Seguimos por vía Karthauzi; aunque yo no me había preocupado mucho del rumbo, instintivamente la llevaba en la dirección que me parecía la apropiada para alcanzar aquel objetivo difuso y lejano que me había marcado con infantil determinación; lo que no lamento, porque, sin la compañía de su mano, quizá se hubiera fijado prematuramente en mí la idea de que nada podemos hacer para cambiar nuestra situación; de haber estado solo y de no haberme obligado su mano a aceptar deliberadamente mi disparatada aventura, a la que me había lanzado instintivamente, es posible que no hubiera tardado en dar media vuelta, el deseo de calor me hubiera tentado a regresar a donde la cordura me impedía volver, pero, con su mano en la mía, parecía imposible el regreso, y ahora, al recordarlo, al atar el recuerdo con mis palabras, no puedo sino mover la cabeza de arriba abajo como un anciano: sí, que se vayan, adiós y buena suerte a la pareja, reconozco que me encanta su simpleza.
Por el aún nevado terraplén pasaron, iluminados, dos coches del tranvía de cremallera, detrás de nosotros caminaban varias personas, figuras indistintas de un mundo que habíamos dejado atrás.
Nuestras manos enlazadas compartían el calor de ambos, y cuando llevaban mucho rato descansando juntas sin moverse, parecía que no sólo por el frío sino también por la costumbre empezaban a perderse la una a la otra, y había que cambiar de postura, pero con cuidado, procurando que el cambio no destruyera la paz.
A veces ocurría todo lo contrario, y las dos manos, una dentro de la otra, se encontraban en una posición tan natural y equilibrada que no se sabía con exactitud cuál era la mía y cuál, la suya, si yo la asía a ella o ella a mí, y me daba un poco de miedo que mi mano pudiera perderse en la suya, y por eso tenía que moverla.
Las figuras vagas habían desaparecido, estábamos solos, nuestros pasos rápidos, quizá demasiado rápidos, repicaban ásperamente en la calle iluminada por pálidas farolas, bajo los árboles desnudos que se recitaban al claro de luna, oscuros y fantasmagóricos; de vez en cuando, cerca y lejos, ladraban perros; el aire olía al humo de las chimeneas y era tan frío que, al respirarlo, te helaba los pelillos de la nariz, lo que te producía un cosquilleo que no era desagradable; a la izquierda de la calle, en los jardines hundidos, relucían grandes parches de nieve, humeaban las chimeneas, la mayoría de las casas estaban oscuras.
Había luna llena y, mientras subíamos la Escalera Suiza, la teníamos enfrente, como si una cara inmóvil estuviera esperándonos arriba.
Aquella escalera interminable debilitaba la unión de nuestras manos; en terreno llano, insensiblemente, acoplábamos el paso, mientras que ahora, al subir, unas veces ella tiraba de mí y otras era yo el que se adelantaba, y no eran tanto los escalones lo que rompía el como los rellanos: a cada tres peldaños había que caminar cuatro pasos, y en uno de aquellos rellanos, durante nuestros desiguales cuatro pasos, -yo los contaba mecánicamente- ella preguntó adónde iba.
No preguntó adónde íbamos sino adonde iba yo, y lo dijo con naturalidad, como si la construcción de la frase no tuviera importancia por lo que no tuve necesidad de pararme para contestar.
A casa de mi tía, dije.
Lo que no era del todo cierto.
Pero, afortunadamente, no hizo más preguntas y seguimos subiendo, sin mirarnos, ahora no nos atrevíamos, a causa de su pregunta.
Habría transcurrido una media hora cuando llegamos arriba e, involuntariamente, miramos atrás.
Cuando volvimos la cabeza para calcular el camino recorrido, nuestras caras se rozaron y vi que ella quería saber, pero yo no podía explicar, hubiera sido muy complicado, y nuestras manos se soltaron entonces al mismo tiempo.
Yo seguí andando y ella vino tras de mí.
La calle Rege sube ligeramente, yo iba deprisa, huyendo de una explicación, pero, después de dar por separado varios pasos apresurados y nerviosos, ella extendió la mano hacia mí.
