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Si el ser humano puede soportar las duras pruebas de la vida es porque sus mecanismos reflejos hacen por él aquello que, si tuviera que hacer deliberadamente, necesitaría toda la existencia, ello le produce la sensación de estar un poco ausente, y esta sensación lo protege de sus propios sentimientos.

El gesto de su espalda, de sus acusadas paletillas, de su cuello enflaquecido, todo fibra, indicaba que no era su Yo el que entraba, que éste había quedado petrificado de horror, que era su humano sentido del deber lo que movía sus pies.

La lámpara del techo resplandecía sobre la larga mesa, puesta con suntuosidad, el abuelo, de pie, asido al alto respaldo de su silla, trataba de disimular su dolencia y mantenía la mirada fija en la porcelana amarillenta, los cubiertos de plata y la cristalería tallada, pero sin verlos, porque en realidad estaba pendiente de su respiración, observándola atentamente; su cara de rasgos finos estaba lívida y, sobre las profundas cavidades de las sienes, en la frente alta y abombada, enmarcada por las bien peinadas ondas de su fino pelo blanco, se destacaban dos venas azules, tenía que vigilar cada aspiración y espiraron, impedir el jadeo que desencadenaría la crisis, ¡bella estampa de anciano!, y, al otro lado de la mesa, mi hermana, bien peinada, con el vestido azul del cuellecito blanco, sentada en una silla sobre varios almohadones, daba puntapiés a la mesa con aire ausente y golpeaba el plato de hierro esmaltado con la cuchara, con la boca abierta, desde luego, sin reparar en que se abría la puerta y entraba un descocido.

El abuelo miraba por encima de las gafas, aún no había levantado la cabeza, sólo con los ojos quería decir lo que sentía, que era tanto y tan sincero que no hubieran bastado las palabras, por eso no necesitaba levantar la cabeza, y entonces los silbidos de su respiración, prolongados artificialmente, se calmaron, su cara se oscureció y su frente palideció todavía más: se había controlado.

Le bastó una mirada para descubrir el malestar en los ojos del otro, no sonrió, se quedó serio, pero en sus ojos brillaba algo que podía llamarse alegría, y con su alegría animaba a János.

Con gesto levemente humorístico, ladeando la cabeza, miró a mi hermana como diciendo ya ves lo que hay, pero aquí estoy yo para asegurarme de que puede golpear el plato cuanto quiera, para que János pudiera mirarla sin reparo en lugar de hacer como si no viera lo que no podía dejar de ver.

Luego sus miradas volvieron a encontrarse y, mientras mi hermana seguía golpeando el plato con la cuchara acompasadamente, fueron al encuentro uno de otro.

Se dieron las manos, manos viejas y manos curtidas, por encima de la cabeza de la niña idiota, y entonces pude ver otra vez la cara de János, que había vuelto a transformarse, los dos se animaban y consolaban mutuamente.

He pensado mucho en ti, Ernó, dijo János, después de un largo silencio.

Si así era, respondió el abuelo, no podía decirle nada mejor.

Había sido una necesidad y, además, había tenido mucho tiempo para reflexionar.

Él, por el contrario, se había preparado para la eternidad, porque no abrigaba ni la menor esperanza de que esto pudiera acabar, no creía llegar a verlo y hubiera debido imaginárselo.

Qué, preguntó János.

El abuelo sacudió la cabeza, no quería decirlo, pero de pronto, como si tuviera que salir a la luz lo que no querían ocultar ni por hipocresía ni por miedo, simplemente, se dieron un abrazo fuerte y largo.

Cuando se separaron, mi hermana dejó de martillear en el plato y los miró con la boca abierta; imposible adivinar si el grito que se escapó de su garganta era de miedo o de alegría, la abuela, detrás de mí, suspiró y se fue deprisa a la cocina.

Ellos estaban como desamparados, con los brazos colgando.

Que había comprendido muchas cosas, dijo, tantas cosas, Ernö, que casi me he convertido en liberal, ¡imagina!

No puede ser, dijo el abuelo.

Imagina.

