dejaría en paz.

Hasán conducía con un machete de monte debajo de la cazadora. La rigidez de su cuello me ponía la carne de gallina. Yacín contemplaba sus uñas en el asiento del copiloto, con el rostro hermético. Yo estaba encogido en el asiento trasero, con las manos húmedas, apretando los muslos para contener unas irresistibles ganas de mear.