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– No tiene por qué hacerlo.

– Sin embargo, es necesario. Debes saber lo que tu sacrificio significa para tu pueblo y para todos los pueblos oprimidos de la tierra. Vas a poner fin a la hegemonía imperialista, a meter en vereda al infortunio, a redimir a los justos…

Esta vez, soy yo quien lo agarra por la muñeca.

– Por favor, Sayed, me duele mucho que dudes de mí.

– No dudo de ti.

– Entonces, no digas nada. Deja que las cosas vengan por sí solas. No necesito que se me acompañe. Sabré encontrar solo el camino.

– Sólo intento decirte hasta qué punto tu sacrificio…

– Es inútil. Además, ya sabes cómo somos en Kafr Karam. Nunca hablamos de un proyecto cuando de verdad pretendemos llevarlo a cabo. Para que se realicen, los deseos deben ser callados. Así que callémonos… Quiero llegar hasta el final. Con toda confianza. ¿Me comprendes?

Sayed asiente con la cabeza:

– Supongo que tienes razón. Quien tiene fe en sí mismo no necesita la de los demás.

– Exactamente, Sayed, exactamente.

Mete la marcha atrás, regresa hasta una pista pedregosa y da media vuelta para regresar a Beirut.

He pasado buena parte de la noche en la terraza del hotel, apoyado sobre la balaustrada que da a la avenida, esperando ver aparecer al doctor Jalal. Me siento solo. Intento recomponerme. Necesito la ira de Jalal para amueblar mis lagunas. Pero no hay quien dé con Jalal. Dos veces he llamado a su puerta. No estaba en su habitación. Ni en el bar. Desde mi mirador ocasional vigilo los coches que se detienen junto a la acera, al acecho de su desvencijada silueta. La gente entra y sale del hotel; sus voces me llegan por retazos amplificados antes de disolverse en el rumor de la noche. Una luna creciente engalana el cielo, blanca y cortante como una hoz. Más arriba, collares de estrellas exhiben su esplendor. Hace frío; alrededor de mis suspiros se esparcen hebras de vapor. Arrebujado en mi cazadora, soplo en mis puños entumecidos, con los ojos abiertos y la cabeza encogida. Llevo un buen rato sin pensar en nada. La toxina que me ronda la mente, desde que oyó la palabra «virus», sólo espera una señal por mi parte para envalentonarse. No quiero darle la menor oportunidad de desconcertarme. Esa toxina es el Maligno. Es la trampa en mi camino. Es mi sumisión, mi pérdida; he jurado ante mis santos y mis antepasados que no volveré a arrodillarme. Así pues, miro; miro la calle repleta de noctámbulos, los coches que pasan, las luces de neón jugueteando en el frontón de las fachadas, las tiendas asediadas por los clientes; miro, con los ojos más abiertos que interrogaciones, con los ojos suplantando a la cabeza. ¡Y miro esta ciudad, tan experta en incitaciones! Hace muy poco, un inmenso sudario cubría hasta sus últimos recovecos, confiscándole sus luces y sus ecos, convirtiendo sus excesos de antaño en una miserable sensación de vacío, hecha de frialdad y de perplejidad, de grave fracaso y de incertidumbre… ¿Habrá olvidado su martirio hasta el punto de no acompañar en el sentimiento a sus allegados? ¡Incorregible Beirut! A pesar del espectro de la guerra civil que gravita sobre sus festejos, hace como si la cosa no fuera con ella. ¿Adónde irá tan deprisa esa gente que se agita por las aceras como cucarachas por las regueras? ¿Qué anhelo les devolvería el sueño? ¿Qué amanecer la reconciliaría con su porvenir?… No, no acabaré como ellos. No quiero para nada parecerme a ellos.

Las dos de la mañana.

Ya no queda nadie en la calle. Las tiendas han bajado sus cierres metálicos, y los últimos fantasmas se han desvanecido. Jalal no vendrá. ¿Acaso lo necesito?

