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Creo que me he quedado dormido.

Mi reloj marca las seis menos veinte. No quedan asientos disponibles a mi alrededor. Dos señoritas se afanan tras el mostrador, bajo una pantalla encendida. Leo mi número de vuelo, la palabra «Londres» junto al logotipo de British Airways. A mi derecha, sentada, una anciana saca un móvil de su bolso, comprueba en su pantalla que no tiene mensajes y lo vuelve a guardar. Al cabo de dos minutos, lo saca de nuevo para consultarlo. Está preocupada, espera una llamada que no llega. Enfrente, un futuro papá arropa con la mirada a su esposa, cuyo vientre abomba su vestido premamá. Se desvive por ella, pendiente del menor gesto suyo para demostrarle lo encantado que está. Los ojos le chispean de alborozo. Vive en una nube. De pie, y apoyada en un cajero automático, una pareja de jóvenes de origen europeo se abraza, con el oro de sus cabellos sobre la cara. El chico es alto, lleva una camiseta de color naranja fluorescente y un vaquero muy ceñido. La chica, rubia como una gavilla de heno, debe ponerse de puntillas para alcanzar los labios de su amiguito. Su abrazo es apasionado, bello, generoso. ¿Qué se sentirá al besar en la boca? Jamás he besado a una chica en la boca. No recuerdo haber cogido de la mano a una prima, haber atisbado la posibilidad de un idilio. En Kafr Karam, soñaba de lejos con las niñas, a escondidas, casi avergonzado de mi debilidad. En la universidad conocí a Nawal, una morena con ojos melosos. Nos saludábamos con la punta de las pestañas, nos despedíamos mirándonos de soslayo. Creo que sentíamos algo el uno por el otro. Pero en ningún momento tuvimos el valor de intentar saber qué con exactitud. Estaba en otra clase. Nos las arreglábamos para cruzarnos por los pasillos. Nuestro eclipse duraba lo que una zancada. Una sonrisa nos bastaba para ser felices. Nos imbuíamos de ella durante las clases. Al caer la tarde, un padre o un hermano mayor acudían a buscar a mi fantasma a la puerta de la universidad y me lo confiscaba hasta el día siguiente. Luego la guerra le dio el golpe de gracia.

Anuncian el embarque de los pasajeros para Londres. Se dispara el nerviosismo a mi alrededor. Dos filas rodean ya el mostrador. La señora de mi derecha no se levanta. Saca su móvil por enésima vez y lo mira con cara de pena.

Desconsolada, se coloca al final de la fila. Una señorita comprueba su pasaporte, le entrega un resguardo del billete. Ella se da la vuelta una última vez y desaparece por un pasillo.

Sólo quedo yo.

Las señoritas y un señor hablan de algo gracioso, pues las chicas están riendo. El hombre se eclipsa por una puerta vidriada y regresa pasados unos minutos. Un viajero rezagado acude al galope, con su maleta de ruedas chirriando melancólicamente. Se deshace en excusas. Las señoritas le sonríen y le señalan un pasillo por el que se interna a la carrera.

El hombre mira su reloj con cierto fastidio. Su colega se inclina hacia un micrófono y da el último aviso a un pasajero que anda despistado por alguna parte. Es a mí a quien reclama. Me sigue llamando cada cinco minutos. Al final, se encoge de hombros, recoge sus efectos detrás del mostrador y corre en pos de sus dos colegas, que ya se han adelantado por el pasillo.

Mi avión está siendo remolcado hasta el centro del macadán alquitranado. Lo veo bifurcar lentamente y dirigirse hacia la pista.

Se apaga el panel sobre el mostrador.

Hace ya un buen rato que ha anochecido. Otros pasajeros han venido a hacerme compañía antes de adentrarse a su vez por el pasillo. Ahora anuncian otro vuelo y los asientos se vuelven a ocupar.

– ¿Va usted a París? -me pregunta un hombrecillo sobreexcitado que acaba de sentarse a mi lado.

– ¿Perdón?

– ¿Aquí se toma el vuelo para París?

