Entonces, con voz alterada por la emoción, el dueño del hotel comunicó a la concurrencia que el conde Stolberg había fallecido.
Yo me quedé mirando fijamente las gambas que tenía en el plato, quizá todos mirábamos algo fijamente cuando él se paró delante del servicio intacto que estaba enfrente de mí y retiró la bufanda del respaldo, yo lo vi a pesar de estar mirando al plato.
– Bien, je ne prendrai pas de petit déjeuner aujourd'hui -dijo en voz baja, y agregó algo que no parecía propio del momento-: Que diriez-vous d'un cigare?
Yo lo miré un poco cortado, porque no sabía si me hablaba a mí.
Pero me sonreía, y me levanté.
El año de los entierros
Yo no podía llorar, quizá había llorado por última vez en el entierro de mi madre, hacía año y medio, cuando los helados terrones caían sobre el ataúd con golpes tétricos, retumbando en mi cráneo abierto, en mi estómago y en mi corazón, destruyendo la paz interior de mi cuerpo, ignorada hasta entonces, revelándome brusca e inesperadamente la miseria de mi existencia física.
Y si hasta aquel momento ni la agitación, ni el miedo, ni la alegría habían podido turbar mi paz oscura e inconsciente, en adelante ocurriría lo contrario; todo lo que llamamos hermoso o feo, color, forma, proporción y apariencia, dejó de tener significado, a pesar de que el estómago, en alerta permanente, seguía digiriendo la comida que entraba a la fuerza, el corazón latía con precaución, ya que había que seguir bombeando la sangre, los intestinos gruñían, roncaban y se vaciaban desabridamente, la orina ardía, el puro dolor de ser cuerpo vivo quería escapar con el aliento, no podía, y se quedaba en los pulmones, oprimiéndolos, porque no había manera física de expulsar la angustia sorda y profunda del alma por la respiración, y yo me oía aspirar como si cada bocanada de aire fuera mi último suspiro; sentía asco de mí mismo, y mientras cada nervio trataba de descubrir lo que estaba ocurriendo y lo que aún podía ocurrir dentro de mí, aparentemente permanecía tranquilo e insensible, incluso indiferente, a lo que ocurría a mi alrededor y, naturalmente, no podía llorar.
A pesar de todo, de vez en cuando me acometía un hipo, como si me subiera una flema a la garganta, y entonces sentía la ingenua esperanza de que el calor benéfico de las lágrimas pudiera hacerme volver a Ia feliz inconsciencia de la niñez, donde para el consuelo basta la tierna fuerza de un abrazo, sólo que a mí me faltaba ese calor envolvente y, en lugar de llorar, me quedaba yerto y frío, pero ni aunque alguien hubiera estado observándome lo hubiera notado, porque la sensación duraba poco y no salía al exterior.
De todos modos, no dejaba de complacerme mi aislamiento, por lo menos no incordiaba a nadie con mis dolencias físicas y mis angustias.
La tarde de la que ahora, cerca ya del fin de mi relato, deseo hablar, yo estaba echado en la cama; si tuviera que definir con una palabra el estado de la espera de la muerte, diría silencio, un silencio lúgubre, como el que había en casa aquel anochecer de diciembre, nublado y quieto, la hora y el tiempo más afines a mi estado de ánimo ya que la luz del sol me producía el mismo agobio que mi propio cuerpo y que la oscuridad total, sólo el crepúsculo me aliviaba un poco; en aquella casa que ahora me parecía extraña estaban todas las puertas abiertas, las luces apagadas y los radiadores tibios -ya no quedaba carbón-, en el lejano comedor sonaba a intervalos en el silencio la voz potente de la tía Klara, que hablaba tenazmente a la abuela, sin recibir respuesta -desde que mi padre había ingresado a mi hermana en una institución de Debrecen, la abuela había enmudecido por completo-, y aunque a aquella distancia yo no distinguía ni prestaba atención a las palabras, mi oído percibía su cadencia, que me recordaba la de la voz de mi madre, y me parecía que aún subsistía en el ambiente algo conocido y familiar para un oído ingenuo. Era el veintiocho de diciembre de mil novecientos cincuenta y seis, recuerdo exactamente la fecha porque al día siguiente, veintinueve de diciembre de mil novecientos cincuenta y seis, enterramos a mi padre.
