Los potentes haces luminosos de los focos sacaban de la bruma otoñal el edificio del teatro que parecía una monstruosa y deforme caja de cartón; cuando entramos en aquella cruda claridad, entre gentes que, deslumbradas y presurosas, acudían a tomar el yantar de la distracción y el olvido, me hubiera gustado decirle algo más, algo ingresante e ingenioso, para cerrar aquel paseo frustrado.
Sabes una cosa, dije sin pensar, porque con el recuerdo seguía deambulando por aquella plaza, la plaza de Karl Marx, que mi padre, fiel a la costumbre, seguía llamando plaza de Berlín, me ha quedado grabada en la memoria por otra razón, proseguí en un tono que quería ser indiferente, y es que de Ilkovits, una taberna de mala nota, salía un grupo de hombres y mujeres medio borrachos, y una prostituta veterana, al verme, se me acercó tambaleándose y yo, pensando que quería preguntarme algo, me volví hacia ella, servicial, pero la mujer se me colgó del brazo, me mordió una oreja y me susurró que si me iba con ella me la lamería con mucho gusto, gratis, porque debía de tener una pollita muy mona.
Y no le faltaba razón, agregué riendo, para que resultara más cómico todavía.
Él se paró y se volvió a mirarme, pero no sonreía, sino que me miraba con su expresión más distante.
Yo, confuso, seguí contando que la mujer había dicho que no era más que una puta borracha, no una dama distinguida, pero que no tuviera miedo, que ella sabía mejor que nadie lo que gusta a los caballeros jóvenes y simpáticos como yo.
La indiferencia de su expresión traducía desdén, y entonces, lentamente, me asió del codo y cuando su cara se acercó a la mía apareció una pequeña sonrisa, pero no en sus labios, sino en sus ojos, una sonrisa que no respondía a mi pequeña evasiva jocosa sino que reflejaba el decidido propósito de darme un beso en la boca aquí, en medio de la plaza iluminada, delante de la gente que entraba en el teatro.
Aquel beso cálido y suave arrastró consigo otros besos, en la nariz, los párpados que yo había cerrado involuntariamente, la frente y la garganta, como si, con aquel suave tanteo de sus labios, buscara algo; no creo que alguien se diera cuenta o, si acaso, que concediera al hecho toda la importancia que tenía, por lo que los transeúntes se perdieron un gran momento, luego, dejamos caer los brazos que, más que atraernos el uno al otro, nos mantenían a una distancia prudencial y nos miramos.
Yo había recuperado aquel ojo grande y único.
Y ahora él se rió, es decir, entre sus labios suaves brillaron sus dientes blancos, grandes y feroces, señaló hacia la puerta y dijo que no teníamos obligación de entrar.
No la teníamos, cierto.
También sin nosotros habría función.
Desde luego.
Y ahora, en medio de la gente que entraba en el teatro, aquel ojo expresó algo muy distinto.
Podría ser, dije.
Él me sonreía de un modo misterioso, afable y sereno, pero yo no entendí su sonrisa, porque no era la sonrisa habitual que yo amaba y odiaba; no obstante, tenía que obedecerla, me había rendido a ella, y él, quizá por primera vez en la historia de nuestra relación, me había tomado en serio.
Debía de haber descubierto algo de mi personalidad, no sé si algo aborrecible o adorable, con lo que hasta ahora no había contado o para lo que no había encontrado explicación hasta aquel momento.
Yo tenía la sensación de que quizá fuera preferible seguir escondiéndole mi cara con palabras.
Él no se movía del sitio, parecía que estuviéramos discutiendo.
Con su traje oscuro impecablemente cortado y las manos a la espalda por debajo del abrigo y el pecho ligeramente inclinado hacia adelante, me miraba entornando los ojos a la luz cegadora, como si acabara de asaltarle una grave duda.
Ahora la gente había empezado a mirarnos, pero se equivocaba.
Vámonos a casa, dije.
Él se encogió de hombros ligeramente y pareció que iba a echar a andar, pero yo no podía moverme del sitio.
