También aquí Thea actuaba, hacía el papel de la actriz célebre de vida escandalosa, y en su honor hay que decir que lo representaba con gran economía de medios, como si no advirtiera aquellas miradas ávidas, admirativas, burlonas o envidiosas, ya que concentraba toda su atención en Melchior, ¡mirad!, ¡es él!, quería decir el desenfadado movimiento con que se colgó de su brazo, desviando hacia él el homenaje que recibía de sus admiradores; su cara sin maquillar, de pómulos tártaros, asumió la belleza a la que tenía acostumbrado a su público y que éste esperaba de ella: con los ojos entornados, alzó hacia Melchior una mirada de risueña picardía, buscando en los ojos de él protección para su incógnito, a fin de no tener que mirar hacia ningún otro sitio, como si no le importara ni dónde ponía los pies y se dejara guiar, aunque era ella la que guiaba, y esta ostensible sumisión la hacía aparecer, con su larga falda negra, abierta hasta la rodilla, sus zapatos de tacón de aguja y su blusa de fina, casi transparente, seda gris antracita, aún más frágil y, sobre todo, más rendida que en cualquier otro de sus papeles, además de reservada y discreta.
Hablaba volublemente, pero a media voz, hurtando las palabras a los oídos curiosos, hablaba sólo con los labios y la sonrisa, dominándose, imitando perfectamente, con un punto de burlona exageración, la banal charla de sociedad, y aderezando la actuación con algo de la tensión del ensayo de la tarde, una energía acumulada que, bien dosificada, le servía para tratar de amortiguar y desviar la alegría y la emoción elementales que le producía la presencia de Melchior, la proximidad de su cuerpo; pero los recursos teatrales, aunque utilizados con cuentagotas, o precisamente por estar tan magistralmente medidos, no podían pasar inadvertidos, las gentes se paraban, se volvían, la seguían con la mirada, cuchicheaban a nuestra espalda, la observaban descaradamente o con disimulo, se daban codazos, señalaban con el dedo, las mujeres inspeccionaban su indumentaria, devoraban con los ojos su grácil manera de andar, los hombres, aparentando indiferencia, le acariciaban los pechos con la imaginación, palpaban las esbeltas caderas o daban una palmada en el trasero, redondo y prieto, en suma, todos y cada uno hacían con ella lo que les apetecía, como si fuera de su exclusiva propiedad, la amante de todos, o la hermanita pequeña, mientras ella desfilaba, aparentemente absorta en su pareja, el elegido, y nosotros, gracias a ella, también recibíamos atención, convertidos, a los ojos de los espectadores, en comparsas de su apoteósica entrada.
Yo, más por decir algo en aquella situación que por auténtica curiosidad, fingiendo ignorancia y extrañeza, pregunté al francés, un chico delgado, moreno y melenudo, qué le había traído hasta aquí, y él, mientras subíamos la escalera, se inclinó hacia mí con una expresión cortés, reservada y francamente condescendiente; tenía los ojos rasgados y pequeños, parecía que el globo ocular no tenía espacio para moverse, lo que les daba una expresión fija y penetrante, pero lo que a mí me interesaba realmente no era su respuesta sino lo que tan dulcemente susurraba Thea al hombre que yo sentía en mi hombro, mi brazo, mi costado.
El francés, en frases casi perfectas pero con el fuerte acento de su lengua materna, respondió que él no residía aquí, es decir, en esta zona de la ciudad, pero que le gustaba visitarla y venía con frecuencia, y por eso nuestra invitación no podía ser más oportuna, ya que tenía intención de ver esta obra, pero no comprendía mi extrañeza, ¿por qué no había de venir? Él no era tan ajeno a este mundo como yo parecía imaginar, al contrario, se encontraba aquí más a gusto que en el sector occidental, puesto que era marxista y miembro del partido comunista.