Cuando sonó el timbre por segunda vez, oí pasos, una puerta que se abría y voces, y entonces, para que nadie se diera cuenta de lo poco que me interesaba quién hubiera venido ni qué pudiera ocurrir ahora, me levanté de la cama; en la puerta de mi habitación estaba Hedi Szán.
Para hablar con más propiedad, tendría que decir que allí estaba una criatura extraña, con unos brazos demasiado largos, una figura humana iluminada por el resplandor del crepúsculo que se reflejaba en las paredes blancas, una niña disfrazada de mujer, una niña asustada que apenas recordaba a la deslumbrante Hedi de antaño, la que sí era toda una mujer.
El abrigo era de su madre, una antigualla con cuello de piel, recuperada de algún baúl impregnado de naftalina, pero daba la impresión de que todo lo que llevaba puesto se lo habían dado, parecía agotada, o quizá sólo necesitada de sueño, su pelo, su fabulosa melena, aquella ondulante catarata de oro en cuya fragante masa yo hundía los dedos con voluptuosidad, era ahora un material indefinible e incoloro que enmarcaba una cara entumecida por el frío, y tiritaba, atemorizada, como el que, sin saber cómo, se encuentra en un trance apurado; quizá sólo estaba como todo el mundo aquellos días.
Pero a mí no me preocupaba su hermosura perdida, quizá sólo imaginada, ni me intrigaba el abrigo, a mí me dolía su mirada, su angustia, la ausencia de su sonrisa, a pesar de que yo le sonreía, porque no quería que notara mi propio sufrimiento, no deseaba su conmiseración, aquel triste afán, aprendido de los mayores, de olvidar el propio dolor, tratando de compartir el dolor ajeno.
Sentí que todo mi ser se retraía y sublevaba, porque sabía a qué venía.
A pesar de todo, había en su aspecto un detalle de un carácter práctico que reconfortaba: llevaba botines y gruesos calcetines de lana doblados sobre el tobillo.
Me saludó, y sin duda respondí al saludo, no sé, sólo conservo el recuerdo de mi propia sonrisa forzada, porque traté de sonreírle con la alegre despreocupación de antaño, como si desde entonces nada hubiera ocurrido y nada pudiera ocurrir mientras ella y yo reconociéramos esa sonrisa; dimos unos pasos el uno hacia el otro, y nos paramos, indecisos, era incómodo asumir unos papeles que nos recordaban tantas cosas: eran muchos los muertos; entonces, tratando de sortear obstáculos, yo me reí y le dije que me alegraba mucho de que hubiera venido, porque no nos habíamos visto desde el entierro de mi madre.
Mi risa acabó de asustarla, y quizá vio en mi frase un amargo reproche, sus grandes ojos se llenaron de lágrimas -¡quién sabe cuánto tiempo llevaban acumulándose!-, pero para no llorar, y también para atajar mis frases hirientes, echó la cabeza hacia atrás con altivez, y su pelo se movió casi como en los viejos tiempos; no, dijo, no venía por eso, no era tan estúpida, no quería que me enfadara, aunque tampoco sabía qué decirme, sólo quería despedirse de nosotros, dijo textualmente de nosotros, y agregó que se había presentado una buena oportunidad, que al día siguiente una persona las llevaría a las dos hasta la ciudad fronteriza de Sopron por una suma relativamente razonable y que, una vez allí, ya verían, y se encogió de hombros; también había estado en casa de Livia y de la tía Hüvös, pero en casa de Livia no había nadie y por eso quería pedirme que le dijera, ¿qué?, pues nada, sólo que había estado aquí y que se iba; había venido cruzando el bosque, pensando en pasar por casa de Kálmán, y aquí calló bruscamente y se quedó esperando, en actitud interrogativa y suplicante, para que yo le confirmara lo increíble, pero deprisa, porque tenía que regresar a casa antes del toque de queda.
Desde el momento en que, luchando por contener las lágrimas, había empezado a hablar, farfullando atropelladamente trivialidades, sin aludir ni con una palabra a aquello que más profundamente nos conmovía a los dos, como si quisiera protegernos, se había transformado por completo y ahora volvía a ser la de antes, no hermosa pero sí fuerte, y tal vez era esto lo que entonces nos parecía hermoso en ella.