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Pero por impecable que sea nuestra entrada, siempre entraña algo desagradable, que percibimos como un obstáculo insuperable o como una viva confusión, a veces es el propio cuerpo, su forma y aspecto, aunque lo hayamos envuelto con esmero en el vestido; cuando buscamos nuestro sitio entre los demás, con el temor de no encontrarlo, de pronto este cuerpo nos parece desgarbado, feo, francamente repulsivo, con las extremidades muy cortas o muy largas, precisamente quizá porque deseamos aparecer simpáticos y atractivos, cuando no perfectos; pero quizá la causa de nuestro cohibimiento no sea el cuerpo, sino el traje, que no hemos sabido elegir, que no nos favorece, que está pasado de moda o demasiado a la moda, un cuello que nos asfixia, una corbata chillona, unas mangas estrechas, la sisa que tira, la costura del pantalón que se mete entre las posaderas, por no hablar de las funciones físicas que suelen manifestarse ostentosamente en tales momentos: el sudor que nos humedece la frente, el labio superior, la espalda y las axilas, la afonía que nos quiebra la voz, las manos que se quedan frías y viscosas o el intestino que se rebela contra las normas de la buena educación, y empieza a roncar o desea expulsar, precisamente ahora, el gas fétido de una digestión nerviosa; y, naturalmente, siempre hay entre la concurrencia alguien cuya sola presencia nos excita, una persona a la que nosotros, olvidando toda prudencia, deseamos manifestar inmediatamente nuestros sentimientos hostiles o afectuosos, pero, en cualquier caso, elementales, y que debemos reprimir, al igual que la ventosidad maloliente, ya que el juego consiste en no exteriorizar nada que sea auténtico, sólo lo falso puede expresarse con el mayor desparpajo.

Quizá lo bueno de la situación sea que no nos deja tiempo para reflexionar sobre estas incongruencias, porque inmediatamente hemos de empezar a hablar, con una sonrisa en los labios.

Es como si te colocaran en el trasero una pera de considerables proporciones que tienes que sujetar con el esfínter, sin aspirarla ni expulsarla: confieso que esto siento yo en público y me consta que no soy el único, ya que por el agarrotamiento de la parte inferior del tronco puede detectarse el proceso en otras personas, reconozco que la imagen es poco elegante, por mucho que estemos curados de espanto.

Mientras seguía al mozo de comedor -que también llevaba librea verde- que me acompañaba a mi sitio, poco faltó para que me quedara clavado en el suelo de estupefacción, al ver sentadas a la mesa a las dos señoras que venían conmigo en el tren.

Pero tampoco había tiempo para la estupefacción, porque mis dos vecinos de mesa empezaron a hablarme mientras me sentaba, y también tenía que mirar a los demás, lo que significaba que antes de volverme hacia la comida debía presentar mi cara a la minuciosa observación de la concurrencia, un momento crucial.

El hombre que estaba a mi derecha, cuyo aspecto me fascinó inmediatamente -pelo gris, piel tersa y bronceada, cejas negras y muy pobladas, grueso bigote sobre unos labios carnosos y brillantes, ojos oscuros y sonrientes- y me hizo desear haberme sentado frente a él y no a su lado, me preguntó con acento extranjero si había llegado la víspera, durante aquella espantosa tormenta; en el primer momento me pareció que me hablaba en un dialecto desconocido, y hasta que siguió hablando, para decir que, por culpa de las tormentas, todos llevaban tres noches sin dormir, porque el temporal, en la costa -en la montaña era distinto, lo sabía por experiencia-, es causa de irritabilidad y trastornos nerviosos, a él, sin ir más lejos, le provocaba crisis de cólera, no descubrí que no me hablaba en su lengua materna: no utilizaba correctamente los tiempos de los verbos.

– ¡Tanto más agradable es, por la mañana, al levantarse, ver un cielo tan maravillosamente azul! ¿No es fabuloso? -dijo entonces mi vecino de la izquierda con voz potente y la boca llena, y, gesticulando delante de mi nariz con una gamba ensartada en el tenedor, agregó que no interpretara mal lo que iba a decirme, que no tenía nada contra la cocina de la casa, al contrario, era fabulosa, fantástica, pero que él era partidario de los placeres culinarios sencillos, nada de salsas, nada de especias y que me recomendaba que lo imitara en esto y, si quería probar algo realmente exquisito, que siguiera su ejemplo: estaban frescas, carnosas, crujientes, aromáticas y, cuando les hincabas el diente, ¡fabuloso!, sentías en la boca todo el sabor del mar.

Exquisito, fabuloso, repitió, aunque me dio la impresión de que no me hablaba a mí sino al bocado que estaba masticando, porque, por diligencia y entusiasmo que pusiera en consumir los manjares por delectación con que masticara, triturara y saboreara la comida, parecía que no llegaba a satisfacer plenamente las ansias de su lengua y quería cerciorarse de lo que sentía, mejor dicho, de lo que no llegaba a sentir tanto como él deseaba, y tenía que corroborar su placer con vehementes comentarios; en su plato, en los varios platos que tenía delante, se amontonaban pieles, caparazones, huesos y espinas, y no tardé en observar que, a pesar del celo francamente cómico que desplegaban los camareros, no dejaban de producirse percances: algo que se derramaba, volcaba, salpicaba o goteaba; como no paraba de moverse, continuamente le resbalaba la servilleta del cuello al estómago o a las rodillas, y a veces había que ir a rescatarla debajo de la mesa, y tenía migas no sólo en el mantel sino también en la negra perilla, teñida, sin duda, en las anchas solapas del chaqué y en la corbata, mucho menos que inmaculada, pero él no se preocupaba de las migas, sólo de los pequeños accidentes; por ejemplo, si escapaba del cuchillo un trozo de jugosa carne, esbozaba un ademán de disculpa, y seguía hablando sin parar; hablaba con la misma fruición con que masticaba y se relamía, mientras la nuez le subía y bajaba, y mantenía crispada, sin apenas sonreír, su cara ajada y pálida, en la que unos ojos hundidos parpadeaban nerviosamente, casi asustados, en sus oscuras cuencas.