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– No perdáis el tiempo en la vida.

El patio de ventanas estaba cubierto de hojas que el viento había arrastrado, también había una silla rota de cuando habíamos construido un fuerte. A través de la bata de la anciana señora Karafilis se filtraba la luz, y era tan fina y su dibujo tan monótono que parecía de papel. Llevaba unas sandalias útiles para ir a un hammam, a algún lugar lleno de vapor, pero no para pisar un suelo sujeto a todo tipo de corrientes de aire.

El día que supo que las niñas volvían a estar encarceladas, levantó la cabeza y asintió sin sonreír. Al parecer, ya estaba enterada.

Mientras tomaba el baño semanal de sales de Epsom, hablaba de las hermanas Lisbon o les hablaba, no se habría podido decir cuál de las dos cosas ocurría realmente. Nosotros no nos acercábamos demasiado a ella ni escuchábamos lo que decía a través del ojo de la cerradura, porque los pocos atisbos contradictorios que habíamos tenido de la anciana señora Karafilis, con sus pechos colgantes que databan de otro siglo, sus piernas azules, su cabello enmarañado asquerosamente largo y brillante como el de una jovencita, nos llenaban de confusión. Hasta el mismo ruido del agua del baño al correr nos hacía enrojecer, mientras ella se quejaba con voz apagada de sus dolores y la mujer negra, tampoco joven por cierto, la instaba a meterse en la bañera y las dos, con toda su decrepitud a cuestas, se quedaban solas detrás de la puerta del cuarto de baño, gritando, cantando, primero la mujer negra y después la anciana señora Karafilis, que entonaba una antigua canción griega y, como fondo de todo, el ruido del agua, cuyo color no podíamos imaginar siquiera, desapareciendo en un remolino. Después de todo aquello aparecía tan pálida como antes y con la cabeza envuelta en una toalla. Oíamos sus pulmones mientras se inflaban y la mujer negra pasaba una cuerda alrededor de la cintura de la anciana señora Karafilis y se la llevaba escaleras abajo. A pesar de sus deseos de morir lo antes posible, la anciana señora Karafilis siempre afrontaba con miedo el descenso de aquellas escaleras y se agarraba a la barandilla con los ojos agrandados por las gafas sin montura. A veces, cuando pasaba, le soplábamos la última noticia acerca de las hermanas Lisbon, y ella exclamaba:

«¡Mana!», lo que, según Demo, quería decir algo así como: «¡Vaya mierda!».

Pero nunca parecía realmente sorprendida. Fuera pasaban las ventanas que atisbaba todas las semanas, fuera pasaba la calle, vivía aquel mundo que la anciana señora Karafilis sabía que estaba muriéndose desde hacía años.

En última instancia no era la muerte lo que la sorprendía, sino la terquedad de la vida. No le cabía en la cabeza que los Lisbon se mantuvieran tan tranquilos, no se lamentaran ni gritaran enloquecidos. Al ver al señor Lisbon colgando las guirnaldas de Navidad, sacudió la cabeza y murmuró algo por lo bajo. Soltó el andador geriátrico que le habían instalado en el primer piso, dio unos pasos a nivel del mar sin ningún tipo de apoyo, y por primera vez en siete años no sintió dolor alguno. Demo nos lo explicó en estos términos:

– Nosotros los griegos somos gente taciturna. Para nosotros el suicidio tiene sentido. Pero poner luces de Navidad después de que tu hija se ha suicidado, eso sí que no tiene sentido. Lo que mi yia yia no llegó a entender jamás de este país es por qué la gente se empeña en ser constantemente feliz.

El invierno es la estación del alcoholismo y la desesperación. No hay más que ver los borrachos de Rusia o los suicidios de Cornell. Hubo tantos examinandos que se lanzaron allí colina abajo que la universidad decretó un día de fiesta en pleno invierno para tratar de aliviar la tensión existente (conocida popularmente como «día del suicidio», la fiesta apareció de improviso, en una indagación informática que realizamos, junto con «excursión al suicidio» y «suicidio-móvil»). No entendemos en absoluto a aquellos chicos de Cornell, a Bianca con su primer diafragma y toda la vida por delante saltando desde el puente llevando un chaleco como único amortiguador; al moreno y existencial Bill, con sus cigarrillos de clavo y su abrigo del Ejército de Salvación, que no saltó como Bianca, sino que se encaramó a la barandilla y se quedó colgado ante la muerte antes de dejarse caer (los músculos de los hombros muestran desgarrones en un treinta y tres por ciento de los que escogen los puentes; el sesenta y siete por ciento restante se limita a saltar). Lo decimos sólo para demostrar que hasta los estudiantes universitarios, libres de emborracharse y de fornicar a placer, optan por quitarse de en medio en gran número. Imagínense, pues, qué había de ocurrirles a las hermanas Lisbon, encerradas en su casa sin un estéreo atronador ni posibilidad de escuchar sonido alguno.

Los periódicos, al ocuparse más adelante de lo que calificaron de «pacto de suicidio», trataron a las muchachas de autómatas, seres con tan poca vida que sus muertes apenas supusieron un cambio. En los sucesivos artículos de la señorita Perl, que se prolongaron por espacio de dos o tres meses y que condensaban el sufrimiento de cuatro seres humanos en el titular «Cuando la juventud no ve ningún futuro», las niñas aparecían como personas indiferenciadas que van marcando el calendario con negras letras x o que celebraban supuestas Misas Negras cogidas de la mano. La señorita Perl no duda en advertir indicios de satanismo o alguna forma leve de magia negra. Sacó un gran partido del incidente de la quema de discos y citó a menudo letras de música de rock que aludían a muerte o a suicidio. La señorita Perl hizo amistad con un pinchadiscos local y se pasó una noche entera escuchando los discos que los compañeros de Lux le señalaron como los favoritos de la chica. De aquellas pesquisas resultó un descubrimiento del que se sentía extraordinariamente orgullosa: una canción de la banda Cruel Crux titulada «Virgen suicida». A continuación se reproduce el estribillo, aunque de todos modos ni la señorita Perl ni nosotros hemos podido determinar si el álbum figuraba entre los discos que la señora Lisbon obligó a Lux a quemar:

Virgen suicida

¿Qué gritaba ella?

Es inútil seguir

en ese viaje al holocausto.

Me dio su cereza.

Es mi virgen suicida.

Resulta evidente que la canción entronca perfectamente con el concepto de que unas fuerzas oscuras acechaban a las hermanas Lisbon, algún mal monolítico del que nosotros no éramos responsables. Pero el comportamiento de las muchachas distaba mucho de ser monolítico. Mientras Lux se citaba con sus amantes en el tejado, Therese criaba caballitos de mar fluorescentes en un vaso de agua y, en el salón de abajo, Mary se pasaba horas contemplándose en su espejo portátil. El espejo, con su marco oval de plástico rosa, estaba circundado de bombillas, como los de los camerinos de las actrices. Mediante un interruptor, Mary simulaba diferentes horas y temperaturas. Disponía de fondos para «mañana», «tarde» y «noche», así como uno para «sol brillante» y otro para «nublado». Mary pasaba horas sentada delante del espejo, observando su cara mientras navegaba a través de las alteraciones de mundos falsos. Llevaba gafas oscuras cuando brillaba el sol y se arropaba cuando estaba nublado. En ocasiones el señor Lisbon advertía que Mary accionaba continuamente el interruptor y que en un momento recorría un período de diez o veinte días y a menudo hacía sentar a su lado, delante del espejo, a una de sus hermanas a fin de aconsejarle: