Выбрать главу

Salah se dispuso a destrozarlo; Yacín lo disuadió.

– Yo estaba allí cuando te cargaste a Mohamed Sobhi, el sindicalista -contó el soplón, rojo de rabia-. Estaba en el coche que lo esperaba abajo de su casa. Te vi dispararle por la espalda cuando acabó de bajar las escaleras. Por la espalda. Cobardemente. ¡Cobarde traidor, aborto, asesino! Si tuviese las manos libres, te comería crudo. Sólo sirves para pegar tiros por la espalda y salir pitando como un conejo. Pero tú te crees un héroe y vas sacando pecho por la calle. Si Irak ha de ser defendido por cobardes como tú, más vale que se lo queden los perros y los golfos. Sois una gentuza, unos zumbados, unos…

Yacín le dio una patada en la cara, cortándolo en seco.

– ¿Has entendido algo de su delirio, Jawad?

El oficial de policía torció el labio hacia un lado:

– El sindicalista Mohamed Sobhi era su hermano. Este capullo reconoció a Salah cuando lo vio entrar en su casa. Fue a comisaría a dar parte.

Yacín hizo, con los labios hacia fuera, una mueca circunspecta.

– Volved a amordazarlo -ordenó-, y lleváoslo lejos de aquí. Quiero que muera lentamente, fibra a fibra, que se pudra antes de entregar el alma.

Salah y Hasán se encargaron de ejecutar la orden.

Volvieron a meter el «paquete» en el maletero del coche y salieron del garaje con los faros apagados, precedidos por el oficial de policía en el coche de Salah.

Hossein cerró el portal.

Yacín permaneció plantado en el sitio en que había estado interrogando al prisionero. La nuca gacha, los hombros caídos. Yo estaba detrás de él, a punto de saltarle encima.

Tuve que retroceder hasta lo más profundo de mi ser para recuperar el aliento y decirle:

– ¿Ves? Omar no tenía nada que ver.

Fue como si hubiese abierto la caja de Pandora. Yacín se estremeció de pies a cabeza, giró sobre sí mismo y, apuntándome con un dedo afilado como una espada, me dijo en un tono que me dejó helado:

– Una palabra más, sólo una palabra más, y te degüello con los dientes.

Dicho esto, me apartó con el revés de la mano y regresó a su habitación a zarandear los muebles.

Salí en plena noche.

Era una noche realmente estúpida, con su cielo olvidadizo de las estrellas y su relente de matadero; una noche consciente de haber caído muy bajo y que seguía ahí, sin más, viéndolo todo negro. En las luces anémicas de los bulevares, mientras el toque de queda se endurecía, entendí la incongruencia de los seres y de las cosas. Bagdad había puesto de patas en la calle hasta sus oraciones. Y yo había dejado de reconocerme en las mías. Rozaba las paredes como una sombra chinesca, apesadumbrado… ¿Pero qué he hecho?… ¡Dios todopoderoso! ¿Qué puedo hacer para que Omar me perdone?…

17

El sueño se había convertido en mi purgatorio. Apenas me quedaba dormido, volvía a huir por hileras de pasillos laberínticos, perseguido por la sombra de un antepasado. Estaba en todas partes. Hasta en mi jadeo descontrolado… Me despertaba sobresaltado, empapado de pies a cabeza, los brazos hacia adelante. Seguía allí. En la claridad del alba. En el silencio de la noche. Sobre mi cama. Me agarraba las sienes con ambas manos y me encogía tanto que desaparecía bajo las sábanas… ¿Pero qué he hecho?… Esa horrible pregunta me asediaba, me atrapaba en plena carrera, como el halcón a la avutarda. El fantasma de Omar se había convertido en mi animal de compañía, en mi pesar itinerante, en mi embriaguez y mi locura. Bastaba con que cerrase los párpados para que ocupara toda mi mente, y con que volviera a abrirlos para que ocultara el resto del mundo. Sólo quedábamos él y yo en el mundo. Éramos el mundo.

Por mucho que rezara, que le suplicara que me dejara en paz al menos un minuto, no había nada que hacer. Ahí seguía, silencioso y desconcertado, tan real que lo habría tocado alargando el brazo.

