Estuvimos un rato en aquel otero, alto sólo en apariencia, en la actitud habitual del paseante ocioso, abstraídos en la contemplación de la naturaleza que se extendía ante nuestros ojos, sobre la que las personas tienden a la grandilocuencia: ¡aquello era tan hermoso, tan increíblemente hermoso, que me parecía que no iba a poder moverme, que tendría que quedarme allí hasta el último momento de mi vida!, lo cual hay que admitir que no es sino el resignado reconocimiento de que, por mucho que nos guste la naturaleza, no sabemos qué hacer con ella, no podemos identificarnos, lo deseamos, pero no podernos, es demasiado grande, demasiado distante, o nosotros somos muy extraños a ella, quizá también demasiado vitales, y es posible que hasta el momento de nuestra muerte, cuando tengamos que abandonarla no encontremos un nuevo punto de vista, que tal vez sea el definitivo, aunque quizá ya sea tarde, ya que por sí sola, sin nosotros, también ella perecería; cuando descendimos a ras del lago y nos situamos a ese nivel desde el que todo parece más normal y corriente y el panorama deja de tener esa belleza solitaria y sobrecogedora, ella se paró y se volvió a mirarme.
A veces me gustaría sacarle los ojos, dijo en un tono de voz reposado, pensativo y tierno.
Como si hubiera tenido que impregnarse de la calma del viento, de las nubes y del paisaje, para mirar atrás, a un pasado inmediato.
Pero, de no ser por ella, dijo, quizá ya se hubiera suicidado.
Ahora vibraba en su voz algo de aquella melancolía no del todo exenta de autocompasión que la contemplación del paisaje había dejado en nosotros como una dolorida añoranza, pero también de esto tenía que librarse, porque en realidad ella no se compadecía en absoluto, ella enfocaba la vida real desde su perspectiva de actriz de teatro, es decir, si tenía que compadecerse de sí misma, esta autocompasión no se traducía en signos aparentes; divertida por su propia irreprimible curiosidad, sonrió con ironía, pero preguntó a pesar de todo qué me había contado frau Kühnert de ella.
Me repugnó su sonrisa, su mezquindad me pareció fuera de lugar frente a aquel paisaje, aunque la reconociera; yo no quería contestar, además, no entraba en mis planes traicionar ahora a frau Kühnert; nada de particular, respondí, aunque no conozco a nadie que tenga una idea más primitiva de la forma en que un papel germina y se desarrolla dentro del actor, proseguí, eligiendo el camino fácil de la respuesta abstracta.
Ella respondió a mi evasiva con una agria sonrisa y me preguntó si me refería a un actor cualquiera o a ella en particular.
A un actor cualquiera, respondí.
No, no era primitiva, dijo pensativa, pero pensativa más bien porque yo no había querido contestar a su pregunta; era inculta, desde luego, pero inteligente y sabía muchas cosas, y su cara, con obstinación, volvió a asumir su sonrisa sarcástica.
Si me había contado, me preguntó, que a veces ella se desmadraba y se comportaba con ordinariez, porque su relación era tan íntima que su amiga sabía hasta el último detalle de su vida privada.
Yo la miré con extrañeza, ella asintió, seguramente no esperaba más de mí, y me puso la mano en el brazo con suavidad.
Porque ella sólo tenía a dos personas en el mundo, lo demás no contaba, eran estupideces, dijo, pero hiciera lo que hiciera, sabía que Slempre podía volver a su lado, allí siempre encontraría refugio.
Ya lo sé, le dije.
Nos miramos fijamente, un poco como antes habíamos mirado el paisaje, porque yo lo sabía, y ella podía estar segura de que lo sabía; fue el momento en el que ella no sólo perdonó la diplomacia psicológica de frau Kühnert, sino también la traición espiritual con la que yo trataba de servir a los intereses de Melchior.
Dos seres humanos se miraban frente a frente en un paisaje cuyo aliento era más fuerte que el nuestro y se comprendían; pero no con la razón ni con el instinto, porque en nuestra comprensión desempeñaba el papel principal una circunstancia natural a la que hasta ahora no habíamos concedido especial importancia ni con la razón ni con el instinto, a saber, el hecho de que ella era una mujer y yo era un hombre.
