Magnífico, dije, así que por fin tenemos algo de lo que no podemos hablar, me parece formidable.
Ya basta, que a ver si cerraba la boca de una vez.
Abajo, en el patio, una niña llamaba a gritos a su madre, que no la oía o no quería oírla; me daba un poco de envidia la niña, quizá porque había nacido aquí y nadie la obligaría a marcharse o quizá por la inocente testarudez con que se resistía a darse por enterada de que no querían hacerle caso; sus gritos eran cada vez más mortificantes y más histéricos, hasta que calló bruscamente, como si alguien la hubiera estrangulado, y sólo se oía botar una pelota con golpes secos.
Él volvió a sentarse a su mesa, yo debía dejar de mirarlo, sabía que volvería a hablar y que, si lo miraba, desistiría.
Tomé la pluma, la última palabra estaba en la página quinientos cuarenta y dos, desde aquí debía continuar.
Golpeó unas teclas; en aquella calma, yo echaba de menos los gritos de la niña, tuve que esperar a que hubiera escrito varias líneas para que, con naturalidad y como si no pudiera esperarse otra cosa, dijera en el silencio, con voz suave, que aún nos quedaban dos meses, sesenta y siete días para ser exactos, y que si acaso no tenía yo intención de regresar a mi país.
Yo miraba fijamente las últimas palabras que había en el papel, la descripción de la escena desierta, y le pregunté por qué se defendía con tanto empeño, de qué tenía miedo; mi pregunta no ocultaba que yo no podía ni quería responder a la suya con claridad.
Lo tendría en cuenta, dijo entonces, como si finalmente hubiera encontrado una prueba palpable de mis propósitos, no lo olvidaría y trataría de asumirlo.
Nos mirábamos con un placer malsano por encima del rayo de sol que nos separaba; él sonreía triunfalmente por haber conseguido que me traicionara a mí mismo, y mi cara se contagió de su sonrisa.
Pero yo volveré, dije no sin ironía, porque no quería dejar que se saliera por la tangente.
Encontraría el piso vacío, yo ya sabía que él no pensaba quedarse.
Eso son fantasías infantiles, dije, cómo iba él a marcharse de aquí.
Quizá no era tan cobarde como yo me figuraba.
Así que había hecho planes para un futuro venturoso sin contar conmigo.
Para ser sincero, sí, algo había planeado, pensaba desaparecer antes de que yo me fuera, para que pudiera marchar sin tener que despedirme de él.
Una idea magnífica, dije, casi odiándolo por aquella sonrisa suya, por los destellos de su mirada que acompañaban cada palabra, quizá también por mi propio miedo y por su desdeñosa arrogancia, me reí con fuerza y agregué te felicito.
Muchas gracias.
Sonriendo ampliamente, nos mirábamos a los ojos con rabia, no podíamos ni desviar la mirada ni poner en ella más encono.
Es curioso que, al mirarme en sus ojos, me viera a mí mismo más odioso y desfigurado que a él; no era un momento aparte, ni una hora especial, ni un día distinto de los que habíamos pasado juntos, pero era la primera vez, desde que el destino nos había unido, mejor dicho, desde que nos habíamos tropezado en la ópera, que expresábamos, con palabras elegidas cuidadosamente, lo que deseábamos de verdad, aunque lo que tan extraordinario nos parecía entonces en nada se distinguía de todas las cosas que se dicen por primera vez; quizá buscábamos el uno en el otro un hogar seguro, quizá cada palabra y cada gesto no eran sino nuevas formas de búsqueda, quizá la seguridad que buscábamos no pueda encontrarse porque está en la misma búsqueda.
Era como si hubiéramos tratado de hacer más profundo y duradero, de formalizar, un sentimiento fortuito, que estaba ahí, que existía, que podía nacer entre dos personas, pero que no tenía trascendencia porque, tal como él había dicho más de una vez, los dos pertenecíamos al sexo masculino, y porque la ley de los sexos quizá sea más fuerte que la ley de la personalidad, algo que entonces yo no quería comprender ni aceptar, convencido como estaba de que se trataba de algo que afectaba a mi libertad de individuo y de persona.
Aquel primer momento prefiguró todos los momentos siguientes, es decir, en los momentos siguientes persistía mucho de aquel primer momento.
Cuando lo vi en lo alto de la escalera, a la luz mate del vestíbulo de la ópera, con su amigo francés, en medio de la multitud que acudía a la representación, me pareció que lo conocía desde hacía tiempo, mucho tiempo, y no sólo a él, sino a todo lo suyo, y no me refiero únicamente al traje exquisitamente elegante, la corbata un poco floja y con alfiler, sino también a su desaliñado amigo, y hasta la evidente relación que existía entre ellos, a pesar de que entonces yo no tenía más que una vaga idea de lo que podía ser una relación amorosa entre dos hombres, pero un inmediato sentimiento de confianza puso en aquel encuentro una inexplicable franqueza, una gran familiaridad, esa naturalidad total, en la que ni nos preguntamos, ni nos preocupamos, ni nos damos cuenta de lo que nos pasa.
Cuando se liberó del abrazo de Thea, que su amigo observó con la extrañeza que forzosamente debía provocar tanta vehemencia, nos estrechamos la mano; como se acostumbra en estos casos, yo dije mi apellido y él, el suyo, mientras su amigo se presentaba a frau Kühnert y a Thea dando sólo el nombre de pila, como si fuera un mozalbete de suburbio, un nombre compuesto, Pierre-Max, oí dos veces consecutivas, el apellido, Dulac, no lo supe hasta después.
Tras aquel apretón de manos, ni nos miramos, pero una sintonía interior hizo que -mientras yo hablaba con su amigo y él charlaba con frau Kühnert y con Thea y todos subíamos la suntuosa escalera alfombrada de rojo púrpura-, con un cierto movimiento de los hombros, nos señaláramos mutuamente la dirección, por así decir, y, aunque no nos tocábamos, a partir de aquel momento nuestros cuerpos fueran inseparables, querían estar cerca y así seguirían; con naturalidad, sin llamar la atención, con una seguridad que no era ni sorprendente ni controlable, inmediatamente se habían fijado un objetivo concreto, acerca de cuya finalidad y posibilidades, era yo el único que abrigaba dudas, como se vería después, de manera que él podía seguir charlando tranquilamente sin mirarme, mientras yo, gracias a aquella seguridad y desenvoltura que me infundían su proximidad y su aroma, que ya había percibido, conversaba con el francés que iba a mi izquierda.
Yo no llamaría complicidad a aquel sentimiento, era muy oscuro y muy profundo para eso; por ejemplo, diría que era como si, en una veloz carrera desde el propio pasado, regresara uno al presente y lo percibiera tan irreal y misterioso como una ciudad desconocida por la que el recién llegado camina desorientado; ni asomo, pues, de esa alegría chispeante que acompaña a toda nueva relación que promete un placer erótico, sino más bien el íntimo gozo de una ansiada llegada a puerto.
Para mí tuvo una importancia especial aquel momento, y quizá hoy me acuerdo de él con tanta exactitud porque despertamos bastante expectación al ir en compañía de Thea, personaje famoso que inmediatamente atrajo las miradas de curiosidad del público, curiosidad que se hacía extensiva a nosotros y se manifestaba en ojeadas mal disimuladas; por un impulso irresistible, la gente quería ver, descubrir, examinar al hombre en compañía del cual aparecía la celebridad, y nosotros cuatro debíamos de componer un cuadro muy vistoso en medio de la convencional concurrencia.