Kristian se despidió, confuso y turbado por su confusión, ¡bueno, adiós!, dijo con una última carcajada, comprendí que no quería ser testigo de aquella llegada clandestina, desapareció rápidamente en el crepúsculo, y aquélla fue la última vez que lo vi, mientras mi padre subía hacia la casa, pero sin cruzar el césped, sino dando un rodeo por entre los arbustos que rodeaban el jardín y bajo unos árboles; por un ligero movimiento de su cabeza, comprendí que me había visto, pero ahora se me apareció de un modo totalmente distinto a como lo había imaginado durante aquellos días de angustiada espera, alguien me había dicho en cierta ocasión que las cosas siempre resultan distintas de como uno las teme o las espera; llevaba una ropa que no era suya, una gabardina y, debajo, un traje de verano, de hilo crudo, ajado pero no roto, arrugado y sucio de barro, lo que era extraño, porque no había llovido en toda la semana; aunque estaba sin afeitar, yo hubiera dicho que parecía tranquilo, de no ser porque una agitación interna, que no podía ser ni de acoso ni de miedo, daba elasticidad y ligereza a su cuerpo; vi que estaba más delgado todavía, quizá eran el nervio y la agilidad de la fiera salvaje lo que le daba aquel aire tan extraño.
El traje de verano fue lo primero que tocaron mis manos, antes de que él pudiera darme un beso, fue un movimiento involuntario y ni aún hoy he podido comprender cómo la mirada es capaz de distinguir un traje de verano de todos los demás trajes de verano con absoluta seguridad, cómo pude yo saber que había vuelto a casa con el traje que llevaba János Hámar la primavera del año anterior, cuando se presentó en casa recién salido de la cárcel, el mismo que tenía puesto el día en que, en la puerta de la Oficina de Reparaciones, dos desconocidos le obligaron a subir a una limusina con cortinillas negras, el mismo traje con el que, cinco años después, se arrodilló junto a la cama de mi madre -por lo tanto, tenían que haber estado juntos, o bien János le había prestado el traje, le había ayudado, le había escondido, quizá había luchado con él en aquel grupo armado que mi padre había organizado meses antes con sus amigos-, y mientras yo trataba de vencer mi aversión a aquel traje, dije algo sin pensar que hizo que él me diera dos bofetadas, con soltura y precisión, fríamente, y a punto estuve de caer al suelo, pero eso te lo contaré después, dije a Melchior, ahora aún no lo comprenderías.
Yo hablaba a los ojos de Melchior.
El cubría con una mano la mano con la que yo me sostenía y con la otra se colgaba de la correa del tranvía; la manga del anorak nos cubría la cara y las manos, que hubieran delatado a los ojos de los pasajeros nuestro amor prohibido; teníamos las caras muy juntas, sentíamos nuestro aliento, pero yo no hablaba a su cara ni a su entendimiento sino a sus ojos.
Pero al recordarlo me parece que no hablaba a un par de ojos sino a uno solo, enorme, atento, maravilloso, que de vez en cuando tenía que parpadear, para esconder rápidamente tras las pestañas el destello de la comprensión, para reposar, aguardar, almacenar; el temblor de la bella curva del párpado denota inseguridad y duda y, con su insistente movimiento, me insta a prescindir de detalles; él desea una visión de conjunto, ya que de lo contrario tendría que asimilar demasiadas cosas a la vez, no sólo imaginar a personas desconocidas, orientarse en lugares extraños y situar fechas imprecisas, para seguir un relato personal y, por lo tanto, sesgado, de hechos que hasta entonces él conocía por descripciones históricas de carácter general, sino que, además, tenía que habérselas con mis deficiencias lingüísticas para deducir, de palabras mal aplicadas y mal pronunciadas, lo que yo pretendía decir.