Pasó una semana y las cosas iban a peor, se alimentaban de mis obsesiones, se aprovechaban de mi fragilidad para envalentonarse y volver a la carga, atropellándose unas a otras, sin tregua ni descanso…

Sentía que me hundía progresivamente en la depresión.

Quería morirme.

Fui en busca de Sayed para notificarle mi deseo de acabar con mi vida. Me presenté voluntario para un atentado suicida. Era el atajo más convincente, y también el más provechoso. Llevaba tiempo dando vueltas a esa idea, mucho antes del error que condujo a la ejecución del Cabo. Se convirtió en idea fija. No tenía miedo. Me sentía desvinculado de todo. No veía qué podían tener los kamikazes que yo no tuviera. Se les oía saltar por los aires todas las mañanas en la plaza, todas las noches contra los recintos militares. Iban a la muerte como quien va a una fiesta, en medio de unos asombrosos fuegos artificiales.

– Pues ponte a la cola como los demás -me replicó Yacín-. Y espera tu turno.

Ya no había forma de que Yacín y yo nos entendiéramos. No me tragaba; yo lo odiaba a muerte. No paraba de buscarme las cosquillas, de interrumpirme cuando intentaba decir una palabra, de mandarme a paseo cuando pretendía ser útil. Nuestra relación degradaba la convivencia con los demás miembros de nuestro grupo; se mascaba la tragedia. Intentaba quebrantarme, disciplinarme. Yo no era un bala rasa, no cuestionaba su autoridad ni su carisma; lo odiaba, y él tomaba el desprecio que le tenía por insubordinación.

Sayed acabó rindiéndose ante la evidencia. La convivencia con Yacín podía acabar mal y poner en peligro a todo el grupo. Me permitió regresar a la tienda, y recuperé presurosamente mi cuchitril del primer piso. El fantasma de Omar siguió mis pasos; me tenía para sí solo, pero a pesar de todo yo prefería sus acosos a tener que ver a Yacín.

Ocurrió un miércoles. Regresaba del restaurante después de haber cerrado la tienda. Tras los edificios de la ciudad, el sol andaba enredado con sus encendidas aguadas. Sayed me acechaba desde la puerta. Sus ojos relucían en el fondo de la penumbra. Estaba sobreexcitado.

Subió conmigo a mi habitación y me agarró por los hombros:

– Hoy me han dado la mejor noticia de mi vida…

Me apretó contra él, radiante, y, sin poder contenerse, dio libre curso a su felicidad.

– Es fantástico, primo. Fantástico.

Me pidió que me sentara en la cama, intentó moderar su entusiasmo; luego me dijo:

– Te hablé de una misión. Querías ir a por todas, y te contesté que quizá tuviera algo para ti y que esperaba poder estar seguro… Pues bien, el milagro se ha producido. Me lo acaban de confirmar hace menos de una hora. Esta bendita misión ya es factible. ¿Estarás en condiciones de llevarla a cabo?

– ¡Y tanto!

– Se trata de la misión más importante de las emprendidas jamás. La misión final. La que provocará la capitulación sin condiciones de Occidente y nos pondrá definitivamente en primera fila en el concierto de las naciones… ¿De verdad crees que podrás?…

– Estoy listo, Sayed. Tienes mi vida a tu disposición.

– No es cuestión solamente de tu vida. Hay muertos a diario, y mi vida tampoco me pertenece a mí. Es una misión capital. Requiere un compromiso inquebrantable.

– ¿Acaso estás dudando de mí?

– No estaría aquí contándotelo.

– ¿Entonces cuál es el problema?

– Eres libre de echarte atrás. No quiero presionarte.

– Nadie me está presionando. Me apunto sin condiciones.

– Aprecio tu determinación, primo. Por si te sirve de algo, confío plenamente en ti. Te llevo observando desde que llegaste a mi tienda. Cada vez que te echo una mirada, tengo la impresión de levitar… La elección ha sido difícil. Si algo sobra, son candidatos. Pero para mí es importante que sea un chico de nuestro pueblo, del olvidado Kafr Karam, para que deje un buen recuerdo en la historia.