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Naturalmente, las voluntariosas maniobras de diversión de la abuela no hubieran bastado por sí solas para contener las aguas que estaban a punto de desbordarse; al contrario, los tres se encontraban en un estado en el que cabía temer no sólo que no pudieran seguir dominando su feroz ansia de verdad, sino que la hipocresía de la abuela les hiciera estallar y, en una reacción aparentemente justificada, descargaran sobre ella todo el furor, la indignación y la desesperación que en aquel momento los dominaban; mi madre enrojeció de ira contra su propia madre, y parecía que iba a echarla de la habitación o a saltarle a la garganta, para estrangular aquel tono de voz falso y aborrecido; pero su talante, diametralmente opuesto al decoro de la abuela, no le permitía acción tan extrema, porque, para lograr sus fines, tanto mi madre como mi padre observaban imprevisibles diferencias estratégicas de comportamiento, según fuera éste lícito o ilícito, que les daban superioridad moral a la par que fuerza práctica, toda palabra o todo gesto definitivo hubieran podido traicionarlos y traicionar su solidaridad, tampoco podían exteriorizar fuertes emociones, los conflictos internos de su vida íntima debían permanecer secretos, ésta era una zona prohibida que habían acotado entre los dos y que ambos conspiraban para proteger, y en ella dirimían sus asuntos, excluyendo al mundo exterior, hostil y sospechoso; para mí, lo más asombroso de la escena fue que esas dos formas de conducta, inspiradas por afanes opuestos, se aunaran armoniosamente bajo el manto de la hipocresía y el disimulo.

Después volverían a la carga, desde luego, pero entonces mi padre dijo rápidamente, como si hubieran estado de chachara, algo así como que iba a lavarse las manos y ahora mismo volvía; ello fue una señal para mi madre, que enrojeció más aún pero se volvió hacia la bata, para esconder el odio que le desfiguraba la cara y dijo que se vestiría, que no quería comer en bata, ¡que se daría prisa!, y en la cara de János el gesto de un desconcierto momentáneo se convirtió en una rapida sonrisa, con la que trataba de proteger lo que debía permanecer oculto, otro reflejo, una sonrisa cómplice que correspondía a la de exagerada alegría con que le miraba la abuela, sonrisas perfectas una y otra que, aun encubriendo los sentimientos, suscitaban sentimientos verdaderos.

Él, mientras su mano correspondía a la presión de la mano de la abuela, consiguió decir que no podía considerarse lo que se dice afortunado, pero que se alegraba de estar aquí y que, en realidad, aún no sabía muy bien qué le había ocurrido; entonces la abuela adoptó una expresión compungida, tu pobre madre, dijo, con ojos llorosos, ahora había entre ellos auténtica solidaridad, ambos habían recurrido al mismo esquema emocional, la pena porque su pobre madre no pudiera verlo, el esquema funcionaba, pero precisamente porque los dos buscaban una comunicación sincera, los suspiros, el pesar y las lágrimas los hicieron volver a la cuestión de la que ya habían hablado a la llegada de János, para ponerle punto final, con una especie de entierro discreto y emocionado; hasta que la abuela, sobreponiéndose y abarcando a la madre muerta en su tierno ademán de consuelo, se colgó de su brazo.

Yo no me moví, nadie se preocupaba por mí, mi padre había desaparecido y mi madre había ido a vestirse.

Ernö estaba trastornado de la emoción, rió la abuela, y lo esperaba con impaciencia.

Iban hacia el comedor.

János, asumiendo con facilidad el tono de la conversación, preguntó rápidamente, un poco avergonzado por el olvido, cómo estaba Ernö, y entonces su voz sonó a falsa.

Con qué claridad ve ahora la mente lo que entonces los ojos captaban como movimiento, los oídos como voz y entonación y la memoria, a saber por qué, iba guardando.

Al oír aquel acento forzado, la abuela se paró bruscamente en la puerta del comedor y, como si tuviera que decirle algo que no pudiera esperar, retiró la mano del brazo de János, se puso delante de él y le miró con sus ojos un tanto debilitados por la edad, de su cara había desaparecido la alegría que hasta aquel momento se había impuesto, ahora había cansancio y tristeza y también miedo, pero no dijo lo que quería decir, se lo calló y, simulando distracción, asió las solapas de la chaqueta de János, manoseándolas con gesto de tímida jovencita, lo que parecía señal de algo grave, porque, una vez más, ella trataba de disimular una aflicción insondable.

Entonces, bruscamente, cuando János debía de creer que había podido dominar sus emociones porque había adoptado el único acento posible adecuado a la situación, su cara se descompuso, la emoción reprimida durante los minutos anteriores se desbordó y los pliegues de la boca y los ojos empezaron a temblar, como si tuviera miedo de lo que la abuela quería decir y no diría pero que él ya sabía.

Como ya sabes, empezó la abuela en voz baja, casi en un susurro, para que no se la oyera en el comedor, toda la vida ha sido un hombre muy activo, y recalcó activo, incapaz de darse ni un punto de reposo y, ahora, esto, no es que yo entienda de política, tampoco quiero hablar de ello, pero esto lo ha hundido, ¡esta impotencia!, y también por ti ha sufrido, me consta, aunque nunca habla de ello, no dice nada, ¡sólo calla!, y así vive, de ataque en ataque, se ha aislado de todos, no habla con nadie; su cuchicheo era ahora más vehemente y en su cara se pintó una expresión de viva contrariedad, ella no quería hablar de él sino de sí misma, de lo que ella sufría, ¡a él ya nadie puede ayudarle!, y tampoco quiere ayuda de nadie.

Él acarició el pelo a la abuela, pero no era el ademán del que trata de consolar a una vieja chiflada sino un movimiento tímido y vacilante.

La abuela volvió a reír, no quería darse por enterada del verdadero motivo del ademán de János. Así están las cosas, dijo, ven, y abrió la puerta.

Pero la abrió sólo para que pasara él, nosotros nos quedamos fuera, observando.

Y János necesitó sin duda de toda su presencia de ánimo para aceptar como normal la escena que de improviso apareció ante él.