Extendió la mano porque ya sabía, lo noté al tocarla, sabía que iba a dejarme, y mi mano no quiso convencerla, no quiso retenerla, que se fuera.
Ahora íbamos por la despoblada cima del monte, junto a la larga valla metálica del hotel, a cuyo extremo nos esperaba la última farola de la ciudad, la última luz amarilla en la oscuridad azul, que parecía alumbrar el límite de nuestras posibilidades; allí acababa la calle y empezaba un sendero que discurría entre robles dispersos y arbustos desmedrados, y, cuando dejamos atrás esta última luz, yo tenía la sensación de que mi mano deseaba soltar su mano.
Seguimos andando otra media hora, quizá menos.
Cruzamos el profundo valle del Lobo, cuyas empinadas laderas estaban cubiertas de una nieve intacta y azulada que rechinaba y crujía bajo nuestros pasos, y allí ocurrió.
Ella se paró y yo enseguida abrí la mano, pero ella no se soltó y miró atrás.
Era inútil mirar, ya no se distinguía nada, las luces habían desaparecido, estábamos en el fondo del valle.
Dijo que debíamos volver.
Yo callaba.
Entonces me soltó la mano.
Dijo que me pusiera su gorra, pero yo sacudí la cabeza; era una tontería, pero no quería ir por ahí con una gorra roja.
Dijo entonces que me llevara sus guantes, por lo menos, y los sacó del bolsillo.
Me los puse, eran bonitos los guantes, de una lana muy cálida, roja, pero no me importó.
Esto la asustó, y empezó a rogar y suplicar, decía que no era por ella sino por sus padres, y que no sería una cobardía ni mucho menos; hablaba atropelladamente y en voz baja, pero el valle recogía hasta aquellas débiles palabras.
El eco me dio un escalofrío, y comprendí que no podía decir nada, porque, si mi voz resonaba de aquel modo, tendría que volver a casa.
Tenía miedo, dijo, miedo de regresar sola, y me pidió que la acompañara, por lo menos, un trecho.
Un trecho, trecho, repitió el valle quedamente.
Seguí andando, deprisa, para no oír más, pero a los pocos pasos me paré y me volví; quizá, visto desde aquí, pareciera todo más fácil para los dos.
Así estuvimos mucho rato, a aquella distancia no podíamos vernos la cara, y en el fondo era mejor.
No me importaba que ella regresara, que se fuera en paz, quizá también ella se dio cuenta de que me era indiferente que me dejara; despacio, dio media vuelta y empezó a correr, resbaló, miró atrás, yo la seguía con la mirada, adivinando más que viendo, es posible que se volviera o que se parara, que caminara deprisa o que corriera, un puntito en la nieve azul, hasta que desapareció, aunque me parecía que seguía viéndola.
Durante un rato oí sus pasos, después sólo imaginaba oírlos, pero no eran pasos, sino el tintineo de las ramas heladas que el viento agitaba, ecos de crujidos y chasquidos, un misterioso estallido, pero yo no me movía, esperé hasta que desapareció y la acompañé con el pensamiento hasta que dejé de verla.
Un frío cosquilleo en la garganta insinuaba el deseo de que volviera, ahora, no, todavía no, enseguida aparecería el puntito, pero no aparecía.
A pesar de todo, me alegraba de haberla apartado de mí, porque no tenía la impresión de haberla perdido sino, al contrario, de haberla ganado para siempre, por haber sido lo bastante fuerte como para quedarme solo.
El camino aguardaba, y seguí adelante, aunque no creo que sea interesante relatar con mayor detalle la historia de mi huida.
Mi candor me hacía pensar que el objeto de mi historia era yo, y que aquella noche de frío y desamparo no era sino el marco, cuando mi verdadera historia se desarrollaba casi con independencia de las peceñas aventuras por mí vividas o, mejor dicho, paralelamente a ellas.
Habíamos salido a las ocho, recuerdo haber oído las campanadas, ella debió de llegar a su casa poco antes de las diez, a la hora en que yo dejaba atrás las peñas de la cima de Ordogorom y, desde la meseta situada al pie, divisaba con satisfacción, allá abajo, las pálidas luces de Budaörs; todavía estaban lejos, pero no parecía difícil mantener el rumbo.