El momento desbordaba nuestras posibilidades y nuestros propósitos, nos remitía a nuestras diferencias naturales y, por consiguiente, a la única posibilidad de conciliarias, con lo que, sustrayéndose a nuestro control, nos turbaba a los dos.
Ella no permitió que creciera la confusión, sino que, rápidamente, retiró la mano de mi brazo y se encogió de hombros con gesto divertido; dueña de sí, se volvió con cierta coquetería y echó a andar por el sendero, fuera ya definitivamente del tiempo de la ciudad que quedaba atrás y volviendo la espalda también al paisaje, en dirección al bosque lejano.
Mesa redonda
¡Ay!, a pesar de mi heroica resistencia, dominan mis encendidos y efervescentes sentidos los crudos instintos que solemos calificar de viles, abyectos y hasta, vulgarmente, de marranadas o, en términos más delicados, de desvergonzados, diabólicos y dignos de desprecio y del mayor de los castigos, y apresurémonos a añadir que justificadamente, si bien todo esto de lo que me veo obligado a hablar no es sino el producto impuro de actividades humanas, es decir, funciones que tienen por objeto el desahogo corporal; no menos justificada, empero, estaría la pregunta de si estos instintos no son tan nuestros como la sana moral y la pureza de costumbres, cuya misión consiste sin duda en luchar contra ellos; pero, sea como fuere, reconozca o no lo impuro como mío, tanto si acepto el reto y combato como si me entrego encogiéndome de hombros con indolencia, esto existe y constantemente me deja sentir su fuerza innegable, como una pornografía de origen divino; si la rechazo con energía estando despierto, me asalta a traición durante el sueño, demostrando su poder absoluto sobre mi cuerpo y mi espíritu, no hay escapatoria, no puede haberla, como tuve ocasión de comprobar la noche de mi llegada a Heiligendamm, ¡que me sirva de lección!, cuando, ansioso -¡y cómo!- de sumirme en un sueño reparador, un sueño profundo, largo y purificador, para huir de mis muchas tribulaciones, las estúpidas dudas artísticas, los tristes y enternecedores recuerdos de mis padres y de mi infancia, las fatigas del arduo viaje y la dulce melancolía de la despedida de Helene, volvió a acometerme, aunque esta vez con más suavidad, no tan brutalmente como cuando, por ejemplo, se me aparecía un hombre desnudo que venía hacia mí con el pene erecto, ahora sólo eran imágenes inocentes de un sueño en las que yo podía reconocer el reflejo de mi propio desvalimiento.
La escena era una calle mojada en la que sonaban pasos firmes y la luz tétrica de las farolas de gas manchaba la noche; la oscuridad me envolvía con la blanda firmeza de un vientre de mujer, o del mismo sueño, y yo me rendía con agrado, me entregaba a la belleza de la oscuridad salpicada de lívidas esferas de luz, porque, para mí, aquella calle nocturna representaba a Helene, aunque no había indicios que permitieran pensar que éste era su cuerpo, pero mis sentimientos y deseos fluían allí con toda libertad, sin temor ni reserva, legítimamente, por así decir, como si fuera ella de verdad, como si ahora pudiera ofrecerle por fin los sentimientos que debía negarle y negarme estando despierto, obligado por las circunstancias, incluso en los más apasionados momentos del éxtasis.
Como si el bien, el sumo bien que resplandece sobre todas las cosas, se complaciera ahora en ejercer su poder sobre mí y yo tuviera que encomendarme a él, y en realidad ya se había apoderado de mí, se me había incorporado, él era yo y yo era él, pero me parecía que aún había mucho que dar y que yo estaba sobrado de dones; mis pasos, extrañamente firmes, resonaban en la calle del bien, en el camino, la noche, la oscuridad y la luz del bien, y me parecía que cuanto más diera más tendría para dar; y esto era bueno, muy bueno, a pesar de que mis pasos sonaban en mis oídos como si llegaran de un espacio helado.