Entonces él volvió, lo que me tranquilizó inmediatamente, me sentía ansioso de averiguar qué podía ocurrir ahora, qué nos había quedado dentro, qué se podía decir aún, eso que no se sabe hasta que se dice o cuando ya se ha dicho; sólo que mi nueva calma era como una caricatura de la anterior, yo no podía mirarlo, todavía no, quería seguir siendo el mismo que él había dejado al marcharse.
En el roce de sus pies descalzos en el suelo percibió mi oído el leve cambio que se había operado en él mientras estaba fuera, en los pasos que ahora se acercaban no había recelo, ni tampoco aquella precaución de antes, sino quizá deferencia y ponderación y también una cierta objetividad, que había recuperado en la cocina al destapar la olla con el paño; la coliflor hervía, el vapor le dio en la cara y, aunque a simple vista se adivinaba que ya estaba tierna, sacó un tenedor del cajón y la pinchó, con cuidado, para que no se deshicieran los blancos manojitos -la coliflor se deshace fácilmente si se pasa el punto de cocción- y luego apagó el gas de la olla; aquí, en la habitación, oí -o por lo menos me pareció oír-, vi -creí ver- y advertí en sus pasos que aquella rutina había calmado en él la agitación que en mí se había intensificado desagradablemente.
Se quedó detrás de mí y apoyó las manos en mis hombros, sin oprimir, sólo dejando sentir su contacto; todos sus músculos estaban libres de tensión, por eso sus manos no me pesaban, lo que hacía el ademán muy cordial pero también reservado.
Incliné el cuerpo hacia atrás y levanté la mirada, rozándole el vientre con esa zona del cráneo que tiene el tamaño de la palma de la mano, que tanto goza con la proximidad y la caricia de la mano del otro y que quizá está infravalorada por lo que a sensibilidad se refiere; él me miraba sonriendo.
Le pregunté qué pasaría ahora con nosotros.
Sus dedos se crisparon un poco en mis hombros, transmitiéndome con ello algo de su fuerza; nada, dijo. No hacía falta más fuerza para mitigar la dureza de esta palabra.
Pero yo quería experimentar con esa parte de mi cráneo que reacciona de un modo tan peculiar y que en el recién nacido se llama fontanela; he podido comprobar que, si bien con la edad se cierra y endurece, responde a ciertos estímulos exteriores con tanta sensibilidad como si fuera todavía un tejido palpitante surcado de venas violeta y, en cierto modo, es más sensible que los órganos llamados sensoriales porque parece estar especializada exclusivamente en los estímulos amigables u hostiles y los detecta de modo infalible; yo quería comprobarlo una vez más e, insensiblemente, apretaba esta zona contra su vientre con la misma fuerza con que él asía mis hombros.
Y, recalcando las palabras, dijo que debía comprenderlo, que no lo intepretara mal, pero que no era casualidad, o por lo menos a él no se lo parecía, que hasta ahora yo me hubiera callado lo que pensaba acerca de nosotros, pero que no quería inmiscuirse en mi vida, no es que se retractara de lo dicho, eso sería una tontería, pero no quería influir en mí en modo alguno.
Yo me reí en su cara y le dije que eso era absurdo, porque en tal caso hubiera tenido que ser más precavido desde el principio.
La sonrisa pasó de sus ojos a sus labios, me miró fijamente sin moverse y me atrajo hacia sí por encima del respaldo del sillón.
Ya es tarde, dijo.
Tarde para qué, le pregunté.
Muy tarde, repitió con voz más grave.
La postura de nuestros cuerpos, mirando yo hacia arriba y él hacia abajo de manera que yo sentía en la boca el aliento de sus palabras, parecía infundirle más seguridad.
Le rogué que, a pesar de todo, me dijera qué pensaba.
No podía, contestó, no podía hablar de ello.
Tenía la camisa blanca desabrochada hasta las caderas y el suave calor de su piel me acariciaba como un recuerdo; el olor corporal nos comunica casi tanta información como la palabra, el gesto o el brillo de la mirada, sólo que, a diferencia del oído y la vista, el olfato actúa en el cerebro con señales más profundas y encubiertas.
Le dije que no quería decírmelo.
De acuerdo, no quería.
