«El Pentágono engañaría hasta al propio diablo -dijo al final de su conferencia en respuesta a la observación de un estudiante-. Esa gente está convencida de haber cobrado mucha ventaja a Dios… Llevaban años preparando cuidadosamente la guerra contra Irak. El 11 de Septiembre no es el desencadenante sino el pretexto. La idea de destruir Irak se remonta al mismo instante en que Sadam puso la primera piedra de su instalación nuclear. No iban tras el déspota o el petróleo, sino tras la ingeniería iraquí. Aunque, ya puestos, tampoco viene mal conciliar lo útil con lo agradable: poner a un país de rodillas y chuparle la sangre. A los norteamericanos les encanta matar dos pájaros de un tiro. Con Irak han perpetrado el crimen perfecto. Lo han hecho aún mejor: han convertido el móvil del crimen en el garante de su impunidad… Me explico: ¿Por qué atacar Irak? Porque se supone que tiene armas de destrucción masiva. ¿Cómo atacarlo sin demasiado riesgo? Asegurándose de que no tiene armas de destrucción masiva. ¿Acaso se puede ser más genial combinando datos? Lo demás vino solo, a pedir de boca. Los norteamericanos manipularon al mundo entero asustándolo. Luego, para asegurarse de que sus tropas no corrieran ningún riesgo, obligaron a los expertos de la ONU a hacer el trabajo sucio por ellos, y sin gastos añadidos. Una vez seguros de que no había ningún petardo nuclear en Irak, lanzaron sus ejércitos contra un pueblo sabiamente embrutecido a golpe de embargos y de acoso psicológico. Y así rizaron el rizo.»
Yo tenía una ofensa que lavar con sangre; para un beduino, es algo tan sagrado como la oración para un creyente. Con el doctor Jalal, la ofensa se injertó en la Causa.
– ¿Estás enfermo? -me pregunta señalándome el montón de medicamentos sobre mi mesilla de noche. No sé qué responder.
Como no me había planteado recibirlo alguna vez en mi apartamento, no había tomado precauciones.
Me maldigo a mí mismo. ¿Por qué he tenido que dejar esos medicamentos al alcance de cualquiera cuando debí guardarlos en el botiquín del cuarto de baño? Y eso que las instrucciones de Sayed son estrictas; no dejar nada al azar, desconfiar de todo el mundo.
Intrigado, el doctor Jalal se incorpora para levantarse y se acerca a las cajas esparcidas por mi mesilla de noche.
– Oye, aquí tienes para sanar a toda una tribu.
– Tengo problemas de salud -le contesto tontamente.
– Y gordos, por lo que veo. ¿Qué te ocurre para tener que meterte todo esto en el cuerpo?
– No me apetece hablar de ello.
El doctor Jalal coge algunas cajas, les da una y otra vuelta, lee en voz alta el nombre de los medicamentos como quien lee pintadas ininteligibles, hojea en silencio un par de prospectos. Agarra con el ceño fruncido los distintos botes, los mira, los sacude haciendo sonar su contenido.
– ¿Acaso te han hecho un trasplante?
– Eso es -contesto apoyando su deducción.
– ¿Riñón o hígado?
– Por favor, no me apetece hablar de ello.
Para gran alivio mío, deja los botes en su sitio y regresa al sofá.
– De todos modos, pareces estar en forma.
– Es porque sigo al pie de la letra las prescripciones. Son medicamentos que debo seguir tomando durante toda la vida.
– Comprendo.
Le pregunto para cambiar de tema:
– ¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?
– ¿Sobre las artimañas de mi madre?
– No me lo permitiría.
– Ya he contado largo y tendido sus calaveradas en una obra autobiográfica. Era una puta. Como tantas otras en el mundo. Mi padre lo sabía, y se callaba. Lo despreciaba más a él que a ella.
Me siento incómodo.
– ¿Cuál es tu pregunta… indiscreta?
– Supongo que te la han hecho cientos de veces.
– ¿Sí?…
– ¿Cómo pasaste de ser el azote de los yihadistas a convertirte en su portavoz?
