Me abrazó y besó en la frente.
Acababa de elevarme al rango de los seres reverenciados.
Aquella noche, volví a soñar con Omar. Pero no huí.
Sayed regresó para volver a tantearme. Quería estar seguro de que no me había precipitado.
La víspera de los preparativos de la misión me dijo:
– Te doy tres días para que te lo pienses bien. Después, cortaremos amarras.
– Me lo he pensado; estoy en condiciones de actuar.
Sayed me alojó en un pisito de lujo con vistas al Tigris. Allí me esperaba un fotógrafo. Tras la sesión de fotos, pasé por las tijeras del peluquero y luego me duché. Como debía dejar Bagdad esa misma semana, fui a correos para enviar a Bahia el dinero que había ahorrado.
Salí de Bagdad un viernes, tras la Gran Oración. A bordo de un camión de ganado conducido por un viejo campesino con turbante. Se suponía que yo era su sobrino y pastor. Mis nuevos papeles estaban en regla, falsificados con documentos desgastados para disimular mejor. Mi nombre constaba en el registro de comercio. Sorteamos los distintos puestos de control sin problema y llegamos a Ar Ramadi antes del anochecer. Sayed nos esperaba en una granja, a unos veinte kilómetros al oeste de la ciudad. Comprobó que todo iba según lo previsto, cenó con nosotros y nos entregó el itinerario de la etapa siguiente antes de retirarse. Al alba, reemprendimos camino hacia un pueblito situado en la ladera este de la meseta de la Chamiyé, donde otro enlace con camioneta se hizo cargo de mí. Pasamos la noche en una aldea que abandonamos al amanecer para dirigirnos a Rutba, no lejos de la frontera jordana. Sayed se nos había adelantado; nos acogió en el patio de un dispensario. Un médico con una bata ajada nos sugirió que nos laváramos y nos retiráramos a una habitación para enfermos. Aplazamos tres veces nuestra salida debido a un despliegue militar en la región. Al cuarto día, amparados por una tormenta de arena, el camionero y yo pusimos rumbo a Jordania. La visibilidad era nula, pero el chófer conducía tranquilamente por las pistas, que parecía conocer como la palma de la mano. Al cabo de varias horas de baches y de sofoco, nos detuvimos en una árida vaguada donde el viento no paraba de mugir. Nos refugiamos en una cueva tras haber empujado el coche bajo un cobertizo natural, comimos algo y luego el camionero, un hombrecillo deshidratado e impenetrable, subió a lo alto de una cresta. Lo vi sacar su móvil y explicar dónde se encontraba ayudándose de un aparato de navegación.
Cuando regresó, me dijo:
– Esta noche no dormiré bajo las estrellas.
Fue la única vez que me dirigió la palabra.
Se dirigió a la cueva para tumbarse y me ignoró.
La tormenta amainó, espaciando sus arremetidas; el viento se coló hasta el último recoveco de la cueva; luego, a medida que el paisaje emergía de la niebla ocre del desierto, se fue quedando sin aliento y, sin previo aviso, se detuvo del todo.
El sol se congestionó al tocar suelo, destacando las colinas peladas que dentaban el horizonte. De repente, aparecidos como por ensalmo, dos muleros tomaron el lecho de la vaguada hacia nuestra cueva. Luego me enteré de que eran miembros de una cuadrilla de ex contrabandistas convertidos en pasadores de armas y de que echaban ocasionalmente una mano, como guías, a los voluntarios venidos de todas partes para reforzar las filas de la resistencia iraquí. El camionero los felicitó por llegar tan a punto, se informó acerca del curso de las operaciones en el sector y me entregó a ellos. Regresó a su vehículo sin saludarme y salió pitando.
Los dos desconocidos eran altos y delgados, y tenían la cara envuelta en una kefia polvorienta. Llevaban pantalones de chándal, jerséis gruesos y zapatillas de deporte.
– Todo irá bien -me dijo el más alto.
Me ofreció un jersey de lana gruesa y una gorra.
– Por aquí refresca de noche.
Me ayudaron a subirme a una mula y se pusieron en marcha. Cayó la noche. El viento se levantó, gélido e irritante. Mis guías se relevaban en la otra mula. Los caminos de cabras se iban ramificando ante nosotros, opalescentes bajo la luna. Bajamos por laderas escarpadas, escalamos otras, deteniéndonos sólo para aguzar el oído y escrutar las zonas de sombra. La travesía estaba resultando como tenían previsto los guías. Hicimos una pequeña parada en el fondo de un vallejo para alimentarnos y recuperar fuerzas. Me zampé varias lonchas de carne seca y me tragué un odre de agua de manantial. Mis compañeros me aconsejaron que no comiera demasiado deprisa y que intentara descansar. Me cuidaban mucho y me preguntaban de cuando en cuando si aguantaba el tirón, si quería apearme de la mula y caminar un poco. Les rogué que siguieran adelante.