Cautelosamente, aparté sus brazos, pero él se inclinó más aún y, al apoyar las manos en los brazos del sillón, su camisa me rozó la cara, mas aún, me la envolvió, nuestras caras estaban muy cerca, aunque yo deseaba que no hablara con el cuerpo sino con la boca, que no dijera con el cuerpo lo contrario de lo que diría con la boca y que no encontraba palabras para decir.
Y para no cumplir esta exigencia imposible me besó en la boca casi con rabia, yo le dejé, pero bajo el suave calor y los ásperos surcos de sus labios mi boca permaneció quieta, no pude remediarlo.
Dijo que valía más que siguiera con mi trabajo y que también él tenía que terminar el suyo, el beso y las palabras tenían el mismo objeto, poner punto final.
No iba a librarse tan fácilmente, dije, agarrándole la mano cuando daba media vuelta para marcharse.
Era inútil mi obstinación, por más que él lo deseara, y yo debía comprender ya de una vez que lo deseaba, no podía remediarlo, él no quería saber ni lo que haría dentro de un momento, ni quería saberla ni le interesaba, porque así era él, y le revolvería el estómago que ahora empezáramos a hablar de eso; ¿y qué quería yo de él en realidad? ¿Por ejemplo, que nos pusiéramos a hablar de cómo había que arreglar el apartamento? ¿O comunicar al ayuntamiento nuestras serias intenciones, lo cual tampoco sería una idea tan descabellada? ¡Vaya campanada! ¿O quizá ponernos a hacer planes para un futuro común? ¿Es que no basta con lo que tenemos? ¿No me basta con que él se sienta feliz, con que se sienta feliz mientras estoy con él, es esto lo que quiero oír? Más que esto no hay, y más vale que no lo eche a perder.
Muy bien, pero antes él quería más, quería otra cosa, decía otra cosa, hablaba de otra manera, ¿por qué se retractaba ahora?
Él no se retractaba de nada, eso era sólo una obsesión mía.
Era un cobarde, dije.
Muy bien, era un cobarde.
Porque nunca había amado ni sido amado.
Que si me parecía bonito decir eso.
Yo no podía vivir sin él.
Sin él, con él, niñerías; sin embargo, antes me había dicho que él tampoco podía.
¿Qué quería entonces?
Nada.
Retiró su mano de la mía, y otra vez el movimiento refrendó sus palabras, se alejó, quizá para volver al único lugar de la habitación que le ofrecía seguridad, su máquina de escribir, la tarea que se había impuesto y quería terminar, pero, en el centro de la habitación, en el oblicuo rayo de sol, se paró, vuelto a medias de espaldas a mí, mirando por la ventana también él, mirando al cielo, como gozando del calor del sol; su camisa blanca revelaba al trasluz el contorno de su cuerpo delgado, el cuerpo cuyo olor permanecía en mí.
En aquel olor estaba la última noche, y en la última noche el recuerdo de todas las noches.
En la noche, la oscuridad de la habitación, poblada de vagos reflejos, en la oscuridad, las manchas fosforescentes que aparecen cuando cierras los ojos y, en los trémulos destellos del interior de los ojos, el olor de la manta, la sábana, la almohada y, en la ropa, el vestigio de todo lo anterior: el frío del aire que ventiló la habitación, el jabón de la colada y, en la suavidad de la plancha, la mano de la madre.
Debajo de la ropa, nuestros cuerpos y, en nuestros cuerpos, el deseo; una vez saciados, los cuerpos reposan en la cama revuelta, piel con piel, en la piel, la emanación de los poros, en los poros, la secreción de grasas, el sudor prendido en el vello, en el pelo apelmazado, humedad en los pliegues del cuerpo, vehículos atascados, despachos, restaurantes, el olor de toda una ciudad en el aroma salobre del esperma insípido, el amargor del tabaco en la saliva dulzona, en la cálida cavidad de la boca, los alimentos que se disuelven en la saliva, las caries, los restos de comida entre los dientes, el dentífrico, el alcohol que fermenta en el estómago, la pasión que se enfría en el cuerpo dormido, el torbellino de los sueños con excitaciones que no se apaciguan, el frío despertar, el agua que despeja, el jabón, la crema de afeitar mentolada y el día de ayer en la camisa colgada del respaldo de la silla.