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Para que Melchior pudiera comprender al fin algo de mí, en aquel momento, hubiera tenido que hablar -aquí, delante del teatro de esta plaza de Berlín inundada de luz blanca- del último y breve episodio feliz de mi historia, de aquella oscuridad que se me posó en los ojos, en la que todavía lo reconozco, ¡naturalmente, es Kálmán! o Kristian, no, Kálmán, ¡Kálmán!, sí, hubiera tenido que hablar de aquel último, pequeño fragmento de alegría infantil, y, como no tengo ninguna mano libre, en una llevo la tablilla de dibujo y en la otra la cartera que después perderé, tengo que mover con fuerza la cabeza, alegremente, para sacudirme su mano, me parece tan inesperado, tan increíble que esté aquí, como si hubiera encontrado la consabida aguja en el pajar.

Melchior, sin decir nada, observaba mi silencio, que no podía ser más elocuente.

Aquella tarde de diciembre, tampoco fui yo el primero que se movió, sino Hedi, que inclinó la cabeza.

No quería seguir participando en aquel empeño por cerrar los ojos a los acontecimientos, por negárnoslos mutuamente, y me pidió que la acompañara a la puerta.

Ni siquiera allí nos miramos a la cara, yo contemplaba la calle sombría y ella revolvía en su bolso.

Pensé que quizá fuera a darme la mano, lo que sería ridículo, pero del bolso sacó un osito de peluche roñoso que enseguida reconocí, era el talismán de las chicas, y me dijo que se lo diera a Livia.

Al agarrar el muñeco, rocé casualmente sus dedos, y me pareció que ella quería confiarnos a nosotros dos todo lo que dejaba tras de sí.

Ella se fue y yo entré en casa.

La abuela salía de la sala, seguramente venía en mi busca, huyendo de la charla de consuelo de la tía Klara; yo era el único con aún podía hablar.

Me preguntó quién había venido.

Hedi, le dije.

La pequeña judía del pelo rubio, preguntó.

Estaba delante de la puerta blanca del recibidor, a la última luz de la tarde, vestida de negro de pies a cabeza, con mirada inexpresiva.

Si se le había muerto alguien, me preguntó.

Se marcha, dije.

Adonde.

No lo sé.

Esperé hasta que se hubo alejado en dirección a la cocina, fingiendo tener algo que hacer allí, y me fui a la habitación del abuelo.

Hacía un mes que no entraba nadie, sin él estaba exánime, árida, nada removía el polvo.

Cerré la puerta y me quedé quieto, luego dejé el oso de felpa encima de la mesa, entre los libros y papeles que daban testimonio de la actividad de sus últimos días.

El tres de noviembre había empezado a trabajar en el proyecto de una reforma electoral que no pudo terminar antes del veintidós de noviembre.

Recordé la fábula que solía contar, de las tres ranas que caen en el cubo de la leche; en esta agua tan espesa seguro que no me ahogo dice la optimista, pero aún no ha acabado decirlo cuando se le pega la boca y se hunde; si la optimista se ha hundido, ¿cómo no voy a ahogarme yo?, dice la pesimista, y también se hunde, pero la tercera, la realista, se limita a hacer lo que hacen las ranas, y mueve las patas sin parar hasta que nota algo sólido debajo, algo firme y duro en lo que puede apoyarse para saltar, ella ignora que ha hecho mantequilla, ¿qué sabe una rana?, pero puede salir del cubo.

Quité el osito de encima de la mesa, comprendí que sería un grave error dejarlo allí.

De Livia sabía que había aprendido a tallar cristal; un día, quizá dos años después, al pasar por la calle Prater, miré por la ventana de un semisótano que un listón inclinado mantenía abierta, y vi a varias mujeres sentadas ante las muelas que giraban y chirriaban, y allí estaba Livia, con la bata mal abrochada, moviendo hábilmente una copa sobre la muela; estaba embarazada.

Aquel verano recibí carta de János Hamar, una carta muy cariñosa, que venía de Montevideo, en la que me decía que si en algo podía ayudarme lo haría encantado, no tenía más que escribirle, pero que prefería que fuese a verle y, si quería, podía quedarme a vivir con él; estaba en el cuerpo diplomático y llevaba una vida tranquila y agradable, aún le quedaban dos años de servicio y le gustaría hacer conmigo un largo viaje, que le contestara a vuelta de correo, porque también él se había quedado solo y ya no quería cambiar las cosas; pero esta carta no me llegó hasta mucho después.

A pesar de todo, yo creía que ahora, poco a poco, cautelosamente, regresarían todos los que aún vivían, pero no volví a ver a ninguno. Cuando, años después, cayó otra vez en mis manos el osito de felpa, me dolía tanto verlo que lo tiré.

En donde él refiere a Thea la confesión de Melchior

Durante nuestros paseos nocturnos, cualquiera que fuera el itinerario que eligiéramos entre nuestros circuitos habituales, el repicar acompasado de nuestros pasos resonaba en la oscuridad de las calles desiertas con un ritmo extraño y forzado, y ni la más animada conversación ni el silencio más profundo podían librarnos ni un segundo de aquel eco.

Las casas de la ciudad, aquellas fachadas hoscas y desfiguradas por la guerra, parecían absorber nuestros tranquilos pasos y devolvernos sólo aquello que también en nosotros era desabrido y frío; y si arriba, en el palomar del quinto piso, debajo del tejado, solíamos charlar libremente, aquí abajo, donde teníamos que salvar el abismo entre la tétrica frialdad del entorno y el calor de nuestros sentimientos, la conversación adquiría un tono sobrio y responsable que también podría describirse como fría sinceridad.

Arriba, casi nunca hablábamos de Thea, aquí abajo, sí, y a menudo.

Los escrúpulos que me causaba mi duplicidad me hacían llevar aquellas conversaciones de manera que no fuera yo el primero en pronunciar su nombre, y me acercaba al tema con precaución, orillándolo, pero, en cuanto sonaba el nombre, Melchior se lanzaba a hablar de ella; a veces, sorprendido por las asociaciones de ideas que suscitaba el tema, enmudecía, asustado, o no se atrevía a hacer manifestaciones que le parecían comprometedoras, y yo, con preguntas hábiles Y arteras, apostillas y comentarios, nos mantenía a ambos en la tortuosa senda que se hundía en la oscuridad de su pasado, para penetrar en aquel paisaje brumoso, del que con tanta habilidad y utilizando todas sus sutilezas intelectuales trataba él de aislarse, aun a riesgo de mutilarse espiritualmente.