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Se me nubló la vista y me parece que no fue del golpe.

Vagamente, advertí que Hedi, que ignoraba el porqué del bofetón, iba a defenderme, pero Kristian se desasió, dio media vuelta y, despacio, se alejó hacia el fuego que se retorcía al viento.

Yo debí de volver la espalda y marcharme sin más.

Debajo de los árboles estaba Kálmán, que nos miraba con indiferencia, Prém se ponía los pantalones, Maja había desaparecido.

Después Prém dijo que, cuando Maja prendió fuego a la leña, él estaba cagando, pero yo no le creí, porque para cagar te bajas el pantalón, no te lo quitas, aunque, después de todo lo que había pasado, de nada hubiera servido decirle a la cara que mentía.

También me enteré de que Kálmán consiguió atrapar a Maja, pero, para abrazarla, tuvo que abrazar también un árbol y, cuando quiso darle un beso en los labios, Maja le escupió en la boca y escapó.

Tendrían que transcurrir muchas semanas antes de que yo pudiera empezar a olvidar.

Nadie iba a casa de nadie, yo no me atrevía ni a salir del jardín, Para no encontrarme casualmente con uno de ellos.

Hacia el final del verano, sin embargo, pareció que se restablecía el antiguo orden de cosas; Kristian, quizá para dar celos a Hedi y reconquistarla, empezó a dedicarse a Livia, o quizá porque ahora se había fijado en ella, o porque quería hacerse perdonar; la esperaba, la acompañaba, Hedi los veía desde la ventana de su cuarto apoyados en la valla del patio del colegio, charlando confidencialmente, y fue a quejarse a Maja quien, a su vez, para mortificarme, me llamó por teléfono y me pidió que fuera a su casa, porque había encontrado algo muy sospechoso, un documento nuevo, entre los papeles de su padre; en realidad, no había encontrado nada interesante, por lo menos no parecía algo que pudiéramos utilizar, sólo era la copia de una nota interna en la que su padre rogaba al ministro del Interior que le confirmara que no obraba por cuenta propia sino por orden expresa, personal y directa del ministro, al poner escuchas en el teléfono de una tal Emma Arendt.

Maja quería cotillear conmigo y, de paso, ver el efecto que me producía la noticia, y a mí la ocasión me parecía propicia para la reconciliación, así que fui a su casa e hice como si no me interesara ni lo más mínimo lo que pudiera haber entre Livia y Kristian; aquel día acordamos no volver a hablar por teléfono de cosas importantes, porque, si su padre estaba autorizado a escuchar ciertas conversaciones, debía de existir un aparato para estas cosas y era posible que también en nuestros teléfonos hubiera escuchas.

Cuando salía, encontré a Kálmán en la puerta, que se puso colorado y dijo que casualmente pasaba por allí -a pesar de que ya no nos creíamos nuestras excusas, seguíamos mintiéndonos tenazmente-, y juntos nos encaminamos hacia mi casa, ya que él no podía tener motivos para quedarse y estaba obligado a ser consecuente con la excusa; por el camino me enteré de que había hecho las paces con Prém y Kristian, aprovechando la ocasión de que los mapas militares que eran de Kristian se habían quedado en casa de Kálmán; así pues, hacia finales del verano, poco a poco, con altibajos y algunos cambios, se reanudaron las relaciones, pero ya no era igual, faltaban el sabor y la vitalidad de antes.

Kristian, astuto y marrullero, llegó a decir que todo había sido puro teatro, minimizando lo ocurrido, y hasta planeó nuevas funciones en el mismo sitio; habría que cortar los arbustos que estaban debajo de la roca plana, aquello sería el escenario, y las chicas se encargarían del vestuario; al principio, quería dejarme fuera, pero las chicas se opusieron, al parecer, nuestra enemistad era importante para ellas, de modo que, mal que le pesara, decidió encargarme el texto, dos veces estuve en su casa, para discutirlo, pero volvimos a pelearnos y dijo que no necesitábamos texto, él quería una historia de guerra y yo, una historia de amor, que seguramente hubiera reflejado la realidad, pero, con mi obstinación, yo mismo me excluí, entre otras cosas, porque las chicas preferían ser heroínas que enamoradas.