– Sí -le tranquiliza un vecino.

El airbús con destino a París despega, majestuoso, inexpugnable. Las amplias salas se van adormeciendo. La mayoría de los compartimientos han quedado vacíos. Unos sesenta pasajeros hacen tiempo en un ala con religioso recogimiento.

Un agente de seguridad se me acerca, con el walkie-talkie a la vista. Ya había pasado dos o tres veces por aquí, intrigado por mi presencia. Se detiene ante mí, me pregunta si me encuentro bien.

– He perdido mi avión.

– Ya me lo imaginaba. ¿Adónde iba?

– A Londres.

– Ya no hay vuelos para Londres esta noche. Enséñeme su billete… British Airways… A esta hora todas las oficinas están cerradas. No puedo ayudarle. Tendrá que regresar mañana y contárselo a los de la compañía. Le aviso que son inflexibles. No creo que le validen su billete de hoy… ¿Tiene dónde ir? Está prohibido pasar aquí la noche. De todos modos, tiene que arreglarlo con la compañía, y eso está al otro lado de la zona franca. Venga conmigo.

Me dirijo hacia la salida con la mente en blanco. Me dejo llevar por mis pasos. No tengo otra opción. No pinto nada en el aeropuerto. Los vestíbulos están sumidos en el silencio. Un empleado empuja una hilera de carros. Otro va pasando sus trapos por el suelo. Aún se perciben algunas sombras por las esquinas. Los bares y tiendas están cerrados. Tengo que irme.

Un coche se detiene a mi altura mientras camino sin rumbo, enfrascado en mis preocupaciones. Se abre una portezuela. Es Chaker… Sube… Me instalo en el asiento del copiloto. Chaker rodea un aparcamiento, se detiene ante una señal de stop antes de lanzarse por la carretera jalonada por farolas. Circulamos durante una eternidad sin hablarnos ni mirarnos. Chaker no se dirige hacia Beirut, toma una carretera de circunvalación. Su ahogada respiración acompasa el arrullo del motor.

– Estaba seguro de que te ibas a rajar -dice con voz apagada.

No hay reproche en sus palabras, sólo un remoto regocijo, como cuando uno comprueba que no se había equivocado.

– Cuando oí tu nombre en el altavoz, lo comprendí todo.

Golpea repentinamente el volante:

– ¿Por qué, ¡Dios santo!, has hecho que nos tomemos tantas molestias para luego echarte atrás en el último minuto?

Se calma, relaja el puño; se da cuenta de que está conduciendo como un loco y levanta el pie del pedal.

Más abajo, la ciudad parece un inmenso estuche repleto de joyas.

– ¿Qué ha ocurrido?

– No lo sé.

– ¿Cómo que no lo sabes?

– Me encontraba ante la puerta de embarque, vi cómo los pasajeros subían al avión y no los seguí.

– ¿Por qué?

– Ya te lo he dicho: no lo sé.

Chaker se queda meditando un instante antes de irritarse:

– ¡Esto es de locos!

Cuando llegamos a la cima de una colina, le pido que se detenga. Tengo ganas de contemplar las luces de la ciudad.

Chaker se echa a un lado de la carretera. Cree que voy a vomitar, me pide que no manche el coche. Le digo que salgo a tomar el aire. Se lleva instintivamente la mano a la cintura, agarra la culata de su pistola.

– No te pases de listo -me previene-. No dudaré en matarte como a un perro.

– ¿Dónde quieres que vaya con esta mierda de virus en el cuerpo?

Busco a oscuras un lugar donde sentarme, encuentro una roca y me siento sobre ella. La brisa me hace tiritar. Los dientes me castañetean y se me erizan los pelos de los brazos. Muy lejos, en el horizonte, unos paquebotes surcan las tinieblas, como luciérnagas arrastradas por la crecida. El rumor del mar cabalga sobre el oleaje y cubre el silencio de esta tormentosa noche. Más abajo, a resguardo del asalto de las olas, Beirut recuenta sus tesoros bajo una luna henchida.