Suelta una carcajada, se relaja. Resulta evidente que no le disgusta el ejercicio. Se pasa las manos detrás de la nuca, se estira groseramente; luego, tras haberse relamido los labios, cuenta con cara súbitamente seria:
– Son cosas que se te vienen encima cuando menos te lo esperas. Es como una revelación. De repente, lo ves todo claro, y los pequeños detalles que no tenías en cuenta cobran una dimensión extraordinaria… Vivía en una burbuja. Fue sin duda el odio a mi madre lo que me cegó hasta llegar a repugnarme todo aquello que me vinculara a ella, hasta mi sangre, mi patria, mi familia… En realidad, sólo era el negro de los occidentales. Se habían percatado de mis debilidades. Sólo me otorgaban honores y agasajos para someterme mejor. No había estudio de televisión que no reclamara mi presencia. Bastaba con que un petardo estallara en alguna parte para que micros y focos me localizaran de inmediato. Mi discurso se ajustaba a las expectativas de los occidentales. Los reconfortaba. Les decía lo que querían oír, lo que habrían querido decir ellos mismos de no haber estado yo allí para ahorrarles esa tarea, y las molestias que conllevan. Digamos que les servía de guante… Hasta que un día estuve en Ámsterdam. Unas semanas después del asesinato de un cineasta holandés por un musulmán, por un documental blasfemo que mostraba a una mujer desnuda cubierta de versículos coránicos. Puede que oyeras hablar de aquella historia.
– Vagamente.
El doctor Jalal esboza una mueca y prosigue:
– Normalmente, no se cabía en los auditorios universitarios donde yo intervenía… Aquel día hubo muchos asientos vacíos. La gente que se había molestado en venir lo hizo para ver de cerca a la bestia inmunda. Llevaban el odio en la cara. Había dejado de ser el doctor Jalal, su aliado, el defensor de sus valores y de su idea de la democracia. A la mierda con todo aquello. Para ellos no era más que un árabe, el vivo retrato del árabe asesino del cineasta. Habían cambiado radicalmente, ellos, los precursores de la modernidad, los más tolerantes, los europeos más emancipados. Ahora esgrimían su tendencia racista como un trofeo. A partir de ahora, todos los árabes eran terroristas para ellos, ¿y yo?… ¿Yo, el doctor Jalal, enemigo jurado de los fundamentalistas, yo, a quien llovían las fatuas, que me partía el pecho y la cara por ellos?… Yo, para ellos, no era sino un traidor a mi nación, lo cual me hacía doblemente despreciable… Y entonces fue cuando tuve una iluminación. Comprendí hasta qué punto estaba engañado, y, sobre todo, dónde estaba mi verdadero sitio. Así que hice las maletas y regresé con los míos.
Tras soltar su carrete, adopta un semblante sombrío. Comprendo que acabo de tocar una fibra especialmente sensible y me pregunto si, por culpa de mi indiscreción, no habré metido el dedo en una llaga que le gustaría ver cicatrizar.
19
Me apresuro en poner a buen recaudo mis medicamentos tras la salida del doctor Jalal, que entre tanto se había quedado adormilado. Estoy furioso. ¿Dónde tengo la cabeza? Cualquier tonto se habría quedado pasmado ante el arsenal de botes y de comprimidos sobre mi mesilla de noche. ¿Acaso sospechaba algo el doctor Jalal? ¿Por qué ha venido a mi habitación cuando no tenía costumbre de hacerlo? No suele ir en busca de los demás. Apenas te cruzas con él por los pasillos del hotel, salvo cuando se dirige en solitario al bar para emborracharse. Ceñudo, distante, no devuelve las sonrisas ni los saludos. El personal del hotel lo evita, pues es capaz de pillar, por una pequeñez, unos cabreos abominables. Por otra parte, que yo sepa, ignora el motivo de mi estancia en Beirut. Él está en Líbano por sus conferencias; yo lo estoy por razones que se mantienen secretas. ¿Por qué vino a verme ayer tarde a la terraza, él, que aborrece la compañía?