Le dije que todo esto se lo había contado movido por un sentimiento de inseguridad y resignación, para que comprendiera por qué cuando estaba entre la multitud no había podido irme a casa, no era algo importante, pero ahora él lo comprendería.
Agregué que no quería decir más.
Él lo comprendía, naturalmente, lo comprendía, me respondió con impaciencia, pero no estaba seguro de si lo que había comprendido era lo que yo quería que comprendiera.
Hubiera sido fácil decir algo, cualquier cosa, para romper mi silencio atormentado, y sufría, porque quería hablar y no podía, pero tampoco tenía intención de desmentir lo que él había descubierto de mi personalidad y de lo que con tan ávida impaciencia se había apoderado, y esto me hacía comprender que debía contárselo todo; pero no me fallaba el idioma porque yo quisiera decir verdades fuertes, sino todo lo contrario, un pudor desconocido hasta ahora me impedía describirle aquellos simples sucesos, un pudor muy íntimo, más fuerte que el de la desnudez corporal, me amordazaba, porque todas las vivencias personales de las que hubiera podido hablar, contempladas con la perspectiva de los años, parecían insignificantes, tontas, ridículas, en comparación con hechos a los que el silencioso recuerdo histórico ha dado empaque de tragedia.
Desde luego, no me parecía apropiado enjuiciar ahora el resultado final de aquellos acontecimientos, pero tampoco podía hablarle de la tablilla de dibujo, de la escuadra que me resbalaba mientras corría ni de la pesada cartera.
Pero estos objetos banales formaban parte de mi revolución personal, ya que con su peso y su engorro me obligaron a zanjar una cuestión que, considerada de un modo superficial, carece de peso y significado, puesto que, en el contexto de los hechos, a nadie interesará si un rubio estudiante de bachillerato se sale de una masa de medio millón de personas o se queda en ella; pero para mí esta alternativa significaba si creía necesario y sería capaz de matar al padre, lo que no era una trivialidad, sino una cuestión que aquel martes por la noche tendrían que decidir todos los que constituían aquella multitud.
Si el dilema se hubiera planteado entonces con esta crudeza, seguro que ninguno de nosotros hubiera permanecido allí, arropado por la masa, marchando en la dirección marcada por una fuerza desconocida, sino que cada cual hubiera escapado a todo correr hacia su modesto o lujoso cubil; entonces no hubiéramos sido una masa humana sino una horda rabiosa, una muchedumbre enloquecida, una turba destructora poseída por una cólera irracional; porque, en el fondo, el ser humano no se diferencia mucho de los animales salvajes, él ansia la paz, el calor del sol, un nido blando y tranquilidad para procrear, y no se muestra agresivo hasta que ve amenazado el nido, el alimento y la seguridad de la prole, y aun entonces no es en matar en lo primero que piensa.
Eso sucedió también entonces; al aire tibio de aquel anochecer, el espíritu combativo se manifestaba sólo en la acción de marchar, éramos muchos y marchábamos, acción que, naturalmente, iba dirigida contra algo o contra alguien, pero no estaba muy claro contra qué ni contra quién, cada cual podía pensar lo que mejor le pareciera, acarrear sus propias reivindicaciones, sus propios engorros, sus propias preguntas, aún no tenía que decidirse o, si ya se había decidido, aún no necesitaba saber con exactitud qué dirían los demás a su decisión, por eso coreaba las consignas, por eso gritaba, o callaba.
No creo que pudiera haber algo que no tuviera significado, cada grito, cada frase, cada verso, ¡hasta el silencio!, me servían para auscultar y probar mis sentimientos personales, descubrir mis puntos de contacto con la masa, mi afinidad y posible identificación con ella.
Cualquier objeto, ya sea una regla de dibujo, una poesía o una bandera, puede servir de base al pensamiento, sobre esta base fijamos los pensamientos para los que no encontramos palabras, el objeto no es entonces sino la señal tangible de mudos instintos animales y oscuros sentimientos indefinibles, el escenario de su plasmación, la superficie en la que se inscriben, quizá más que el objeto o el hecho en sí sean sólo un pretexto.