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Después, debí de abrir la puerta sin prisa y, probablemente, dejar la cartera con suavidad en lugar de tirarla descuidadamente, no sonó un golpe en el suelo de mosaico ni se oyó un portazo, nadie advirtió mi llegada, tampoco subí corriendo la reluciente escalera de roble del vestíbulo; aunque yo no era consciente de ese extraño cambio, no podía sospechar que a partir de entonces me movería siempre con más cautela y sigilo, que sería más reposado, reflexivo y reservado, lo cual no me impediría tomar conocimiento de los hechos que ocurrieran a mi alrededor, pero sólo desde la perspectiva del extraño; las vidrieras del comedor estaban abiertas, por el leve tintineo de los cubiertos deduje que había vuelto a llegar tarde, la comida casi había terminado, lo cual no me interesaba lo más mínimo, porque en el vestíbulo habíí una penumbra y un calor muy agradables, por la vidriera esmerilada entraba un poco de luz de la tarde, el radiador crepitaba y gorgoteaba y los tubos parecían responder, como un eco, con un crujido metálico; yo debí de pararme un momento, al olor del asado de carne picada, mirándome en el viejo espejo de cuerpo entero, pero en aquel momento me interesaba más la alfombra rojo púrpura que mi cara y mi cuerpo, cuya oscura silueta se difuminaba suavemente en la plateada superficie.

Yo había comprendido, ¿y cómo no iba a comprenderlo?, que, al hablar de la trampa, él quería dejar entrever la posibilidad de compartir un pasatiempo, y sabía que lo que él pretendía, más que recibir una respuesta, era que yo me reprimiera y volviera a la forma habitual de nuestra relación o, incluso, hiciera una propuesta concreta para una empresa conjunta; naturalmente, ésta hubiera podido ser diferente, no teníamos por qué aferramos a la estúpida liebre, mientras se tratara de algo que exigiera fuerza y destreza, que se ajustara a nuestra idea de lo que era propio de hombres; pero a mí aquel ofrecimiento, hecho con conciliadora gentileza, me parecía no ya pueril sino ridículo, después de lo ocurrido, y no sólo porque tal actividad no era propia de nuestra edad, sino porque su infantilismo delataba ya que no era más que un medio de defensa buscado con precipitación para no pensar en lo que acababa de ocurrir, es decir, era una cortina de humo, una evasión, una distracción, lo cual a fin de cuentas hubiera resultado una solución mucho más sensata que todo lo que yo hubiera podido intentar en tal situación, sólo que, en aquel momento, lo que menos deseaba yo era sensatez; la alegría por mi absolución dimanaba de mí como algo tangible, parecía extenderse formando olas concéntricas, como buscando algo que viniera a mi encuentro, pero yo no deseaba sino mantenerme en este estado, un estado en el que el cuerpo se entrega a todo lo que es instinto, sensualidad y pasión, y, liberado de estas energías, se siente ingrávido, deja de ser un peso; quería prolongar aquel estado, hacerlo extensivo a todos los momentos del futuro, es decir, traspasar todas las barreras, la costumbre, los convencionalismos de la educación y el decoro, todo lo que nos roba nuestros momentos cotidianos y nos impide comunicar las más profundas verdades de nuestro ser, de tal modo que no estamos nosotros en el tiempo, sino que el tiempo ocupa nuestro lugar, y vacío, como es de rigor; y mientras, azorado e incapaz de hablar con voz normal, me obstinaba por apresar el momento, advertía que nada de aquello llegaba hasta él y que, a fin de permanecer sereno y tranquilo frente a ese anhelo desbordante, seguramente recurría a todas sus energías, ya que era como una pared lisa en la que todo lo que irradiaba de mí se estrellaba y rebotaba, y, en lugar de alcanzarlo a él, me envolvía a mí en una especie de nube que, a pesar de todo, me protegía porque era de mi misma esencia; pero aunque yo me mecía gratamente en ese fluido, sabía que el menor descuido podía destruirlo, bastaría una palabra dicha en voz alta para que la radiación del cuerpo se esfumara en el aire como el vapor de nuestro aliento; él me miraba a los ojos, no veíamos más que nuestros ojos, y, sin embargo, él seguía alejándose mientras yo permanecía en el mismo sitio porque allí quería estar, precisamente allí y tal como estaba, porque sólo en aquel estado de ofuscada entrega me sentía yo mismo, más aún, por primera vez percibía toda la magnificencia, toda la belleza y toda la peligrosidad de los sentimientos que bullían en mí, éste era realmente yo, yo, no aquella vaga silueta de una cara y un cuerpo que reflejaba el espejo; yo no podía menos que percibir su distanciamiento, primero, aquella fugaz consternación que, contra todos sus propósitos y autodisciplina, se pintó en su cara, después, aquella tonta superioridad que se manifestó en una leve sonrisa, con la que, sobreponiéndose a la ternura provocada por la sorpresa, consiguió distanciarse hasta poder mirarme con una curiosidad incluso un poco compasiva, pero yo seguía callado y quieto; para mí, aquel silencio era, sencillamente, la plenitud, y estaba tan imbuido de mi propia importancia que no me afectó que de su cara se borrara hasta aquella sombra de sonrisa, que el silencio se hiciera claramente perceptible y que en aquel silencio volviera a oírse el bosque, el graznar de los cuervos, el crujido de ramas lejanas agitadas por el viento, el rumor del agua en las ásperas piedras y nuestra propia respiración.

