Que Lux consintiera en encontrarse con esa clase de chicos en los rincones y matorrales del terreno de la escuela no hace más que confirmar su desequilibrio. Solíamos preguntarles si hablaba de Cecilia, pero siempre respondían que, en realidad, hablar no era exactamente lo que hacían.
El único chico digno de confianza entre los que trataron a Lux en aquella época fue Trip Fontaine, aunque su sentido del honor hizo que no revelase nada durante años. Tan sólo dieciocho meses antes de los suicidios Trip Fontaine salió de la torpeza infantil para delicia de muchachitas y mujeres a partes iguales. Debido a que lo habíamos conocido como un niño gordinflón cuyos dientes le asomaban por la boca siempre abierta y dando boqueadas, como hacen los peces, tardamos en darnos cuenta de su transformación. Por otra parte, nuestros padres y nuestros hermanos mayores, así como nuestros decrépitos tíos, nos habían asegurado que cuando uno era hombre el aspecto físico carecía de importancia. Nos tenía sin cuidado si éramos bien parecidos o no y creíamos que contaba muy poco, hasta que vimos que las chicas que conocíamos, e incluso sus madres, se enamoraban de Trip Fontaine. Era como un deseo silencioso pero magnífico, como mil margaritas volviendo la corola al paso del sol. Al principio no advertimos siquiera los fajos de notas deslizadas a través de la puerta del armario de Trip ni las brisas ecuatoriales que lo perseguían por los pasillos, fruto de tanta sangre en ebullición. Pero al fin, después de ver tantas chicas inteligentes sonrojándose cuando Trip se acercaba o tirándose mutuamente de la trenza para no sonreírle tanto, nos dimos cuenta de que nuestros padres, hermanos y tíos nos habían engañado y de que ninguna chica jamás nos amaría por el simple hecho de sacar buenas notas. Años más tarde, en el rancho donde Trip Fontaine se desintoxicaba del caballo y en el que dejó todos los ahorros de su ex mujer, recordaba las pasiones violentas que desató cuando le apareció en el pecho el primer vello. El hecho ocurrió en un viaje a Acapulco, cuando su padre y el noviete de éste salieron a dar un paseo por la playa dejando que Trip se valiera por sí solo dentro del recinto del hotel. (Documento número siete, una instantánea de aquel viaje en la que aparece un señor Fontaine muy bronceado posando junto a Donald, los dos muslo contra muslo en el trono de Moctezuma situado en el patio del hotel.) En la barra donde no se servían bebidas alcohólicas, Trip conoció a Gina Desander, que acababa de divorciarse y que le pidió su primera piña colada. A su regreso, Trip Fontaine, tan caballero como siempre, nos puso al corriente de los detalles más característicos de la vida de Gina Desander, que trabajaba como crupier en un casino de Las Vegas y le enseñó la manera de ganar en el blackjack y que, además, escribía poesía y comía coco cortándolo con un cuchillo del ejército suizo. Sólo años más tarde, contemplando el desierto de su vida con ojos cansados y cuando sus maneras caballerescas ya no podían proteger a ninguna mujer porque ya todas tenían más de cincuenta años, Trip confesó que Gina Desander había sido «la primera que me tiré».
Aquello explicaba muchas cosas. Explicaba por qué no se sacaba nunca de encima el collar de caracolas que ella le había regalado. Explicaba aquel anuncio turístico que Trip tenía sobre la cama en el que se veía a un hombre planeando sobre la bahía de Acapulco en una cometa arrastrada por una lancha rápida. Explicaba por qué había cambiado su estilo de indumentaria antes de los suicidios y había pasado de los pantalones y camisas propias de un escolar a la ropa vaquera, a las camisas con botones perlados, bordados en los bolsillos y hombreras, todo cuidadosamente elegido para parecerse a aquellos hombres de Las Vegas que aparecían junto a Gina Desander en las fotos que llevaba en el billetero y que le había mostrado durante aquel viaje de siete días y seis noches. Gina Desander, a los treinta y siete años, había calibrado el nivel de masculinidad potencial existente en la forma regordeta de Trip Fontaine y, durante la semana que pasó con él en México, lo cinceló hasta hacer de él un hombre. Aunque nunca supimos qué ocurrió en la habitación del hotel, no nos costó imaginar a Trip, borracho de zumo de piña bien cargado, mirando cómo Gina Desander arrancaba llamas de la cama. La puerta corredera del balconcito de cemento se había salido de la guía, y puesto que Trip era el hombre, había intentado ponerla en su sitio. En los muebles y mesillas de noche de la habitación estaban los restos de la fiesta de la noche anterior… vasos vacíos, palillos para remover cócteles, rodajas de naranja exprimida. Trip, con su bronceado de vacaciones, debía de tener el aspecto habitual de finales de verano, cuando iba de un lado a otro de la piscina de su casa, con las tetillas como cerezas rosadas rebozadas en azúcar moreno. La piel rojiza y ligeramente cuarteada de Gina Desander se oscurecía con la edad, como les ocurre a las hojas de los árboles. As de corazones. Diez de tréboles. Veintiuno. Has ganado. Le acariciaba el cabello, volvía a empezar. Trip nunca nos contó los detalles, ni siquiera después, cuando ya teníamos edad para entenderlos. Nosotros veíamos aquello como una maravillosa iniciación a manos de una madre clemente y, pese a que era algo que se mantenía en secreto, la noche puso en los hombros de Trip la capa del amante. Al volver, su voz nos pareció profunda y resonaba con fuerza sobre nuestras cabezas; observamos, sin llegar a comprenderlo del todo, lo ceñidos que le quedaban los vaqueros, olimos la colonia que llevaba y no pudimos por menos de comparar nuestra piel color queso con la suya. Pero su olor a almizcle, la suavidad de su rostro, como si se lo hubiera untado con aceite de coco, los dorados granos de arena que parecían brillar, persistentes, en sus cejas, no nos afectaban tanto como a las chicas, que desfallecían primero una por una y más tarde en grupo.