Regreso a mi habitación, helado pero fortalecido. El aire fresco me sienta bien. La toxina que me rondaba la mente se acabó aburriendo. Me deslizo bajo las mantas y apago. Me encuentro a gusto en la oscuridad. Tengo cerca de mí a mis muertos y a mis vivos. Virus o bomba, ¿qué más da cuando se esgrime en una mano la ofensa y en la otra la Causa? No tomaré pastillas para dormir. He vuelto a mi elemento. Todo va bien. La vida no es sino una apuesta sin sentido, y es la forma de morir la que lo dota de él. Así nacen las leyendas.

20

Un hombre de cierta edad se presenta en la recepción. Es alto y huesudo, tiene la tez cerúlea de los ascetas. Lleva un viejo abrigo gris sobre un traje oscuro, unos zapatos de cuero desgastados pero recién abrillantados. Con sus gruesas gafas de concha y una corbata que conoció tiempos mejores, tiene el porte digno y patético de un maestro de escuela a punto de jubilarse. Un periódico bajo la axila, la barbilla recta, agita la campanilla del mostrador y espera tranquilamente a que lo atiendan.

– ¿Señor?

– Buenas noches. Diga al doctor Jalal que Mohamed Seen está aquí.

El recepcionista se vuelve hacia las casillas y no ve llave en el número 36; miente:

– El doctor Jalal no está en su habitación, señor.

– Lo he visto entrar hace dos minutos -insiste el hombre-. Debe de estar muy ocupado o descansando, pero soy un viejo amigo suyo y no le gustaría enterarse de que he pasado a verlo y no lo han avisado.

El recepcionista echa una ojeada por encima del hombro del visitante. Estoy sentado en el salón del vestíbulo, bebiendo té. Luego, después de rascarse tras la oreja, coge el teléfono:

– Voy a ver si está en el bar… ¿Se llamaba?…

– Mohamed Seen, novelista.

El recepcionista marca un número, se afloja la pajarita para relajar el cuello y se muerde el labio cuando le descuelgan.

– Es la recepción, señor. ¿Está el doctor Jalal en el bar?… Un tal Mohamed Seen está aquí preguntando por él… De acuerdo, señor.

El recepcionista cuelga y ruega al novelista que espere un momento.

El doctor aparece por el hueco de la escalera que da a las habitaciones, con los brazos abiertos, todo sonrisa. «¡Alá, ya baba! ¿Qué te trae por aquí, habibi? ¡Wah! El gran Seen se acuerda de mí.» Ambos hombres se abrazan calurosamente, se besan en las mejillas, contentos de verse; no dejan de contemplarse y de darse palmadas en la espalda.

– ¡Qué excelente sorpresa! -exclama el doctor-. ¿Desde cuándo estás en Beirut?

– Desde hace una semana. Invitado por el Instituto Francés.

– Magnífico. Espero que alargues tu estancia. Me encantaría.

– Debo regresar a París el domingo.

– Todavía nos quedan dos días. Hay que ver lo bien que hueles. Ven, vamos a la terraza a ver la puesta del sol. Tenemos una vista estupenda sobre las luces de la ciudad.

Desaparecen por el hueco de la escalera.

Los dos hombres se instalan en la alcoba vidriada de la terraza. Los oigo reír y darse palmadas en la espalda; me deslizo subrepticiamente tras un tabique de madera para espiarlos.

Mohamed Seen se quita el abrigo y lo coloca a su lado, sobre el brazo del sillón.

– ¿Tomas una copa? -le propone Jalal.

– No, gracias.

– ¡Dios santo! ¡Cuánto hace! ¿Dónde te habías metido?

– Estoy hecho un nómada.

– Leí tu última novela. Una pura maravilla.

– Gracias.

El doctor se deja caer en su asiento y cruza las piernas. Mira al novelista sonriendo, visiblemente encantado de volver a verlo.

El novelista apoya los codos sobre las rodillas, junta las manos a lo bonzo y posa con cuidado la barbilla sobre la punta de los dedos. Su entusiasmo se ha disipado.

– No pongas esa cara, Mohamed. ¿Tienes problemas?…

– Uno solo… y eres tú.

El doctor se echa hacia atrás soltando una risa breve y seca. Se repone de inmediato, como si acabara de asimilar las palabras de su interlocutor.

– ¿Tienes un problema conmigo?