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Y estas dos palabras contradictorias, que ahora me venían a la mente con tanta claridad, me dieron la clave para descifrar mis sentimientos en la confusión que me asfixiaba, dos palabras cuyo peso, significado y definición política yo había descubierto precozmente gracias a los debates que mi padre mantenía con sus contemporáneos; para mí, en aquel momento, aquello era la revolución, no recuerdo el concepto que en su léxico político definía lo contrario, pero yo lo interiorizaba de un modo muy personal, como si una palabra fuera el cuerpo de él y la otra, el mío, como si él y yo, cada cual con su palabra, estuviéramos en las antípodas de una misma entidad; esto es una revolución, repetí para mis adentros, como si se lo dijera a él, y lo dijera con un oscuro afán de venganza, con malsana satisfacción, como si buscara desquitarme por todo, fuera lo que fuere, a lo que él no podría responder más que con el concepto opuesto; pero yo no tenía la sensación de haberme distanciado de él por esta causa, al contrario, su cuerpo, aquel pobre cuerpo, encorvado y roto desde la muerte de mi madre, aquel cuerpo que daba lástima, una lástima de una esterilidad desoladora, aquel hombre hundido, suspendido temporalmente de sus funciones desde junio último, a causa de su lamentable actuación en los procesos, pero que desplegaba una frenética energía y se había asociado a personajes sospechosos, desconocidos para mí, que se decían amigos suyos, aquel hombre lo sentía yo ahora, en nuestra incompatibilidad, tan próximo como aquel día en que, siendo niño, me acerqué a él mientras dormía y, movido por la curiosidad y también por la elemental necesidad de palpar nuestra similitud física, le puse la mano entre los muslos; pero ahora yo me mantenía frío y, a pesar de la sensación de proximidad y de identificación física, había diferencia entre nosotros; yo marchaba con gentes a las que apenas conocía pero que, no obstante, me inspiraban un sentimiento fraternal, porque significaban para mí lo mismo que Kristian, el hijo del soldado desaparecido, Hedi, la hija del deportado, Livia, que vivía de las sobras de la cocina de la escuela, Prém, cuyo padre era un fascista borracho, Kálmán, que, por ser hijo de un panadero independiente, era considerado enemigo del pueblo y hasta lo mismo que Maja, con la que registrábamos los papeles de nuestros padres, en busca de pruebas de traición; cegados por la ingenuidad y la credulidad, nos habíamos sumergido en la ciénaga de la época, algo que te marcaba profundamente, pero había que tratar de borrar la marca, y por eso yo marchaba con ellos, y sufría por ellos, porque en las caras de los amigos de mi padre había visto qué era lo que podían esperar, y también temía el efecto que pudiera causar en el cuerpo maltrecho, convulsionado y febril de mi padre aquella marea que ahora me arrastraba, pero ya no podía ni quería seguir reprimiendo mis sentimientos.

Avanzábamos con apreturas, cuerpo contra cuerpo, hacia el bulevar.

Yo estaba habituado a definirme por medio de conceptos -los rigurosos conceptos morales de mis abuelos que regulaban las emociones y las pasiones de modo que se ajustaran a su forma de vida burguesa y puritana, y los más difusos conceptos ideológicos y políticos de mis padres-, era éste un ejercicio que reflejaba la clase de educaron que había recibido, y era natural que el proceso de autodefinición por el que, en medio de esta multitud, yo trataba de separarme e mi padre, romper con él para siempre, me hiciera sentirme otra vez niño, porque mi temor por él, la necesidad infantil de identificarme con él y comprenderlo, resultaban un vínculo más fuerte, ya que en definitiva era con sus conceptos de mí con los que yo tenía que justificar mi presencia aquí, ahora, en esta multitud -¿o sería, acaso, nuestro dolor compartido por la muerte de mi madre?-, y cuando superado el atasco echamos a correr para unirnos a los que marchaban delante -un imperativo elemental de la masa es el de cerrar filas-, la cartera y la tablilla de dibujo que me golpeaban las piernas, y la escuadra, que continuamente resbalaba, me restaban algo de fervor revolucionario, como si me recordaran mi situación de dependencia y sumisión, para hacerme comprender que allí no se me había perdido nada: esto era lo que me parecía oír a cada golpe de la cartera, a cada movimiento de la escuadra, como si tuviera que irme a casa aunque no fuera más que para liberarme de estos molestos objetos, ¡no hay que desfallecer!, me decía para animarme, yo iba en la buena dirección, me repetía en medio de aquellos que, al parecer, no estaban entorpecidos por estos escrúpulos, al otro lado del puente de Margit tomaré el tranvía, me decía, a pesar de que estaba seguro de no encontrarlo en casa.

Con estas reflexiones, me tranquilizaba saber que mi casa estaba en las afueras, por encima de la ciudad, lejos de este terreno que se estaba poniendo cada vez más peligroso, también por lo que a los sentimientos se refería.

Yo no me equivocaba, no reapareció sino al cabo de una semana, hasta entonces nos tuvo sin noticias, ni una llamada telefónica, dije a Melchior, nada.

También fue por la tarde, ya empezaba a oscurecer, le conté, yo estaba con Kristian en la verja, era el veintiocho o el veintinueve, hablábamos de la composición del nuevo Gobierno, ¡no!, yo llevaba un pan en la mano, porque aquel día habían vuelto a hacer pan, el domingo la panadería de Kálmán había cocido pan y Kristian me contaba riendo cómo había conseguido llegar a casa desde Kalocsa, y con su risa llenaba las pausas en las que evitábamos hablar de Kálmán; el año antes, después de mucho batallar, había conseguido ingresar en una academia militar: siempre fue su mayor deseo ser oficial como su padre, en Kalocsa acababan de empezar las maniobras de otoño cuando, en plena puzsta, los habían mandado a casa, tal como estaban, de uniforme, y él se reía, cada cual podía ir a donde quisiera, naturalmente, habían tenido que librarse del uniforme porque la gente los tomaba por agentes de la Seguridad del Estado, cuando de pronto dijo, sorprendido, ¡ahí está tu padre!, que, efectivamente, saltaba la cerca entre los arbustos, por la parte posterior, donde el jardín lindaba con la zona prohibida.