Su retórica hábil y sinuosa, la intención inequívocamente agresiva de su respuesta, la sensibilidad con que instintivamente había adivinado en mí al posible rival, su tono autocomplaciente, su expresión un poco insolente pero no desenfadada, su mirada fija y provocativa, que reflejaba al mismo tiempo una simpática combatividad juvenil y un prejuicio cerril, todo ello me sorprendió, y, aunque enseguida acepté el reto, me parecía fuera de lugar una acalorada controversia política en aquel entorno frío, árido y formal, y de buena gana me hubiera echado a reír, ¿qué sandeces son ésas? Su declaración me hizo el efecto de un chiste un poco picante, efecto que acentuaban tanto el gesto de infantil desafío de su bien parecido semblante como su indumentaria que, según los cánones locales, había que calificar de descuidada, su llamativo inconformismo tenía el sello de otra cultura, el grueso jersey, un poco raído y no muy limpio, la larga bufanda de lana roja que le daba dos vueltas al cuello y le caía por la espalda, eran observados por la concurrencia, rigurosamente aseada y endomingada, es decir, adocenada y rancia, con ojos de sorpresa y reproche, casi podías oír el murmullo de desaprobación; pero, por una parte, yo no quería ofenderlo y, por otra, también me sentía objeto del interés general, por lo que opté por dominar el impulso y le respondí con una sonrisa afable, en la que también había cierta superioridad, que sin duda había interpretado mal mi sorpresa, ya que yo no pretendía pedirle explicaciones ni hacerle reproches, sino que, por el contrario, me consideraba afortunado de haberle conocido, ya que hacía más de seis años, y recalqué seis años, que, en este hemisferio oriental, no había tenido ocasión de hablar con una persona que, por firme convicción, se confesara comunista.
Qué quería decir con eso, preguntó.
A lo que, con la superioridad del experto en la materia, respondí que nada más que lo dicho, y que él no tenía más que hacer el cálculo y sacar conclusiones.
Si me refería a la primavera del sesenta y ocho, dijo, perdiendo aplomo, y mientras yo, saboreando mi ventaja, movía la cabeza afirmativamente, en efecto, precisamente en aquello estaba pensando, él me miraba fijamente, indeciso, pero en el momento en que dejé de mover la cabeza agregó con vehemencia que no le parecía que de aquellos hechos pudiera sacarse la enseñanza de que había que abandonar la lucha.
Y, mientras Thea despotricaba contra su director, esta vibrante consigna, pronunciada por unos labios infantiles, resultaba conmovedora, fervorosa, enérgica y, por lo tanto, convincente; pero, ¿a qué lucha se refería? ¿Con quién y contra quién? La situación era tan grotesca que me quedé con la mente en blanco, y, en aquella pausa tragicómica, se oyó la cháchara de Thea, que decía que Langerhans haría un embajador estupendo, en Tirana, por ejemplo, o quizá un simple jefe de estación, no tenías más que verle quitarse y ponerse las gafas en su ridícula nariz y revolverse el grasiento pelo con sus dedos de salchicha para imaginártelo estampando sellos en un papel pero, por todos los santos, que dejara la dirección teatral, no era broma ni exageración, Melchior conocía la escena, la cuarta escena del tercer acto, la del consejo privado, bien, pues era la única escena potable de toda la obra, una escena escalofriante en la que seis personajes siniestros están sentados alrededor de la mesa, una mesa enorme, increíble, que él había mandado hacer, bien, pues para aquella escena había elegido a los seis actores más abominables que tenía, ya podía imaginarse Melchior cómo disfrutaban los pobres y lo agradecidos que trabajaban, ¡lo hacían francamente bien!, revolviendo carpetas, rascándose, tartamudeando y mordiéndose las uñas, también Langerhans se mordía las uñas sin parar, ¡qué asco!, y aquellos seis individuos ni siquiera desean acabar cuanto antes para irse a su casa, como todo el mundo, a ellos les es completamente igual la hora, porque hace treinta años que esperan un papelito, hace treinta años que no se enteran de nada, ni es de esperar que se enteren ya, imagine, ya verá qué aburrimiento, aquello aburría hasta a las ovejas, y esto era lo único que sabía hacer, aburrir, ¿cómo iba a tener ni la más remota idea de lo que es una mujer, ni de lo que una mujer espera de un hombre este plúmbeo burócrata del teatro?