Sayed se ha encargado personalmente de que no me falte nada. Me ha instalado en una de las suites más caras del hotel y ha puesto a mi servicio a Imad y a Chaker, dos jóvenes exquisitos que me tratan con toda la consideración posible e imaginable, disponibles día y noche, pendientes de una señal, dispuestos a cumplir hasta mis deseos más extravagantes. Me prohíbo darme aires de importancia. Sigo siendo el mismo chico de Kafr Karam, humilde y discreto. Aunque soy consciente de la importancia que se me concede, no he renunciado a las reglas que me han forjado dentro de la sencillez y la corrección. Un único capricho: he pedido que retiren de la suite la televisión, la radio, los retratos colgados de las paredes; que me dejaran lo mínimo, es decir, los muebles y unas cuantas botellas de agua mineral en el minibar. Si por mí fuera, habría elegido una cueva en el desierto para sustraerme a las irrisorias vanidades de la gente mimada por la vida. Querría ser mi único polo de atracción, mi única referencia, pasar el resto de mi estancia libanesa preparándome mentalmente para estar a la altura de lo que los míos me han confiado.
Ya no temo quedarme solo en la oscuridad.
Me inicio en el olor a humedad de las tumbas.
¡Estoy preparado!
He domesticado mis pensamientos, metido en vereda mis dudas. Me mantengo lúcido con mano de hierro. Mi ansiedad, mis vacilaciones, mis insomnios, todo eso es historia pasada. Controlo todo lo que ocurre en mi cabeza. Nada se me escapa, nada se me resiste. El doctor Jalal me ha escardado el camino, taponado las brechas. Y ahora soy yo quien emplaza a mis miedos de antaño, quien les pasa revista. Se ha disipado la mancha parda que, en Bagdad, ocultaba parte de mis recuerdos. Puedo regresar a Kafr Karam cuando me parezca, abrir cualquier puerta, visitar cualquier patio y sorprender a cualquiera en su intimidad. Vuelvo a recordar, uno por uno, a mi madre, a mis hermanas, a mis parientes y primos. Sin sentirme mal. Mi habitación está poblada por fantasmas y ausentes. Omar comparte mi cama; Suleimán cruza mi habitación a la carrera; los invitados inmolados en las huertas de los Haitem desfilan ante mí. Hasta mi padre está presente. Se prosterna ante mí, con los testículos al aire. Yo no aparto la mirada, no me tapo la cara. Y cuando un culatazo lo manda al suelo, no lo ayudo a levantarse. Permanezco de pie; mi inflexibilidad de esfinge me impide inclinarme, incluso ante mi progenitor.
Dentro de unos días será el mundo el que se prosterne ante mí.
¡La más importante misión revolucionaria jamás emprendida desde que el hombre ha aprendido a no doblegarse!
Y yo he sido elegido para cumplirla.
¡Qué revancha sobre el destino!
Nunca me ha parecido tan eufórico, tan cósmico, el ejercicio de la muerte.
Por la noche, cuando me tumbo en el sofá frente a la ventana, rememoro las cabronadas que han pautado mi vida, y todas refuerzan mi compromiso. Ignoro con exactitud lo que voy a hacer, cuál será la naturaleza de mi misión -…algo que convertirá el 11 de Septiembre en una algarabía de patio de colegio-. Una certeza absoluta: ¡no retrocederé!
Llaman a la puerta.
Es el doctor Jalal.
Aparece empaquetado en el mismo chándal que llevaba la víspera y sigue sin molestarse en atarse los cordones.
Es la primera vez que cruza el umbral de mi puerta. Su aliento a vino se expande por la habitación.
– Me moría de aburrimiento en mi cuarto -dijo-. ¿No te importa que te haga compañía durante un rato?
– No me molestas.
– Gracias.
Se tambalea hasta el canapé, rascándose el trasero con la mano debajo del calzoncillo. No huele bien. Apuesto a que lleva lustros sin darse un baño.
Echa una ojeada admirativa a la suite.