Atravesamos la frontera jordana hacia las cuatro de la mañana. Dos patrullas de frontera se habían cruzado un rato antes, una a bordo de un todoterreno militar, otra a pie. El puesto de observación se encontraba en lo alto de un cerrillo, identificable por su torreta y su antena alumbrada por una farola. Mis guías lo estuvieron observando con prismáticos infrarrojos. Cuando la patrulla de exploradores regresó a su acuartelamiento, agarramos nuestras mulas por las riendas y nos deslizamos por el lecho de un río. Unos kilómetros más allá, una pequeña furgoneta cargada de palanganas de plástico nos recogió. La conducía un hombre vestido con túnica tradicional y un pañuelo beduino en la cabeza. Felicitó a mis dos guías, y les dibujó en el suelo un itinerario seguro para regresar a Irak. Los informó de que aviones no tripulados estaban sobrevolando la zona y les detalló la manera de eludir su rastreo; luego les explicó cómo rodear una nueva unidad de las fuerzas aliadas que acababa de desplegarse detrás de la línea de demarcación. Los guías le hicieron algunas preguntas de orden práctico y, ya satisfechos, nos desearon buena suerte y dieron media vuelta.
– Ahora puedes relajarte -me dijo el desconocido-. A partir de aquí es pan comido. Estás en las mejores manos de la profesión.
Era un hombrecillo encogido, de tez morena, con la cabeza más ancha que los hombros, por lo que parecía estar tambaleándose sin moverse. Por sus gruesos labios se entreveían dos filas de dientes de oro que refulgían al amanecer. Conducía como un tonto, sin preocuparse de los baches ni de los frenazos que daba sin ton ni son, catapultándome contra el parabrisas.
Sayed reapareció por la noche, en casa de mi nuevo guía. Me abrazó durante un largo rato.
– Dos etapas más y podrás descansar.
Al día siguiente, tras un desayuno sustancioso, me acompañó hasta un pueblo fronterizo en un coche de gran cilindrada. Allí me puso en manos de Chaker e Imad, dos jóvenes con pinta de estudiantes, y me dijo:
– Del otro lado está Siria, y justo después Líbano. Nos vemos dentro de dos días en Beirut.
Beirut
18
Mi estancia en Beirut llega a su fin. Llevo tres semanas esperando. Cuento las horas con los dedos. De pie junto a la ventana de mi habitación, contemplo la calle desierta. La lluvia tamborilea sobre los cristales. En la acera barrida por el viento, un vagabundo sopla en sus puños para calentarlos. Está al acecho de algún alma caritativa. Lleva allí un buen rato y no he visto a nadie depositar una moneda en su mano. ¿Qué espera del porvenir? Tiene las polainas empapadas hasta la trama, sus zapatillas hacen agua; su pinta es sencillamente grotesca. Resulta obsceno vivir como un perro, más cerca de los gatos callejeros que de la gente. Ese individuo ni siquiera es digno de poseer una sombra, de vincularla a su degradación. De hecho, no tiene. Aislado en su miseria como un gusano en una fruta podrida, olvida que está muerto y acabado. No siento la menor compasión por él. Pienso que si el destino lo ha rebajado hasta las alcantarillas, es para encarnar un símbolo. ¿Cuál? El que me permite concienciarme de la insoportable ineptitud de la vida. Este hombre espera algo, eso está claro. ¿Pero qué? ¿Que le caiga el maná del cielo? ¿Que un transeúnte se dé cuenta de su desamparo? ¿Que se apiaden de él?… ¡Menudo imbécil! ¿Acaso existe la vida después de la piedad?… Kadem no tenía del todo razón. No es que el mundo haya caído muy bajo, es que los hombres se regodean en la bajeza. Es precisamente porque me niego a parecerme a ese muerto en vida por lo que he venido a Beirut. Vivir como hombre o morir como mártir. No hay alternativa para el que quiere ser libre. No me veo en el pellejo de un vencido. ¡Llevo esperando desde aquella noche en que los soldados norteamericanos invadieron nuestra casa, desbaratando el orden natural de las cosas y los valores ancestrales!… Espero el momento de recuperar mi amor propio, sin el cual no hay más que deshonra. Estoy dispuesto a todo y a nada. Lo que he pasado, vivido, padecido hasta aquí no cuenta. Aquella noche la imagen se detuvo. Para mí, la tierra dejó de girar. No estoy en Líbano, no estoy en un hotel; estoy en coma. Y sólo me queda renacer aquí o pudrirme.