Podía verlo desde aquí, porque la naturaleza del bien se había hecho visible, y para ir hacia él pude sustraerme al ruido perturbador de mis pasos, yo comprendía que hay algo mejor que el bien y que lo que me aguarda sólo puede ser mejor, porque si yo voy tan libremente por el bien, entonces es que la redención que tanto ansio desde la profundidad de mi dolor ya se ha producido, calladamente.
¡Ah, grande es el amor que se me ha otorgado!; amar los adoquines de la calle que reflejan, cada uno, la luz y son absorbidos por ella, amar las gotas de agua que caen de las ramas desnudas, amar el siniestro repique de los pasos, y la suave oscilación de la llama de gas sobre el agua acumulada en el globo de cristal, y la oscuridad, porque permite ver la luz, y la sombra de un gato que pasa veloz, y las huellas que, blandamente, sus patas dejan en la noche, y el brillo de las esbeltas farolas finamente forjadas y el áspero crepitar, tan leve que el oído enamorado casi no percibe.
También los ojos buscan en vano, a punto de reventar como burbujas.
La crepitación se acentúa, yo me acerco, dejando atrás el sonido de mis pasos en los adoquines, chirriantes puertas de hierro que mueve el viento, ¡si no hay viento!, y, esperando que sea éste el último sonido, que después nada turbe la densa oscuridad, voy hacia allí, y cada paso produce un sonido nuevo. Y entonces me veo a mí mismo acercarme.
Pero ¿cómo podría yo proteger la oscuridad de estos ruidos?
Yo estaba detrás de la puerta abierta por el viento, en medio del hedor y seguía atentamente el sonido de los pasos.
El viento cerró la puerta de hierro, que gimió, crujió y me hizo desaparecer, pero al momento volvió a abrirse de par en par y me vi de pie, esperando.
¿Dónde estaba yo en realidad?
No me era desconocido el lugar, aunque no podía determinar exactamente dónde estaba yo, y de esto se trataba, ¿dónde?, si estaba aquí y allí al mismo tiempo, por eso era tan angustiosa mi situación, sentí deseos de gritar, y hubiera gritado, sin duda, de no haber temido rasgar la oscuridad con un sonido más; todavía iba por la calle, por la calle del bien, yo sé que ésta es la calle del bien, ¡no tratéis de engañarme!, y, sin embargo, esta calle conduce directamente a esta puerta, los árboles desnudos y las farolas mojadas que había a cada lado de la calle parecían señalarme la dirección, ¡no había escapatoria!, yo tenía que llegar a la puerta de hierro, que ahora revelaba mucha vergüenza, nostalgia, miedo, curiosidad y humillación como para que pudiera seguir pareciéndome desconocida, aunque yo hubiera preferido no darme por enterado, pero yo estaba allí, oliendo a alquitrán y orina, esperándome a mí mismo; debía de hacer mucho tiempo que esperaba, porque el hedor se había adherido no sólo a mi ropa, por cierto, ¿dónde estaba mi sombrero?, sino también a mi piel, emanaba de mí, de mi pelo, ¿cómo iba a escapar, si estaba atrapado?
Pero alguien manda en mi sueño, porque yo sabía, a pesar de todo, que esto era sólo un sueño, no había que sofocarse, es sólo un sueño del que puedo despertar cuando quiera, pero en él manda alguien, y no me deja despertar, pero yo no podía recordar quién podía ser, a pesar de que su voz, cuando me susurraba que no había piedad, que no la habría -era un susurro ahogado y ronco-, me parecía conocida; me espera detrás de la puerta cerrada y me susurra al oído que aquella sensación de paz que el bien me había deparado era un engaño y, como una llamada casi inaudible, agrega: es inútil, inútil; la oscuridad espera.
Es inútil.