– ¡Guau! ¿Acaso eres hijo de un nabab?
– Mi padre era pocero.
– El mío era un inútil.
Se percata de la ridiculez de su réplica, la rechaza con un gesto de la mano y, cruzando las piernas, se acomoda contra el respaldo del sofá y mira de soslayo al techo.
– No he pegado ojo en toda la noche -se lamenta-. Últimamente no consigo conciliar el sueño.
– Trabajas demasiado.
Sacude la barbilla:
– Puede que tengas razón. Esas conferencias me agotan.
Había oído hablar del doctor Jalal en el instituto. Mal, por supuesto. Había leído dos o tres obras suyas, sobre todo ¿Por qué los musulmanes han montado en cólera?, un ensayo sobre el advenimiento del integrismo yihadista que en su momento suscitó la ira del clero. Era muy controvertido en los círculos intelectuales árabes y muchos lo ponían en la picota. Sus teorías sobre las disfunciones del pensamiento musulmán contemporáneo eran auténticos requisitorios que los imanes rechazaban de pleno, al punto de que llegaron a sostener que los que osaran leerlas irían al infierno. Para la mayoría de los fieles, el doctor Jalal no era sino un saltimbanqui a sueldo de las camarillas occidentales hostiles al islam en general, y a los árabes en particular. Yo mismo lo detestaba, y le reprochaba su exhibicionismo de ideas recibidas y su evidente desprecio por los suyos. Para mí, representaba la especie más repugnante de esos felones que proliferan como ratas en los círculos mediáticos universitarios europeos, dispuestos a malvender su alma con tal de ver su foto en la prensa y de que hablen de ellos, y no había desaprobado las fatuas que lo condenaron a muerte con la esperanza de poner fin a sus elucubraciones incendiarias, que publicaba en la prensa occidental y desarrollaba con un celo ultrajante en los estudios de televisión.
Así que me quedé estupefacto cuando me enteré de su cambio radical. Y algo aliviado, todo hay que decirlo.
La primera vez que vi al doctor Jalal en persona fue al segundo día de mi llegada a Beirut. Sayed insistió en que fuésemos a su conferencia: «¡Es magnífico!».
Aquello fue en una sala de fiestas, no lejos de la universidad. Había una locura de gente, cientos de personas de pie alrededor de las sillas tomadas por asalto horas antes de la intervención del doctor. Estudiantes, mujeres, chicas jóvenes, padres de familia, funcionarios se amontonaban en el inmenso auditorio. Su algazara recordaba el despertar de un volcán. Cuando el doctor apareció en la tarima, escoltado por milicianos, las paredes se estremecieron y los cristales tintinearon por los clamores. Nos impartió un curso magistral sobre la hegemonía imperialista y las campañas de desinformación que estaban en el origen de la satanización de los musulmanes.
Aquel día adoré a ese hombre.
Es cierto que no tiene buena pinta, que arrastra los pies y que viste de cualquier manera, que su resaca y su indolencia de alcohólico inveterado desconcertaban, pero cuando toma la palabra, ¡Dios mío!, cuando curva el micro mientras levanta los ojos hacia su audiencia, eleva la tribuna al rango de Olimpo. Sabe mejor que nadie describir nuestros sufrimientos, las afrentas que padecemos, nuestra necesidad de sublevarnos contra nuestros silencios. Hoy, somos los criados de Occidente; mañana, nuestros hijos serán sus esclavos, martilleaba. Y la asistencia estallaba. Un ataque masivo de delirium trémens. Si a un gracioso se le ocurriera en ese instante gritar «¡A por el enemigo!», el conjunto de embajadas occidentales habría quedado reducido a cenizas sobre la marcha. El doctor Jalal tiene talento para movilizar hasta a los lisiados. La precisión de su discurso y la eficacia de sus argumentos son una delicia. No hay imán que le llegue a la suela del zapato, orador que mejor sepa convertir un murmullo en grito. Es un alma desollada de una inteligencia excepcional; un mentor de singular carisma.