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En mis paseos de tarde con Thea, mientras conversábamos caminando por el paisaje llano y barrido por el viento de las afueras de la ciudad, o, sentados a la orilla de un lago verde o de un canal que se prolongaba hasta el horizonte, seguíamos con la mirada el movimiento de las aguas o, sencillamente, contemplábamos el paisaje, yo tenía que seguir la táctica opuesta, porque la vastedad del entorno invitaba a la confidencia, permitía distinguir claramente entre sentimientos y pasiones y apreciar su interdependencia, porque la naturaleza no es un escenario, sino que, para los ojos que luchan contra la ilusión óptica, puede ser, incluso, hiperreal, y no admite las pequeña comedias humanas que sólo caben en el decorado de la ciudad; y Thea, si yo quería fomentar sus sentimientos hacia Melchior, debía impedirle, con distracciones e interrupciones constantes, que me abriera su corazón, como suele decirse, en suma, que hablara de él.

Ésta me parecía una solución bella y equilibrada para alcanzar mi objetivo.

Porque, aunque no habláramos de él, Melchior no dejaba de estar presente en nuestra conversación, y yo sentía aquella excitación asfixiante que experimenta el criminal mientras prepara el golpe, seguro de que él no necesita intervenir, sólo indaga, observa y examina el terreno, no, no debe inmiscuirse en el buen orden de la naturaleza, basta con descubrir cómo funciona el sistema que ha creado la situación presente para que el botín caiga en sus manos; en realidad, en mis relaciones con uno y otro, yo no hacía más que perseverar en el empeño de prolongar la situación, con sugerencias e insinuaciones congruentes.

Poco a poco, fui infundiendo en Thea la casi imposible esperanza de que Melchior, pese a las apariencias, no era inalcanzable, mientras con cautela trataba de disipar los escrúpulos que impulsaban a Melchior a combatir con tesón sus inclinaciones naturales que se manifestaban tenazmente; por ello, por extraño que pudiera parecer, también era comprensible que Thea no tuviera celos de mí, ya que, a sus ojos, más aún, para todo su sistema emocional, yo constituía la certeza constante y tangible de una esperanza lejana pero irrenunciable, mientras que Melchior se sentía embriagado por la posibilidad de conocer a través de mí algo que le había estado vedado hasta ahora, es más, sabía que yo no podría pertenecerle por completo mientras no poseyera también esta otra cosa.

Los enamorados van por el mundo llevando en sí el cuerpo del otro e irradiando la corporeidad conjunta, pero esta unión no es idéntica a la suma matemática de los dos cuerpos, es algo más y es también otra cosa, algo casi indefinible, que se traduce tanto por cantidad como por calidad, porque los dos cuerpos, al sumarse, no forman un ente único; por otra parte, este incremento en cantidad y esta diversidad en calidad que se conjugan en una sola identidad, digamos, en la mezcla de olores de los dos cuerpos unidos, es sólo la manifestación más superficial o externa de la unión, que se extiende a todas las funciones vitales de dos cuerpos separados, ya que, por supuesto, impregna sus ropas, el pelo y la piel, de manera que el que trata con los enamorados entra de improviso en el ámbito de esta nueva corporeidad y, si es sensible, no sólo se verá arrastrado al círculo mágico de esas dos personas, sino que recibirá su influencia y también algo de su amor, y hasta es posible que, guiado por su sensibilidad, perciba los intercambios, transferencias y desplazamientos operados en los movimientos, expresiones faciales y manera de hablar que son la peculiar manifestación física de la unión psíquica de la pareja.

El espacio situado entre ellos dos que no conseguí ocupar aquella primera noche en el palco de honor del teatro de la ópera pude asegurármelo después, para ello no tuve más que entreabrir a Thea nuestro mundo particular, y entonces ellos dos empezaron a comunicarse, porque, sin darme cuenta, en aquellos paseos de la tarde, yo llevaba a Melchior conmigo, y si algo tomaba Thea de mí, y algo debía tomar, si quería mantener su equilibrio emocional, también tomaba algo de él, y a la inversa, cuando Thea me daba algo de sí, Melchior lo percibía a su vez, ya fuera en forma de pérdida o de ganancia; y él lo notaba, me olfateaba como un perro, me hacía escenas de celos que yo apenas podía eludir con evasivas y bromas, y a mi regreso de aquellos paseos, teníamos que restablecer el equilibrio perdido y la antigua relación entre nosotros, y esto nos acercaba a Thea.