– Puedes venir otra vez cuando quieras -dijo en voz más alta y aguda, lo cual podía significar cosas muy distintas y hasta contradictorias, ya que la forzada entonación parecía más reveladora que las palabras en sí, pues denotaba su turbación al comprender que no le resultaría tan fácil como él imaginaba sustraerse a mi influjo; era precisamente mi mutismo lo que le había obligado a decir una frase que, de otro modo, ni se le hubiera ocurrido, a pesar de que su tono daba a entender que ese ofrecimiento no podía tomarse en serio y, por lo tanto, yo no debía ni pensar en aceptar esta vaga invitación sino que, por el contrario, debía interpretarla como la amable indicación de que, a partir de ese momento, no debía pensar en volver a poner los pies en su casa; no obstante, la frase estaba dicha y aludía a la tarde en que su madre lo había llamado desde la ventana y yo tenía dos nueces en la mano.

– ¡Kristian! ¡Kristian! ¿Dónde estás, por qué me haces gritar tanto? ¡Kristian!

Estábamos debajo del nogal, la lluvia caía con suave rumor, la bruma del atardecer envolvía el jardín que el otoño teñía de rojo y amarillo, él tenía en la mano una piedra plana con la que había partido nueces y, como no acababa de enderezar el cuerpo, no se podía adivinar si de un momento a otro no me daría una pedrada en la cabeza.

– Aún no nos habéis robado la casa, ¿o sí? Mientras sea nuestra, te agradeceré que no vuelvas a poner aquí los pies, ¿entendido?

A pesar de que aquello no tenía nada de cómico, yo me reí.

– Esta famosa casa la robasteis vosotros a los que explotabais, y no es pecado robar a un ladrón, ¡porque los ladrones sois vosotros!

Transcurrió un tiempo mientras los dos sopesábamos las consecuencias de nuestras palabras, pero, por más satisfacción que nos causara decirlas, estaba claro que tanto su ira como mi serena alegría, nue me parecía insólita en mí, no eran sino manifestación de unos sentimientos de venganza y revancha por la multitud de pequeñas heridas que nos habíamos infligido durante la breve pero turbulenta época de nuestra amistad; desde hacía varios meses pasábamos juntos todas las horas del día, y era siempre la curiosidad lo que nos permitía vencer nuestras diferencias, nuestros choques eran la inevitable consecuencia de aquella proximidad, su reverso, aunque era en vano buscar ahora explicaciones convincentes, esta inesperada explosión nos había alejado tanto que ya no cabía la posibilidad de volver atrás y, por estúpido que pudiera parecer mi acto, no pude menos que soltar las dos nueces, que cayeron con un chasquido sobre las hojas mojadas, su madre seguía gritando y yo fui hacia la puerta del jardín con la satisfacción del que ha zanjado definitivamente una cuestión.