El cielo se oscureció y el día se quedó sin luz, por lo que nos encontramos metidos en una lobreguez intemporal en la que sólo podíamos saber qué hora era por el sabor de los eructos: por la mañana sabían a pasta dentífrica y por la tarde a la salsa del estofado que comíamos en la escuela.
Sin que mediara explicación alguna, las hermanas Lisbon dejaron de asistir a clase. Una mañana no se presentaron y la siguiente tampoco. Cuando el señor Woodhouse quiso que le informaran del asunto, el señor Lisbon parecía no tener ni idea de adónde podían haber ido.
– Decía continuamente: «¿Seguro que no están?».
Jerry Burden conocía la combinación del armario de Mary, lo abrió y dentro encontró casi todos sus libros.
– Tenía postales pegadas. Cosas muy raras. Sofás y mierdas de ésas.
(En realidad, se trataba de postales del museo de arte, que mostraban una silla Biedermeier y un sofá Chippendale tapizado de chintz rosa.) Las libretas estaban en el estante de arriba, cada una con el nombre de una materia nueva e incitante que nunca llegó a estudiar. Dentro de la de Historia americana, entre espasmódicas notas, Jerry Burden encontró el siguiente garabato: una chica con coletas vencida bajo el peso de una enorme roca. Tenía los carrillos hinchados y de sus labios gordezuelos salía una nube de vapor. Dentro de esa nube, que se ensanchaba progresivamente, figuraba escrita la palabra «presión» con trazo oscuro.
Teniendo en cuenta que Lux no se había sometido al toque de queda, todo el mundo estaba a la espera de que ocurriese algo, si bien nadie se figuraba que pudiera ser tan drástico. Sin embargo, al hablar con ella unos años después, la señora Lisbon insistió en que nunca había tenido la intención de comportarse con sus hijas de forma punitiva.
– Dada la situación, la escuela no hacía sino empeorar las cosas -dijo-. Las compañeras no les dirigían la palabra, los únicos que les hablaban eran los chicos, y éstos ya se sabe lo que buscan. Las chicas necesitaban tiempo para ellas. Son cosas que una madre sabe muy bien. Pensé que, si se quedaban en casa, se repondrían mejor.
La entrevista con la señora Lisbon fue breve. Nos encontramos en la parada del autobús del pueblo en que ahora vive, porque era el único sitio donde servían café. Tenía los nudillos enrojecidos y se le habían contraído las encías. La tragedia que había vivido no la había hecho más abordable, en realidad le había infundido esa cualidad impalpable que poseen los que han sufrido más de lo que puede expresarse con palabras. Aun así, queríamos hablar con ella sobre todo porque nos dábamos cuenta de que, por su condición de madre de las chicas, tenía que saber mejor que nadie por qué se habían suicidado. Pero lo que nos dijo fue:
– Esto es lo más espantoso, que no lo sé. Cuando no están contigo, son diferentes. Los hijos son así.
Cuando le preguntamos por qué no buscó nunca el consejo psicológico que podía ofrecerle el doctor Hornicker, la señora Lisbon se molestó.
– El médico aquel nos echaba la culpa a nosotros. Decía que Robbie y yo éramos los culpables de todo.
En ese momento llegó un autobús a la parada, que escupió por la puerta abierta de la Salida 2 una ráfaga de monóxido de carbono sobre el mostrador, cubierto de montones de rosquillas fritas. La señora Lisbon dijo que tenía que dejarnos.
Pero la señora Lisbon hizo algo más que impedir a sus hijas que fueran a la escuela. El domingo siguiente, de regreso a su casa después de escuchar un encendido sermón en la iglesia, ordenó a Lux que destruyera sus discos de rock. La señora Pitzenberger (que estaba pintando una habitación en la casa de al lado) oyó la enfurecida discusión.
– ¡Ahora! -no cesaba de repetir la señora Lisbon, mientras Lux intentaba hacerla entrar en razón, llegar a un acuerdo con ella, y estallaba finalmente en sollozos.
A través de la ventana del pasillo de arriba, la señora Pitzenberger vio que Lux se dirigía taconeando furiosamente a su dormitorio y volvía con unas cajas que habían contenido melocotones. Eran cajas pesadas y Lux las soltó escaleras abajo como si fueran trineos.
– Las dejaba resbalar escaleras abajo pero, antes de soltarlas, las retenía un momento.
La señora Lisbon tenía encendida la chimenea de la sala de estar, y Lux, que lloraba en silencio, comenzó a arrojar los discos al fuego. No supimos qué álbumes fueron condenados al auto de fe, pero parece que Lux imploraba misericordia a la señora Lisbon mientras iba cogiendo en sus manos los discos uno tras otro. Pronto el olor lo invadió todo y el plástico se fundió sobre los morillos, por lo que la señora Lisbon pidió a Lux que no echara más discos en el fuego. (El resto de los álbumes fueron a parar a la basura de la semana.) Pero Will Timber, que estaba tomando un vaso de mosto, dijo que durante todo el camino hasta Mr. Z's, la tienda de Kercheval donde vendían artículos para fiestas, tuvo metido en la nariz aquel hedor a plástico quemado.