Yo no sabía a ciencia cierta qué había ocurrido entre ellos, a mis preguntas daban ambos respuestas vagas, de las que deducía que lo que fuere habría sido tan enojoso y frustrante para uno como para el otro, pero yo pensaba que no puede haber retirada que no sea preludio de una ruptura y, por lo tanto, si quería ayudarles en lo que hubiera entre ellos, y no sólo quería ayudarles sino que tenía la clara sensación de que ello sería para Melchior y para mí la única posibilidad de asegurarnos unas condiciones decentes de supervivencia, yo debía conocer la situación con la máxima exactitud.

Probablemente, parecerá difícil de comprender, pero no puedo explicar mi deseo de buscar una retirada con honor más que diciendo que me hallaba perdido en aquella relación, que experimentaba una angustia voluptuosa y una alegría delirante porque yo, un individuo, un ser que sólo dispone de un potencial sentimental y sensorial único e indivisible, me hubiera unido a una persona que era de mi mismo sexo y no del otro, y ello, a pesar de todos los tabúes, ¡algo debía de querer decir esto!, esta idea de la indivisibilidad del amor me electrizaba, me sentía como si se me hubiera encomendado la confección de una fórmula universal o iniciado en un gran secreto -si esto es así, pensaba con un sentimiento de triunfo, entonces éste soy yo, un Ser humano completo, un todo indivisible-, pero ¿era mi sexo sólo una parte de este todo? ¿O acaso este todo, con independencia de mi Sexo, sólo podía manifestarse plenamente en el amor? ¿Y consistía el significado último del sentimiento amoroso en que yo, en tanto que un todo indivisible, me uniera a otro todo indivisible? ¿Y me unía yo a otra persona en función de mi Yo indivisible al elegir o dejar de elegir con arreglo a mi sexo? Pero en vano trataba de hallar una respuesta a la pregunta de si, a pesar de haber elegido en función de mi Yo, debía sufrir el dolor inmenso de que él no fuera como yo ni pudiera serlo, sino siempre distinto, idéntico sólo en el sexo; y así el placer por el contacto inmediato con el igual, la dicha y la frustración que producía el no poder asumir la diferencia del otro a pesar de nuestra similitud, se convertía en una experiencia tan dolorosa que mi pasado y mi vida toda me parecían fútiles; y la desesperanza ante la inutilidad de mis esfuerzos se hacía tan profunda que yo, que siempre he buscado la armonía y rehuido la confrontación, sentía el deseo de ceder al impulso de marcharme inmediatamente, irme a casa, y «casa» significaba el pasado, el hastío, la costumbre, la seguridad, lo que significa el hogar cuando uno está lejos.

Yo quería irme a casa, él lo sabía, yo no daba razones ni explicaciones, él no preguntaba; envolviéndose en la inmensa superioridad de su dolor, me dejaba marchar sin decir palabra, pero también él quería partir, adelantándose a mi marcha, huir del país, indiferente al peligro, en su desesperanza; yo regresaría a la seguridad de la patria y él se iría a la aventura de sus nostalgias y deseos; daba la impresión de que, con nuestros paralelos cambios de situación, deseáramos vengarnos por nuestras historias personales, manchándonos el uno al otro con la considerable cantidad de inmundicia histórica que nos lastraba y enfrentaba; sólo que esto ya no podía considerarse un juego ni una riña de enamorados, de este país nadie podía salir sin exponerse a que lo mataran o lo metieran en la cárcel, y en aquellos años eran muy pocos los que conseguían escapar, pero de esto no hablábamos; Melchior actuaba de un modo misterioso, estaba nervioso, irritable, probablemente esperaba una señal, un aviso del otro lado y, según todos los indicios, era su amigo francés, el comunista declarado, quien organizaba su huida.