Hubo otro silencio.
Y cuando, tras aquel silencio incómodo, le di las gracias, algo sucedió entre nosotros, algo que yo presentía, esperaba y había provocado, porque lo que yo le agradecía no era su ceremoniosa y cursi felicitación sino que poseyera una perfección física que me conmovía.
Él se quedó callado un momento, yo estaba quieto, él bajó la cabeza con desvalimiento, yo seguí mirándole.
Y cuando, después, me preguntó si quería que trajera el agua, yo asentí.
Aquí estaba la línea divisoria: al otro lado, el reino prohibido en el que yo no hubiera debido desear poner los pies, pero entre nosotros algo había concluido, la intimidad del momento se había desvanecido inmediatamente, y es que a partir de aquí no podía haber comunión yo seguía siendo el amo, también el amo de la situación, un amo un poco lastimoso, ridículo y solitario, pero él era el criado y, por lo tanto, él debía ser el prudente y precavido y, probablemente, también el que sentía tanto asco como compasión, sentimientos contradictorios que estorbaban el libre juego de la intimidad; así pues, aquello era un experimento, yo había querido excitar en él algo que era ajeno a nuestros respectivos papeles, pero, a causa de mi superioridad, nada podía perder con el experimento, que era vergonzosamente desequilibrado, pero me fue imposible resistir la tentación, gocé tanto de mi superioridad como de su indefensión, y él tuvo que aceptar esta indefensión porque se la imponía su papel de criado, es más, humillándolo a él yo me humillaba a mí mismo y gozaba de mi propia humillación; por otra parte, las circunstancias prácticamente lo pusieron en mis manos, y nuestra pequeña historia continuó casi sin mi intervención, por su propio impulso.
Mientras él, a horcajadas sobre mis muslos abiertos, me humedecía la cara con una esponja que aún olía a mar y, con un suave masaje circular de sus dedos, extendía el jabón de afeitar, formando sobre la barba una espuma espesa y firme, nuestros cuerpos se encontraban en una proximidad muy sugestiva, con la mano libre, tenía que sostenerme la cabeza, aplicando la palma a la nuca u oprimiéndome la frente, mientras yo, por la presión de su mano, tenía que adivinar sus deseos, seguirle, ayudarle; a veces, su rodilla rozaba la mía, él tenía que concentrar toda la atención en mi cara mientras yo estaba atento a cada uno de sus movimientos; él contenía la respiración, lo mismo que yo, para no echarnos el aliento a la cara, lo que acentuaba la tensión de la operación: ésta alcanzó su punto culminante cuando, por fin, terminados los preparativos, sacó la navaja de afeitar de estuche, pasó la hoja varias veces por el suavizador y, volviendo a situarse entre mis piernas, me puso el índice en la sien para tensar piel y me miró un momento a los ojos.
Con un único y firme movimiento, pasó la navaja por la mejilla izquierda, rasurando la barba con un ruido áspero: en cierta medida, me divertía mi propio nerviosismo, porque, por muy gustosamente que nos prestemos a esta operación, por mucha tranquilidad que aparentemos, el miedo nos agarrota los músculos faciales, deseamos cerciorarnos de que la hoja no se ha atascado, no nos ha cortado, los ojos se nos salen de las órbitas, pero no podemos dejar traslucir nuestra desconfianza, ya que con ello entorpeceríamos la labor, haríamos que aumentara el peligro y provocaríamos nosotros mismos el percance, lo que sería para nosotros por lo menos tan desagradable como para él; y es que cuando se lastima la piel, de pronto, tras la máscara de plena confianza del uno y de la tensa concentración del otro, asoma el puro odio, él nos odia a nosotros porque nuestra piel ha resultado tan ridiculamente frágil e imprevisible y ha desacreditado su habilidad, porque nuestra barba tiene remolinos, y porque la cuchilla ha tropezado con una verruga o un granito imperceptibles, y nosotros lo odiamos a él por su torpeza y sobre todo porque nos hemos puesto en sus manos irreflexivamente, y este odio mutuo crece cuando, al ver en el espejo la sangre que nos resbala por la cara, tenemos