Si hubiéramos encontrado pruebas incriminatorias, una nota, moneda extranjera, un microfilm -por las películas y las novelas soviéticas sabíamos que siempre hacen falta pruebas, y revolvíamos el sótano y la buhardilla buscando escondrijos-, si hubiéramos encontrado algo tangible e inequívoco, los hubiéramos denunciado, así nos lo habíamos jurado; porque, si son espías traidores, lo demás no importa, no hay que tener consideración, que se hundan, y no hubiéramos roto el juramento, porque esta común investigación en la vida de nuestros padres hacía que tuviéramos miedo y desconfiáramos el uno del otro, buscábamos con ahínco y deseábamos encontrar algo concreto para acabar de una vez, sentíamos la culpa en el aire y, si había culpa, tenía que haber una prueba; pero, al mismo tiempo, la posibilidad de encontrar tal prueba nos hacía temblar, aunque teníamos que disimular el miedo incluso ante nosotros mismos, porque demostrar miedo por el padre hubiera parecido a los ojos del otro como una ruptura del juramento, una traición, y demorábamos la búsqueda y nos estorbábamos el uno al otro para retrasar el momento del descubrimiento.
Ese momento podría ser magnífico y terrible; yo imaginaba que la prueba acusaría al padre de Maja exclusivamente, y ella sería tan valerosa que sólo una lágrima de furor y frustración asomaría a sus ojos.
Pero aquella tarde, por puro miedo, nos sumergimos de tal modo en los confusos sentimientos y sensaciones de nuestras almas y cuerpos que olvidamos nuestro primitivo propósito, aunque no podíamos liberarnos del todo del secreto, del juramento, del compromiso de buscar, porque nuestra alianza política había nacido de un sufrimiento erótico y una pasión que a los dos nos habían marcado por igual y que no podíamos comprender, pero que eran más poderosos y excitantes que los insaciables deseos del cuerpo y el alma.
Así que volvamos atrás, busquemos el hilo de la narración, si bien, en este punto, el narrador vacila, trata de hacer de tripas corazón, ¡valor y adelante!, pero tiene miedo, aún hoy tiene miedo, lo reconoce, y los cantos de sirena del sentimentalismo no dejan de brindarle evasivas, rodeos, digresiones, justificaciones y puntualizaciones, ¡cualquier cosa, con tal de no tener que hablar de eso! y, si se piensa fríamente, es lógico, ya que no es fácil explicar lisa y llanamente por qué dos niños han de querer denunciar a sus padres y por qué se les ha ocurrido que puedan ser agentes de una potencia enemiga, ¿y qué potencia enemiga?, ¿quién es aquí el enemigo y enemigo de quién?
Sería una explicación apresurada y vulgar decir que esperábamos que tal conjura política -en el caso de que consiguiéramos entregar las autoridades a nuestros padres, los hombres a los que amábamos más que a nada en el mundo- nos liberara del yugo de aquel amor imposible; en aquellos tiempos, esa clase de denuncias no se consideraban simples niñerías; nuestra imaginación repetía la escena como un disco rayado.
Pero se acababa el tiempo, ocurrió lo que tenía que ocurrir, Maja retiró el pie de entre mis muslos y, como el que actúa por impulso, se levantó rápidamente y fue hacia la puerta.
Desde el centro de la habitación se volvió a mirarme, tenía manchas rojas en la cara, seguramente le ardía tanto como a mí la mía, me miró con una sonrisa extraña y dulce, y comprendí que ahora iría al despacho de su padre, pero yo me quedé esperando a que se calmara mi excitación, una vez más, ella había sido la más fuerte, y a mí me parecía que acababa de separarse de mí para siempre, pero no podía tranquilizarme, porque al verla sonreír a la luz verdosa de la habitación oí dentro de mí la voz de Kálmán que decía que tenía que follársela, y yo había desperdiciado la ocasión de hacer lo que él tanto deseaba.
