Yo hubiera debido recordar que sólo podemos salvarnos de los sinsabores de la adolescencia, del desvalimiento que nos produce nuestro afán de entregarnos, de los tanteos, de la ignorancia de la naturaleza de la sensualidad, eligiendo formas de actividad amorosa colectivamente aceptadas y reglamentadas y situadas dentro de un marco moral, que, aunque no encajen con nuestras preferencias, marcan unos límites, por más que coarten nuestra libertad, libertad que la moral de la sociedad considera inadmisible, anómala, superflua y viciada, y dentro de estos límites encontramos un terreno óptimo para desarrollar nuestra actividad amorosa, en el que, si nos atenemos al reparto de papeles convencional, nos declaramos a otra persona que lucha con dificultades parecidas y, a costa de renunciar a la plena satisfacción de nuestros deseos sexuales, podemos conocer una sensualidad casi impersonal pero intensa; y ni ese vacío sorprendente que sigue al momento de la satisfacción física, ese terrible vacío de lo impersonal, ese abismo es insalvable, porque hasta de una unión semejante puede surgir algo orgánico y muy personal, un niño, y nada hay más personal, orgánico y perfecto; es de los dos, se parece a los dos, se diferencia de los dos, es la compensación por todos los sufrimientos y el objeto de abnegación y desvelos, de temores, penas y alegrías, el abismo ya no es un vacío angustioso, ahora tiene contenido.
El náufrago que se debate en un mar sin fondo, buscando un punto de apoyo, se agarra a lo primero que encuentra para mantenerse a flote, ni que sea una caña; no lo piensa dos veces, en ella cifra su salvación y, con el tiempo, creerá -puesto que otra cosa no tiene y el implacable instinto de supervivencia suele sugerir ideas místicas- que el objeto que ha encontrado casualmente le pertenece, que lo ha eleegido a él y él ha elegido al objeto; pero tan pronto como la rítmica fuerza de las olas lo lanza a la playa de la madurez comprende que debe su salvación a la casualidad, pero ¿puede llamarse casualidad a aquello que lo ha salvado de ahogarse?
Todas las experiencias de diez años de intensa actividad amorosa parecían derrumbarse ahora sobre el suelo frágil de mis sentimientos; se me antojaba que en cada una de mis aventuras me había limitado a ceder al deseo, y que mi cuerpo había encontrado simple placer físico en lo que en realidad no era más que instinto de supervivencia, en lugar del auténtico acto, que no hubiera sido un simple acto; no comprendía su significado y por ello constantemente tenía que asirme a algo, iba a la deriva en un mar inmenso, sin sentir el suelo bajo mis pies, por eso no podían consolarme estos placeres, y de ahí la constante búsqueda y acoso a otros cuerpos acosados; pero lo que más me impresionaba ahora no era que, a través del cuerpo del hombre sentado a mi lado, yo deseara a Thea, ni que él me demostrara su simpatía sirviéndose de Thea, ni que yo, a mi vez, me aproximara a él a través de Thea, ni que él y yo girásemos en torno a ella, ni que pretendiéramos iniciar una relación de pareja, sino que, comoquiera que nos lo planteásemos, éramos tres y, puesto que ya éramos tres, ¿por qué no cuatro o cinco? Pero ni este embrollo podía sorprenderme más que una imagen hecha pálido recuerdo, a cuya fecha y lugar ya no tenemos acceso; fue como si, detrás de esta confusión, yo hubiera visto de pronto, desnuda ante mí, la figura clara de mis deseos elementales y, en lugar de seguir la acción que se desarrollaba en el escenario, estuviera sólo pendiente de ella: era pequeña, con la piel azulada, sudaba y palpitaba, existía en sí misma, independiente de nosotros, incluso de mí; fue como ver la envoltura corporal de la pura fuerza vital, su figura física que, pese a todas las teorías modernas, no es femenina ni masculina, no tiene sexo y sólo existe para que, a través de ella, podamos comunicarnos libremente unos con otros.
