Entraban en la habitación finas franjas del último sol de la tarde, pálido e invernal, dibujando en el suelo reluciente la complicada muestra del estor; en torno a mí todo parecía retumbar, hasta la luz zumbaba de un modo odioso, el canalón goteaba, el agua del deshielo susurraba y gorgoteaba como si hubiera un altavoz en los desagües, todo me hería el oído; las franjas de sol llegaban sólo hasta el pie de la cama, donde había un paquete un poco chapucero, dejándolos a ellos dos en penumbra, y entonces el hombre se enjugó las lágrimas, se irguió, sonrió y se levantó, yo sabía quién era, pero no quería saberlo, su traje me parecía tan curioso como el abrigo del perchero, un traje claro, de verano, bastante raído, él era alto, más alto que el János Hamar que yo tenía en el recuerdo y al que mis sentidos se negaban a reconocer, porque mis emociones defendían otra imagen, su cara tenía una belleza pálida, llevaba una camisa blanca, arrugada.
Me preguntó si lo reconocía. Yo miré la señal roja de su frente, vi que, aunque se había enjugado los ojos, en uno aún tenía lágrimas, y dije que no, que no lo reconocía, y es que no quería, además, había en él algo extraño, pero yo me negaba a reconocerlo sobre todo para aterrarme a aquella mentira con la que mis padres lo habían hecho desaparecer de mi vida durante años, y también porque me parecía que con mi negativa podría separarlo de mi madre.
Pero mi madre idolatrada no entendió mi negativa, o no quiso entenderla, y volvió a mentir, tenía que mentir, aunque con su mentira se apartara de mí, destrozándome, porque hizo como si la asombrara que yo no reconociera al hombre, fingió extrañeza delante de él, para dar la impresión de que yo estaba predispuesto al olvido y lo había borrado de mi memoria por ella y por mi padre; pero su voz sonaba seca y ahogada por la agitación que le producían sus propias mentiras, entonces me pareció repulsiva su voz, pero hoy, superada ya la vergüenza que me causaban mi indefensión y la grave ofensa que ella infligía a mi orgullo infantil, su autodominio me parece admirable, ¿qué podía hacer ella -quizá yo había entrado en el momento más dramático de su encuentro-, sino asumir un papel que le sirviera de refugio, el papel de madre que reprende a su hijo, es decir, convertirse rápidamente en madre? Esa gimnasia del alma le cambió la cara por completo, ahora, sentada en la cama, había una hermosa pelirroja de mejillas encendidas por la emoción, una desconocida para mí que, con voz hipócrita, dudaba de que hubiera podido olvidar tan pronto a ese hombre, ese hombre al que yo odiaba, pero el brillo de sus hermosos ojos verdes delataba lo abandonada que se sentía en esta vidriosa situación.
Y yo me alegraba de ello y, naturalmente, me hubiera gustado desenmascararla, gritar a los cuatro vientos esta mujer miente, nos engaña a todos, pero de mis labios no salió ni un sonido, porque el zumbido de mi cabeza me aturdía y las lágrimas que no podían asomarme a los ojos me caían por la garganta.
El desconocido no advirtió lo que ocurría entre nosotros, soltó una risa fuerte y grata al oído y, como si quisiera acudir en mi ayuda y neutralizar el reproche que había en la voz de mi madre, dijo «son cinco años», de lo que deduje que habían transcurrido cinco años, y ahora no sólo su risa sino también su voz me era grata y consoladora, como si se riera de aquellos cinco años, como si se los echara a la espalda; con paso firme y pausado, vino hacia mí, y entonces volvió a ser él realmente, y su paso, su risa, la franqueza de sus ojos azules y, sobre todo, la confianza que me inspiraba, vencieron mi retraimiento.
Me atrajo hacia sí, y yo no pude sino entregarme, aún se reía y decía que habían sido cinco años, que no era poco, pero su risa era más para mi madre, que seguía mintiendo y explicaba que me habían dicho que se había ido al extranjero, y no era verdad, porque la única vez que yo pregunté por János fue ella la que, adelantándose a mi padre, contestó que János Hamar había cometido un grave crimen y que nunca más hablaríamos de él.