Digo que era extraña su sonrisa porque no había en ella superioridad ni burla, quizá un punto de tristeza, dirigida más hacia sí misma que hacia mí, era una sonrisa sabia, una sonrisa vieja, una sonrisa que trataba de resolver esta situación aparentemente insostenible, no con un acto de fuerza superficial, sino con el tino de la razón, por el que la persona reconoce que, cuando no se siente a gusto en una situación o no la encuentra satisfactoria, debe cambiarla sin contemplaciones.
Hasta en el más pequeño cambio de situación y hasta en la inquietud hay esperanza.
A pesar de que la nueva situación que creaba para sí misma y para mí con su marcha hacia la puerta era por lo menos tan insostenible como la anterior y, desde el punto de vista ético, francamente catastrófica, no dejaba de ser un cambio, y el cambio siempre implica cierto optimismo.
Yo me había quedado sentado en la revuelta cama, sofocado todavía por el calor de la última hora, un calor y una energía que no se disipaban sino que persistían en la cama, como persistían en ella, dentro de la habitación que nos envolvía con fría indiferencia; inmerso en aquel calor, yo no podía seguirla, no sólo porque en aquel momento mi persona no estaba presentable, sino porque su sonrisa generaba en mí nuevas oleadas de gratitud y comprensión.
Aunque hoy aquella comprensión más me parece estupidez, como en aquel momento yo hubiera experimentado ese vivo pero en modo alguno obligado agradecimiento sólo porque ella era una chica; y, a pesar de que no tenía ni el menor deseo de registrar con ella las carpetas de su padre, sabía que la seguiría.
Era como si ella supiera algo que yo ignoraba, como si supiera que aquella búsqueda secreta produciría en nuestros cuerpos la misma intensa excitación que antes no habíamos podido satisfacer.
Salió de la habitación sin decir nada.
Nunca la he querido gomo entonces, y la quería porque era una chica, lo cual seguramente no es tan absurdo como en un primer momento pudiera parecer.
Cuando, tras largos minutos, mi cuerpo se tranquilizó lo suficiente como para poder seguirla, crucé el comedor y entré en el despacho, en el que ella, de espaldas a mí, estaba ya ante el escritorio de su padre, esperando, porque sin estar yo a su lado no podía empezar.
El escritorio era un mueble oscuro, sobrio y robusto, con muchas casillas, cajones y gavetas de distinto tamaño y situación, un mastodonte de patas cortas y delgadas que casi llenaba la habitación.
Que no cerrara la puerta, me dijo en voz baja, con impaciencia, casi con irritación, porque era tarde y podían regresar de un momento a otro.
No hacía falta que me lo dijera, siempre dejábamos la puerta entornada, para oír si alguien se acercaba sin que se nos viera, aunque aquella habitación era una ratonera, una especie de intestino ciego, una trampa de la que, si tratabas de escapar apresuradamente, podías tropezar con las patas de la mesa.
Tan pronto como entrábamos allí, se nos aceleraba la respiración, por más que tratábamos de dominarnos, casi nos silbaba el aire en la garganta mientras, para disimular el temblor de las manos, todo lo asíamos con mucha fuerza y con movimientos muy lentos, y eso nos delataba el uno al otro, y entonces nos hablábamos con hostilidad sin motivo ni razón, y es que nos parecía que el otro lo hacía todo mal.
Era difícil decir cuál de los dos corría más peligro, quizá ella; si hubiéramos encontrado algo, la prueba hubiera incriminado a su padre, lo cual me obligaba a mostrarme mas sereno que ella; por otra parte, si éramos sorprendidos durante nuestras pesquisas, yo estaña en peor situación, ya que mi presencia allí estaría menos justificada que la suya, por lo que siempre procuraba situarme de manera que, si se oían pasos, pudiera escabullirme primero, aun a costa suya; era una pequeña ventaja a la que no quería renunciar.