Recibía cartas decoradas con diez tipos diferentes de labios (el perfil de los labios es tan peculiar como el de las huellas dactilares) y se demoraba en el estudio de los mismos, debido a que eran muchas las chicas que retozaban con él en la cama. Perdía el tiempo bronceándose en una colchoneta en la piscina de su casa, cuyas dimensiones eran las de una bañera. Las chicas no se equivocaban al escoger a Trip, porque era el único que sabía mantener la boca cerrada. Trip Fontaine tenía la discreción natural de los grandes amantes, seductores más importantes que Casanova por el simple hecho de no haber dejado tras de sí doce volúmenes de memorias y porque nadie conoce su identidad. Ni en el campo de fútbol ni, desnudo, en el vestuario, Trip Fontaine habló una sola vez de los trozos de pastel, cuidadosamente envueltos en papel de aluminio, que aparecían en su armario, ni tampoco de las cintas para el pelo que ataba a la antena del coche, ni tan siquiera de la zapatilla de tenis que colgaba sujeta con el machucado cordón en el espejo retrovisor y en la punta de la cual se leía la siguiente nota: «La razón es el amor: amor. Para eso sirves, Trip».
En los pasillos comenzaba a resonar su nombre murmurado a media voz. Mientras nosotros nos referíamos a él llamándole el Tripero, las chicas no hablaban más que de Trip, Trip, su único tema de conversación, y, cuando fue elegido «el más guapo», «el mejor vestido», «el chico con más personalidad» y «el mejor atleta» (pese a que ninguno de nosotros, por despecho, le había dado el voto y, dicho sea de paso, tampoco había para tanto), comprendimos hasta qué punto las chicas estaban pirradas por él. Hasta nuestras propias madres hablaban de lo bien parecido que era, lo invitaban a cenar y parecía que ni advirtiesen que llevaba el pelo largo y sucio. No tardó en vivir como un pachá y en aceptar el homenaje tributado a la colcha de su cama, de tejido sintético: algún que otro billete sisado del bolso de una madre, bolsitas con droga, anillos de graduación, obsequios de Rice Krispie envueltos en papel parafinado, frasquitos de nitrito amílico, botellas de Asti Spumante, quesos variados importados de Holanda, ocasionalmente la colilla de un porro. Las chicas le traían resúmenes pasados a máquina y con notas a pie de página para las pruebas trimestrales, un trabajo que se tomaban para que Trip no tuviera que hacer otra cosa que leer una sola página de cada libro. Con el tiempo, y gracias a la generosidad de los regalos que recibía, consiguió reunir un museo de «Grandes Porros del Mundo», cuyas muestras guardaba en un frasco vacío de especias colocado en un estante de la librería, desde la Blue Hawaiian a la Panama Red, pasando por las muchas paradas de los oscuros territorios comprendidos entre ambos, y una de las cuales tenía la apariencia y el olor de una alfombra. No sabíamos mucho de las chicas que iban a ver a Trip Fontaine, sólo que conducían su propio coche y que siempre sacaban algo del maletero. Pertenecían al tipo de las que llevan pendientes de esos que tintinean, las puntas del cabello decoloradas y zapatos con tacón de corcho sujetos con tiras en los tobillos. Transportaban cuencos de ensalada cubiertos con servilletas estampadas y cruzaban el jardín con las piernas abiertas, mascando chicle y sonriendo. Arriba, ya en la cama, daban a Trip de comer en la boca, luego se la limpiaban con la sábana, dejaban los cuencos en el suelo y por fin se fundían entre sus brazos. De vez en cuando, al entrar o salir del dormitorio de Donald, el señor Fontaine recorría el pasillo, si bien lo escabroso de su propia conducta le impedía hacer especulaciones sobre los susurros que se oían al otro lado de la puerta de la habitación de su hijo. Padre e hijo vivían en la casa como camaradas; a veces, por la mañana, tropezaban el uno con el otro en el pasillo y se echaban mutuamente la culpa de que no quedara café, pese a lo cual por la tarde se bañaban juntos en la piscina y alborotaban un rato, como compatriotas en busca de un poco de pasión sobre la tierra.