Seguí andando, sin sentir extrañeza por mi temblor; tenía miedo, pero aun protestando y defendiéndome, estaba convencido de que no había miedo ni angustia a los que no pudiera habituarme, por fuertes que fueran; mas parecía que aquella fuerza quería obligar a mi cuerpo recalcitrante a aceptar todos sus deseos secretos y toda la terrible carga que la vida había puesto sobre mis hombros; y durante la lucha se iba alargando el camino, mis pasos eran más vacilantes, aún resonaban, pero ya no sentía suelo firme bajo mis pies, y perdí el control de mis miembros como un epiléptico; sentía que babeaba, gemía y me convulsionaba, pero todo seguía igual; la boca del pequeño edificio oscuro, que se abría y cerraba, chacoloteando, crujiendo, chirriando, me esperaba con un jadeo claramente audible, un jadeo humano, entre unos arbustos sin hojas.
El esqueleto de los arbustos se recortaba, nítido e inmóvil, en el cielo oscuro, mientras yo, que no me atrevía a gritar, seguía andando.
No era, pues, de extrañar que despertara tan cansado aquella mañana, reventado, como se dice vulgarmente, ni que hubiera pasado la noche en vela, cuando en realidad debía de haber dormido profundamente, o no estaría tan atontado, pero me sentía fatigado, me hubiera gustado seguir durmiendo, quizá entonces, durante el sueño, ocurriera lo que tenía que ocurrir; pero la habitación estaba inundada de una claridad deslumbrante, como si, detrás de las cortinas de seda blanca, hubiera nevado, y hacía fresco, casi frío; en el pasillo se oían pasos livianos, y más lejos, quizá en el comedor de la planta baja, tintineo de cubiertos y platos, murmullo de voces, palabras sueltas, una puerta que se abría -la puerta que por la noche me había despertado al cerrarse-, una breve risa de mujer, pero todo amortiguado, suave, lejano y amable, a pesar de lo cual yo no sentía ningún deseo de levantarme, porque estos ruidos matinales, que me eran familiares desde la niñez, me recordaban que tendría que reanudar una vida aparentemente fácil y ociosa que en estos momentos no me apetecía; no debí venir, pensé irritado, y volviéndome de lado cerré los ojos y traté de regresar al calor y la oscuridad que me había deparado el sueño, pero ¿regresar adonde?
Aún parecía tener al alcance de la mano jirones del sueño, no sería difícil volver a dormirse, el hombre sigue delante de la pared alquitranada del urinario y ahora me ofrece una rosa, pero yo no quiero tomarla, porque la sonrisa de su cara redonda y blanca es repugnante, y qué curioso, la rosa me parecía azul, amoratada, un botón prieto y carnoso, apenas entreabierto y aquel capullo soñado volvía a ofrecérseme con insistencia, como si aún no fuera de día sino de noche y yo estuviera allí.
Pero entonces, en el vano de la puerta que separaba la sala del dormitorio, vi a un criado de pelo rojo, atento y discreto, que seguía cada pequeño movimiento de mi despertar con sus ojos castaños y amistosos, como si llevara esperando sabe Dios cuánto y tuviera una idea bastante clara de lo que yo acababa de soñar, a pesar de que sus pasos silenciosos y su sola presencia tenían que haberme despertado ahora mismo; esta muda aparición que venía a recordarme mis obligaciones era un muchacho joven, extraordinariamente fuerte y robusto, más apto para mozo de equipajes o cochero, que parecía que iba a reventar con los muslos y los hombros las costuras del calzón negro y la librea verde; me dio la impresión de que también él había surgido del sueño, o de un lugar más profundo todavía, me recordó al criado que teníamos en casa y, naturalmente, también aquella noche de zozobra; su cuerpo despedía la misma pesada calma y aplomada dignidad que yo percibía al lado de Hilde; mientras contemplaba con agrado su cara pecosa, reprimí un profundo bostezo y repetí furioso para mis adentros la misma frase inúticlass="underline" no, no debí venir, pero ¿adonde ir si no? De todos modos, resultaba tan cómico este cuerpo macizo, embutido en unas ropas que no habían sido hechas para él, y la nariz respingona, las pecas, los ojos infantiles y curiosos y Ia seriedad con que esperaba órdenes, y me parecían tan inanes mis cavilaciones y mi irritación ahora que estaba del todo despierto que no pude contener la risa.
– ¿Desea levantarse, herr Thoenissen? -preguntó el criado, como si no hubiera reparado en mi risa, que podía interpretarse como invitación a una familiaridad improcedente.