Entonces quizá deberías presentarte a las próximas elecciones.

Los dos pares de manos volvieron a asirse, y los dos hombres se rieron en la cara uno del otro, literalmente, a grandes carcajadas, con una risa de borracho que se ahogó en un silencio repentino, un silencio que quizá ya estaba allí desde hacía rato, aguardando pacientemente detrás de la risa.

Yo estaba frente a la puerta abierta, no podía marcharme ni podía entrar a seguir la escena con mi presencia, me sentía fuera de mi cuerpo; volví la cara y vi que mi hermana, con el cuello doblado, su gran cabeza ladeada, la cuchara en el puño y el labio colgando, los miraba entre hiposa y sonriente mientras trataba de descubrir si el significado de aquella escena insólita era bueno o era malo y, al no entender las señales, quizá asustada por su propia incapacidad, empezó a dar alaridos.

Algo que quien no ha vivido con un deficiente mental considera un hecho inexplicable, puramente fortuito.

Después, mi padre me empujó hacia la mesa, porque los gritos de jiri hermana, esto lo recuerdo perfectamente, me habían paralizado, y yo di la excusa de que no tenía hambre.

Entonces llegó la abuela con la sopera humeante.

Si mi memoria conserva un recuerdo nítido de lo que precedió a aquella comida, lo que ocurrió después está sepultado profundamente; sí, ya sé que la memoria todo lo guarda, reconozco mi debilidad, la verdad es que no quiero acordarme.

De que la cara de mi madre va tomando un tinte amarillo oscuro, yo lo veo, pero ella hace como si no pasara nada, y no me atrevo a decírselo, ni a ella ni a los demás.

Y de cómo ha entrado en el comedor, con una falda azul marino, una blusa blanca y unos zapatos de piel de serpiente con tacón muy alto que hacen aún más largas sus piernas y que normalmente sólo se pone en las grandes solemnidades, y ha ido rápidamente hacia mi hermana, lleva los botones de arriba de la blusa desabrochados, un chal de seda de colores vivos anudado al cuello, hacía meses que no la veía vestida, y seguramente se ha puesto el chai para disimular su delgadez; cuando mi hermana se ponía en aquel estado, nadie debía tocarla, y mi madre se agachó delante de ella y le hizo un conejito con la servilleta.

Y cómo las mira János.

Y mi padre que grita que se la lleven de allí.

Y cómo, cuando ya se la han llevado y ha vuelto el silencio de los tres hombres, van apagándose sus gritos.

Y, en las horas siguientes, la sensación de que había que acallar algo más, y luego el silencio y la masticación de la comida.

Y lo que tardó en llegar el final, era inútil que vaciaras el plato, siempre había algo más, y todas las posibles evasivas o salidas que se les ocurrían quedaban frustradas porque no llegaba el final.

Después se encerraron y sólo se oían palabras sueltas y exclamaciones ahogadas, pero de aquellas palabras que escapaban yo no quería sacar conclusiones porque para mí ya todo significaba lo mismo.

Debía de ser por la noche cuando agarré el destornillador y, sin encender la luz ni cerrar la puerta, porque de nada servía ya tomar precauciones, todo me daba igual, introduje el destornillador entre el cajón y el tablero de la mesa e hice palanca, la cerradura saltó y cuando sacaba el dinero del cajón, el abuelo cruzó la habitación oscura.

Me preguntó qué hacía.

Nada, le dije.

Para qué necesitaba el dinero.

Para nada, dije.

Se quedó un momento allí de pie y luego me dijo que no tuviera miedo, que ellos resolverían sus diferencias, y se fue.

Su voz era grave y serena, y esta voz, que venía de otro lugar muy distinto, estas palabras, que nacían de un razonamiento distinto, me hicieron ver qué era lo que iba a hacer, me quedé un rato en la habitación oscura con la sensación de haber sido desenmascarado ante mí mismo, y allí se desvaneció mi propósito, aunque, al mismo tiempo, ahora rae sentía un poco más tranquilo, de todos modos, me guardé los doscientos forints. El cajón quedó abierto y el destornillador, encima de la mesa.