Aún era verano, dije, quizá tres semanas después de que lo suspendieran de sus funciones, expliqué, cuando un domingo por la mañana nos visitaron por lo menos treinta personas, la calle estaba Ilena de coches, todos eran hombres, sólo había una mujer y acompañaba a su padre, un anciano de cara agria y demacrada, que no hacía más que mecerse en silencio sobre las patas traseras de la silla y, sólo una vez, en que su hija fue a hablar, salió de su pasividad y se volvió hacia ella para imponerle silencio con un ademán.
Yo aproveché un pequeño incidente familiar para colarme en el despacho de mi padre, en el que los visitantes -evidentemente, todos ellos viejos conocidos que mantenían una de sus frecuentes reuniones- fumaban formando pequeños grupos mientras discutían con vehemencia o, simplemente, charlaban; mi padre había salido para pedir a la abuela que hiciera café, pero en la cocina estaba también el abuelo y, antes de que ella pudiera responder con un «sí» forzado, con aire ofendido, el abuelo, rompiendo un silencio de seis años, observó secamente, rojo de la asfixia que le provocaba la cólera, que, sintiéndolo mucho, la abuela no tenía tiempo, ya que, como de costumbre, se iba a la iglesia y que, si quería ofrecer café a sus invitados, lo hiciera él.
Mi padre, que había hablado como si se dirigiera a su secretaria, no estaba preparado para esta respuesta, tanto menos por cuanto que el abuelo le negaba este favor en nombre de la abuela, por parecerle intolerable entrar en contacto con aquella gente: está bien, muchas gracias por la gentileza, farfulló mi padre, y cuando regresó rápidamente a su despacho, blanco de ira, no se dio cuenta de que yo le seguía, o quizá después de aquella escena le era indiferente mi presencia.
Por si acaso, yo me situé al lado de la puerta que daba a mi habitación, junto a la que, un poco incómoda y violenta, con la espalda apoyada en el marco, estaba la muchacha, que llevaba un bonito vestido de seda estampado en tonos oscuros.
Por su paso enérgico y rígido a la vez, por la forma en que encogía un hombro, por el mechón de pelo que le caía en la frente, quizá también por la determinación con que cruzaba por entre los reunidos, envueltos en una espesa nube de humo, se adivinaba que le movía un propósito extraordinario, algo que quizá había decidido hacía tiempo; apartó el sillón, sacó del bolsillo la llave del escritorio, abrió el cajón, pero entonces como si de pronto se sintiera indeciso o quisiera recapacitar, no sacó nada de él sino que, lentamente, se dejó caer en la silla y miró a los reunidos.
Este cambio de actitud y su mirada, que se extendió por toda Ia habitación como una vibración, hizo que unos enmudecieran o bajaran la voz involuntariamente y otros se volvieran a mirarle, terminaran la frase en voz alta, y luego prosiguieran en tono más bajo; él permanecía inmóvil, abstraído.
Entonces, con un movimiento que empezó lentamente y fue tomando velocidad, volvió a abrir el cajón, sacó un objeto, cerró el cajón con un puño del que asomaba el cañón de una pistola y dejó la pistola encima de la mesa con un golpe seco.
Un golpe, y silencio: un silencio compasivo, atónito, indignado.
Fuera, delante de las ventanas abiertas, los árboles estaban quietos, a intervalos regulares, se oía el siseo de los aspersores que regaban el césped.
De pronto sonó una risa nerviosa a la que se unieron otras varias, aunque vacilantes, entre ellas, la de un oficial joven, coronel, un hombre rubio de cara redonda y pelo cortado a cepillo, que, despacio, se levantó, se quitó la guerrera con galones de oro y, con una amplia sonrisa, la colgó cuidadosamente del respaldo de la silla; entonces todos empezaron a gritar a la vez, pero él se sentó tranquilamente y, en medio del griterío, empezó a subirse cuidadosamente las mangas de su camisa blanca.
Gritaban a mi padre que no fuera ridículo, que no hiciera teatro, le llamaban Köles, el alias que había utilizado en la clandestinidad, le daban a entender que comprendían sus sentimientos y simpatizaban con su gesto, pero no podían permitirse histerismos ni números de circo, debía conservar la serenidad.