Aquella tarde, Maja se disponía a ir a una de las funciones planeadas, a la que no se me había invitado, pero no habría más funciones, aquélla, la primera y auténtica, surgida de la casualidad, que hubiéramos debido olvidar, sería también la única, las demás fueron suspendidas por diversos y curiosos obstáculos, y es que, sin que nosotros hubiéramos advertido el cambio, los juegos de nuestra niñez habían terminado para siempre.

A pesar de todo, yo seguía yendo al bosque, para percibir a solas aquello que tanto nos asustaba entonces.

A la primavera siguiente, creció la hierba en la huella del fuego.

Por todo ello, después de tanto divagar, sin saber exactamente dónde nos hemos apartado del recuerdo ni a dónde hemos venido a parar, creo que ha llegado el momento de volver atrás al punto del relato en que Maja, en la revuelta cama, con su boca redonda entreabierta y los ojos un poco asustados, enamorados y rencorosos a la vez, deseaba y no deseaba que yo le dijera lo que sabía de Kálmán, y yo no podía decirle lo que quería decir; la voluntad, el propósito y el intento fallan en la nítida línea divisoria entre los sexos, allí percibía yo una fuerza superior, algo así como una ley o una erección; pero, al mismo tiempo, bastó la sola mención del bosque para hacerle perder aplomo, contrariar su propósito y obligarla a cambiar de planes, sin necesidad de revelar los celos que me atormentaban.

Aquella tarde queríamos registrar las carpetas de su padre, y a ello hubiéramos tenido que ponernos nada más llegar yo, puesto que nada ni nadie nos lo impedía; Sidonia tenía una cita y la madre de Maja había ido a la ciudad, pero teníamos una buena razón para demorarlo: el miedo; y es que ese secreto al que antes aludía tímidamente era que nos dedicábamos a investigar, unas veces en su casa y otras, en la mía, y he de agregar que en la mía era mucho más peligrosa la actividad porque mi padre no ignoraba mis aficiones detectivescas y cerraba con llave los cajones de su escritorio.

Desde la cerradura del cajón central se bloqueaban todos, pero, si levantabas el tablero haciendo palanca con un destornillador, el mecanismo se abría suavemente; Maja y yo sospechábamos que nuestros padres eran espías y trabajaban juntos.

A nadie he revelado este horrible secreto de mi vida.

Realmente, había en la conducta de ambos enigmas que daban pábulo a la sospecha, y nosotros nos manteníamos alerta, buscábamos y recopilábamos pruebas.

Ellos se conocían sólo superficialmente, es decir, nosotros pensábamos que así lo fingían, y aún nos hubiera parecido más incriminatorio que no se hubieran conocido en absoluto; a veces, sus viajes con destino desconocido coincidían, aunque cuando no coincidían y uno se iba cuando el otro acababa de regresar, también recelábamos.

Un día tuve que llevar al padre de Maja un sobre amarillo, lacrado, que pesaba mucho, y otro día ella y yo fuimos testigos de una escena muy sospechosa; mi padre venía de la ciudad en su coche oficial al mismo tiempo en que el padre de ella iba camino de la ciudad en el suyo, los dos coches pararon en la vía Istenhegyi, ellos se apearon, intercambiaron unas palabras aparentemente triviales y el padre de Maja dio algo a mi padre, ¡con un rápido movimiento!, y cuando, por la noche, le pregunté qué le había dado -naturalmente, yo tenía que someterlo a interrogatorio-, él me dijo que no metiera la nariz en todo y se rió de un modo sospechoso, y a mí me faltó tiempo para contárselo a Maja por teléfono.