– Yo no pensaba denunciarte -dije en voz baja, pero él ni volvió la cabeza-, y aunque te denunciara, podrías negarlo, decir que hablabas de tu perro, aunque no te sería fácil explicarlo, realmente, hubieras podido referirte a vuestro perro.
Mi susurro no era más perceptible que el vapor que mi aliento formaba a la fría luz; cada palabra mía rozaba su cara inmóvil; yo no hubiera podido actuar con más habilidad: me reservaba una posibilidad, que no pensaba utilizar y, en lugar de lanzarle una velada amenaza, le ofrecía una salida por la que él podía escapar de la red en la que yo hubiera podido apresarlo; ahora bien, ello presuponía que yo estaba convencido de que hubiera debido denunciarlo realmente; sólo entonces hubiera podido mostrarme duro y fuerte; quizá aún lo hiciera; más bajo ya no podía caer; ya no sabía de lo que sería capaz, estaba fuera de mí, pero bajo, muy bajo.
Nada era más importante que el aliento que yo exhalaba y que rozaba su piel -las palabras eran insignificantes-, pero tampoco esto parecía suficiente, porque su mirada seguía ausente, él no parecía comprender lo que yo pensaba.
– ¡Ni se me ha pasado por la cabeza, créeme!
Por fin se volvió hacia mí y vi que la suspicacia desaparecía poco a poco de sus ojos.
– ¿De verdad? -preguntó también en un susurro, y sus ojos estaban claros y transparentes, como a mí me gustaban: «de verdad» dije con énfasis, sin saber apenas a qué se refería esta respuesta, porque al fin me había aceptado, ya no tenía que disimular, sentí cómo también mi mirada se despejaba, y esto era lo más importante; «¿de verdad?», volvió a preguntar, pero ahora ya no con desconfianza, sino como el que quiere cerciorarse de su amor, y estas palabras me acariciaron la boca como gotas de rocío; «de verdad, de verdad que no», susurré a mi vez, y entonces nos miramos quietos y callados, muy cerca uno de otro, tan cerca que apenas tuve que mover la cabeza para rozar su boca con mis labios.
Mi madre, que había salido del hospital hacía tres días, tenía que guardar cama y, tan pronto como Kristian desapareció entre los matorrales y me quedé solo, de pronto, me acordé de ella y la vi acostada en su ancha cama, con su brazo desnudo extendido hacia mí.
Aún sentía sus labios en los míos, las grietas de la piel, su boca blanda, su aliento que me invadía, aún sentía el leve temblor de sus labios que se abrían bajo mi boca cerrada, la lenta exhalación que me envolvía y la profunda aspiración que sus labios absorbían de mí, pero, a pesar de que el hecho parece desmentirme, no creo que pueda llamarse a eso un beso y no sólo porque nuestros labios apenas se habían rozado, ni tampoco únicamente porque el contacto de nuestros labios fuera para los dos la revelación de unos instintos, cuya llamémosle utilidad amatoria ninguno de los dos podía conocer todavía con exactitud, sino principalmente porque en aquel momento mi boca no era más que el último medio de que disponía para convencerle, el último mudo argumento; en cuanto a él, su aliento se había llevado su miedo y el mío le había insuflado seguridad.
En realidad, ni sé cómo nos separamos, porque aquel momento abarcaba una inmensidad de tiempo, en la que me entregué por completo a saborear la sensación que me producían sus labios y la respuesta que percibía en su aliento; pero no pretendo dar a entender que en nuestro contacto o en nuestras palabras no hubiera sensualidad, sería ridículo negarlo, porque la había, y mucha, pero era una sensualidad inocente, e insisto en que estaba exenta de la natural intención que los adultos ponen en el beso, nuestras bocas, inocentemente y con exclusión de todo lo ocurrido y por ocurrir, se concentraban en aquello que dos bocas pueden intercambiar durante una fracción de segundo, satisfacción, consuelo y absolución, y entonces debí de cerrar los ojos, ya que nada externo importaba; de todos modos, al pensar en ello no puedo sino preguntarme qué más puede haber en un beso.
Cuando abrí los ojos, él ya estaba hablando.
– ¿Sabes dónde viven las liebres en el invierno?
A pesar de que su voz era ahora más grave y ronca que de costumbre, no había en ella ni asomo de tensión, hacía la pregunta con la mayor naturalidad, como si la liebre, en lugar de cruzar el prado hacía minutos, acabara de pasar en aquel momento, como si desde entonces no hubiera sucedido absolutamente nada, y mientras yo contemplaba su cara, sus ojos, su cuello, aquella imagen repentinamente lejana sobre el fondo de frondas y ramas desnudas que se recortaban en un cielo luminoso y opal, al instante debí de comprender que había cometido un error irremediable, porque aquella pregunta en modo alguno significaba que él, en su natural confusión, tratara de refugiarse en un tema indiferente; ni en su mirada, ni en sus facciones, ni en su actitud se advertía la menor confusión, sino que mantenía con fría seguridad su habitual aire aristocrático y sereno; quizá, liberado de sus temores por el beso, había vuelto a hacerse inasequible, lo que no significa ni mucho menos que se mantuviera indiferente o ajeno a los acontecimientos, al contrario, estaba atento a las circunstancias del momento, tanto el pasado como el futuro quedaban borrados, lo que hacía que pareciera hallarse fuera de su existencia corporal, ausente, en tanto que yo siempre estaba prisionero de las cosas pasadas, un solo momento importante podía despertar en mí tanta pasión y tanto dolor que no me dejaba tiempo para el siguiente, por lo que también yo estaba ausente, pero de otro modo; no podía seguirle.
– No tengo ni idea -murmuré de mala gana, como el que ha despertado bruscamente.
– Quizá viven en madrigueras.
– ¿En madrigueras?
– ¡Con una buena trampa, se podría pillar a toda una familia!