Durante las semanas siguientes apenas vimos a las chicas. Lux no volvió a hablar nunca más con Trip Fontaine, ni Joe Hill Conley llamó a Bonnie pese a habérselo prometido. La señora Lisbon llevó a sus hijas a casa de su abuela a fin de escuchar el consejo de una anciana que había vivido todo tipo de penalidades. Cuando la llamamos por teléfono a Roswell, Nuevo México, población a la que se había trasladado después de vivir cuarenta y tres años en la misma casa de una sola planta, la vieja (de nombre Lema Crawford) se negó a responder a las preguntas sobre su participación en el castigo, ya fuera por testarudez o para no oír su voz a través del audífono diciendo aquellas cosas por teléfono. Habló, sin embargo, de los sinsabores que a ella misma le había deparado el amor sesenta años atrás.
– Son cosas que jamás se superan -dijo-, aunque puedes acabar encontrándote en una situación en la que ya no te importen tanto. -Después, antes de colgar, añadió-: El tiempo aquí es espléndido. Lo mejor que hice en mi vida fue liar los bártulos y marcharme de aquella ciudad.
El sonido desvaído de su voz hizo que la escena cobrase vida: la vieja, ante la mesa de la cocina, con los escasos cabellos metidos en un turbante de tejido elástico, la señora Lisbon con los labios apretados y expresión ceñuda sentada delante de ella y las cuatro penitentes, las cabezas bajas y manoseando chucherías y figurillas de porcelana. No se habla ni un momento de lo que ellas sienten ni de lo que esperan de la vida, no hay más que una orden que emana de arriba -abuela, madre, hijas- mientras fuera, en el patio trasero, va cayendo la lluvia sobre las marchitas hortalizas del huerto.
El señor Lisbon siguió yendo a su trabajo todas las mañanas y la familia a la iglesia los domingos, pero aquí se acabó todo. La casa se iba viendo ahogada por nieblas de juventud, y hasta nuestros padres comenzaron a decir que tenía un aire lúgubre y malsano. Los vapores que emanaban las miasmas atraían por las noches a los mapaches y no era raro encontrar alguno muerto, aplastado por un coche al alejarse de la basura de los Lisbon. Una semana, en el porche delantero, se vio a la señora Lisbon con bombas humeantes que despedían un hedor sulfuroso. Nadie había visto nunca aquellos artilugios, pero decían que eran útiles para ahuyentar a los mapaches. Tiempo después, antes de que arreciaran los primeros fríos aproximadamente, la gente empezó a ver a Lux copulando en el tejado con hombres y muchachos sin rostro.
Al principio habría sido imposible decir qué ocurría. Un cuerpo de celofán movía los brazos contra las tejas de pizarra como un niño que arrastrara un ángel por la nieve. Después ya se distinguía otro cuerpo más oscuro, a veces con uniforme de un restaurante de comidas rápidas, a veces con todo un surtido de cadenas de oro, una vez con el atuendo gris pardusco de los contables. Apostados en la buhardilla de los Pitzenberger, y a través de las ramas más pequeñas de los olmos, ahora desnudas de hojas, acabamos por descubrir el rostro de Lux, sentada y envuelta en una manta Hudson Bay, fumando un cigarrillo, tan inasequiblemente cercana allí metida en el círculo de los prismáticos, moviendo lentamente los labios sin emitir sonido alguno.
Nos sorprendía que pudiera hacerlo en su propia casa, mientras sus padres dormían. En realidad era imposible que el señor y la señora Lisbon vieran lo que ocurría en el tejado de su casa y, una vez instalados en él, Lux y sus amiguetes disfrutaban de una cierta seguridad. Pese a todo, debía de producirse el inevitable ruido de los muchachos y los hombres al colarse dentro de la casa, los crujidos de las escaleras en medio de una oscuridad cargada de ansiosas vibraciones, los ruidos nocturnos zumbando en sus oídos, hombres sudorosos, conscientes de que corrían el riesgo de ser acusados de violación, de perder su trabajo, de afrontar un divorcio, pero que eran conducidos escaleras arriba y tenían que saltar por una ventana para subir al tejado, donde la pasión les machacaba las rodillas y los hacía revolcarse en charcos empantanados. Nunca supimos de dónde los sacaba Lux. No nos constaba que abandonase la casa en ningún momento, ya que si hubiera salido de noche habría podido hacer lo mismo en cualquier solar a orillas del lago. El hecho es que prefería hacer el amor en el mismo lugar donde estaba confinada. En lo que a nosotros respecta, aprendimos mucho acerca de las técnicas del amor y, puesto que no conocíamos las palabras para designar lo que veíamos, tuvimos que inventárnoslas. Así fue como empezamos a hablar de «trinar en el cañón», de «atar el tubo», de «gimotear en el pozo», de «deslizar la cabeza de la tortuga» o de «masticar zumaque». Años más tarde, cuando también nosotros perdimos la virginidad, el pánico nos hizo imitar aquellos lejanos revolcones de Lux en el tejado, e incluso ahora, de ser sinceros con nosotros mismos, tendríamos que admitir que seguimos haciendo el amor con aquel pálido espectro, sus pies afianzados en el canalón, su mano florida apoyada siempre en la chimenea, prescindiendo de lo que hagan los pies y las manos de nuestras actuales amantes. Y también tendríamos que admitir que, en nuestros momentos más íntimos, solos en la noche con los latidos de nuestro corazón, mientras pedimos a Dios que nos salve, la aparición más frecuente es Lux, súcubo de aquellas noches binoculares.