que hacer como si esto fuera una insignificancia que no nos irrita ni lo más mínimo, mientras él, azorado, se pone a silbar y empuña con forzada soltura la piedra pómez para, encima, vengarse de nosotros provocándonos escozor; pero hasta el momento nada de esto había ocurrido, por el movimiento con que limpió la navaja con el índice y luego echó la espuma en la bacía se veía que tenía práctica, me hizo volver la cabeza y se acercó aún más, mi nariz casi rozaba la dura pechera de su camisa y su rodilla, ligeramente flexionada, estaba en mi entrepierna, y con la misma energía rasuró entonces la mejilla derecha; pero, a pesar de la habilidad, pericia y quirúrgica seguridad del barbero, la piel permanece tensa y crispada y un temblor nos estremece la cara, porque ahora viene lo peor, el difícil terreno del mentón, el cuello, la nuez, aparte de que, mientras él blande la navaja, se nos ocurre que puede cortarnos nariz y orejas, ¡que no ha oído uno contar atrocidades!, de todos modos, mirando su cara desde abajo con ojos bizcos, la encontraba excesivamente blanda, a pesar del encanto y el vigor de la juventud, blandura que sólo podía percibirse desde esta perspectiva: en su piel, bajo la que se adivinaba una blanca capa de grasa, no había todavía ni asomo de vello rojo, nunca tendría que afeitarse, descubrí con satisfacción, será lampiño como un castrado; también veía unas grandes fosas nasales y una boca carnosa y voluntariosa -se mordía el labio inferior mientras me apuraba la barbilla con pequeños movimientos-, dentro de unos años tendrá papada, pensé, su cuerpo robusto tenderá a engordar, el sobrepeso le hará respirar con dificultad, y mientras, con un voluptuoso cosquilleo en la garganta, esperaba que me tirara de la piel de la nuez y pasara limpiamente la navaja por esta zona de peligro; sin que él se diera cuenta, levanté la mano, esperé a que aplicara la navaja y entonces, como impulsado por el miedo, sin mover cabeza ni cuerpo, oprimí el prieto muslo.
El liso paquete de músculos era duro e increíblemente fuerte, mientras que mi mano parecía débil y flácida, como si su gesto fuera inútil, no sólo porque no detectaba ni un ápice de su naturaleza interior, sino porque incluso la superficie parecía ajena al contacto, como si lo que yo palpaba fuera sólo la envoltura, el blindaje, un caparazón duro e insensible; debí imaginármelo, si hubiera sido capaz de pensar, tan imposible era detectar una reacción en su carne como en sus ojos, su boca o los rasgos de su cara que ahora se inclinaba sobre la mía, ni turbación, ni aceptación, ni rechazo: la cara, la piel y los músculos seguían tan indiferentes como hasta ahora, y también sus movimientos; así que era yo el que pugnaba por vencer aquella terrible indiferencia, era yo el que reaccionaba respecto a él y no a la inversa, él ni sentía nada ni parecía entender nada.
Generalizar parece siempre una tontería, no obstante, debo decir que nunca, ni antes ni después de aquello, he hecho un movimiento más inútil.
Pero tenía la impresión de que al hacerlo había llegado a la cúspide o al fondo de mis extrañas inclinaciones.
No podía retirar la mano, en cualquier caso, el gesto no podía borrarse, por otra parte, no sentía absolutamente nada, aun estando mi mano donde estaba, él seguía rasurándome el cuello impávido, como si el contacto fuera puramente producto de mi imaginación, del que él, naturalmente, nada podía saber.
Yo no hubiera tenido nada que objetar si por casualidad entonces él me hubiera degollado.
La navaja hubiera seccionado el delicado cartílago con un crujido apenas audible.
Yo no podía cerrar los ojos, seguía esperando una señal delatora.
Para sacudir en la bacía la espuma que recogía con los dedos, él tenía que ladear el cuerpo y así fue como apartó el muslo de mi mano.
La mano abandonada, apéndice ridículo de mi cuerpo, quedó suspendida en el aire.
Él sumergió la esponja en el agua, me echó la cabeza hacia atrás y me lavó la cara.
Por fin pude cerrar los ojos.
– Este hotel se está poniendo imposible, señor -dijo en la oscuridad.