No hacía falta que dijera qué crimen, puesto que yo sabía que el peor de los crímenes es la traición, y por eso había que hacer como si él no existiera, no existía, ni había existido y, aunque viviera, había muerto para nosotros.
Mi cara rozaba su pecho, tenía un cuerpo duro, magro y huesudo, y cuando, involuntariamente, cerré los ojos, sumergiéndome en el zumbido de mi cabeza, retirándome al último refugio que en aquel momento ofrecía mi cuerpo, percibí muchas cosas de éclass="underline" su cálida ternura, su alegría reprimida, su despreocupación y la fuerza latente en sus nervios, tendones y huesos, y, aunque no podía abandonarme del todo -no podía admitir las mentiras de mi madre-, ahora reconocía su cuerpo familiar; volvía el pasado, su cuerpo me recordaba el cuerpo que mi padre me negaba y también todo lo que había sufrido a causa de mi amor por Kristian; ese duro cuerpo de hombre me hablaba de una seguridad perfecta, pero, al mismo tiempo, de la privación de esta seguridad, su cuerpo me alumbraba aquel pasado de cinco años atrás, en el que yo, con toda inocencia, aún podía tocarlo todo, y ese impetuoso torrente de emociones me cohibía durante su abrazo.
Me era imposible tanto negar el tiempo como asimilarlo con más rapidez; aún no sabía que el destino no puede detenerse; empezaron a hablar entre ellos.
¿Por qué mentir?, había estado en la cárcel, dijo él.
Mi madre murmuraba algo así como que no habían podido explicármelo debidamente.
Y entonces él, con el mismo tono ligero y despreocupado, repitió que había estado en la cárcel, sí, en la cárcel y que venía directamente de allí; y, aunque se dirigía a mí, su tono irónico estaba destinado a mi madre que, escudándose en un acento indolente, me aseguró que no había robado ni estafado.
Pero él no parecía dispuesto a soslayar el tema y dijo secamente que pensaba contármelo, ¿y por qué no?
Y entonces, la voz de mi madre, cargada de odio, dijo que estaba bien, ¡si lo creía indispensable!, lo que no significaba sino que le prohibía decir ni una sola palabra; quería protegerme a mí y neutralizarlo a él.
¡Así pues, ella no me había repudiado!, me hacía bien oír a mi espalda su voz protectora, aunque era una extraña protección la que desde el umbral del conocimiento me arrojaba de nuevo a las oscuras regiones del silencio; el desconocido no contestó y la discusión quedó en suspenso sobre mi cabeza, pero yo tenía la sensación de que debía enterarme, que tenía derecho a saber; quizá no sea lícito, leí en la mirada de él, que dudaba; me asió con firmeza por los hombros, me apartó ligeramente, me miró, miró al muchacho, y yo, que sostenía su mirada inquisitiva, sentí el tiempo, el tiempo que se le manifestaba en mi cuerpo, y comprendí que él, por lo que veía, por los cambios que observaba, estaba contento, infinitamente satisfecho, asimilaba por los ojos mi transformación, hacía suyo mi crecimiento con entusiasmo, y me sacudía, y me daba palmadas en el hombro, y yo en aquel momento me vi con sus ojos, y todo me dolía, su mirada hacía que me dolieran cada una de las partes de mi cuerpo, como si mi cuerpo fuera la mentira misma, y él la gozara, y yo no estuviera limpio de culpa, eso era lo que dolía, dolía tanto que las lágrimas que se me habían acumulado en la garganta se abrieron paso con un leve quejido; el quizá no lo oyó porque entonces me besaba en las mejillas ruidosamente, casi con rabia, como el que no puede saciarse de tocar, de la uicha de mirar, y me besó por tercera vez, y entonces mi madre, a nuestra espalda, dijo que nos volviéramos porque iba a levantarse; ahora yo sollozaba violentamente y, al tercer beso, a mi vez, con la boca torpe de la emoción, rocé su cara, el olor a moho de su cara, mojé su cara con el dolor que brotaba de mí, pero a él no le importó, me atrajo brutalmente y me estrechó con fuerza, como si quisiera sorber mis lágrimas con su cuerpo.