Aquella noche yo recuperé algo de mi libertad de antaño que creía perdida, la libertad del corazón y de los sentidos; pero no sin amargura tengo que reconocer hoy que fue inútil, que toda percepción u observación sensorial es inútil, porque yo, precisamente en el concepto y valoración de mis propias percepciones sensoriales, debía resultar una criatura de mi tiempo, dócil hasta la estupidez; yo tenía de las cosas una cierta idea y creía que esta idea vaga, y que resultaba ser más descabellada cada vez, era conocimiento, y quería poner en práctica inmediatamente esta idea vaga que a mí me parecía conocimiento; armado de este instrumental, quería crearme una posición espiritual, proponerme inmediatamente objetivos prácticos, tener éxito, ejercer influencia, mandar, controlar, maniobrar, como si, en una especie de ministerio del amor, yo fuera un alto funcionario que trabaja con los datos que tiene a su disposición, y mis diez años de intensa actividad amorosa habían creado en mí unos condicionamientos cuyas consecuencias tenía que pagar ahora: creer exclusivamente en lo palpable, prescindir de todo lo que no pudiera objetivarse inmediatamente y, por lo tanto, no pudiera proporcionar placer físico, ei nombre de la razón, negar todo lo que no fuera una realidad que pediera asumirse racionalmente y descartar toda sensibilidad y sentimiento, admitir sólo mi realidad personal y subjetiva negando una realidad más amplia e impersonal cuando ésta no se acomodara a ella; pero fuera como fuere, con semejante tesitura, era en vano que ciertos escrúpulos morales y un innato realismo me señalaran celosamente mi fatal equivocación, porque no les hacía caso.
He considerado necesario exponer todo esto antes de reanudar mi relato y volver a nuestros paseos de la tarde, para describir el medio espiritual en el que se mueven dos personas que, para alcanzar su objetivo, tratan de utilizar al otro como instrumento y, a pesar de todo, el paseo los une; metafóricamente hablando, andan por un camino que otros han trillado.
Porque de nada sirven los buenos propósitos de observar una conducta honorable ni el sueño de la neutralidad si progresivamente nos adentramos en la masa emocional del oponente, que, en definitiva, no puede separarse de la materia del cuerpo vivo; era inútil que nos limitáramos a utilizar palabras que sólo podían entenderse e interpretarse en sentido figurado, ningún contacto, ¡a lo sumo, el silencio!, cuando nuestras palabras adquirían un sentido que sólo nos afectaba a nosotros, con este sentido, las palabras obstaculizaban precisamente el objetivo que nos habíamos propuesto, que era recto y viable.
Ésta era, poco más o menos, la situación, éste era el ambiente sentimental en el que nos movíamos por aquel paisaje natural, mientras ella, con paso regular, caminaba delante de mí por el sendero que conducía al bosque lejano, y yo, gratamente sorprendido, rumiaba su confesión queda, amarga, breve y escueta, como si su intención no hubiera sido la de recordarnos, en aquel momento excesivamente íntimo y peligroso, las proporciones que nuestro común objetivo imponía a nuestra relación y, por lo tanto, quizá, rechazarme, sino todo lo contrario, parecía que quería atraerme hacia sí, hacia el ámbito más profundo y secreto de su vida.
Yo casi no podía dominarme; de buena gana hubiera prescindido de toda inhibición, sentía un vértigo de agradecimiento, deseo de ser correspondido, de abrazarla y sentir su cuerpo fino, delicado y frágil; algo de su afecto percibía ya en sus pasos que se alejaban, acaso no acababa de decirme claramente que consideraba toda su vida un gran disparate, pero que hiciera ella lo que hiciera en el disparate de su vida, había dos personas, su amiga y su marido, a las que siempre podía volver, lo que en nuestro lenguaje particular quería decir que hiciéramos lo que hiciéramos nosotros dos, yo nada tenía que temer, que ella se sabía segura y que, aun en el caso de que los perdiera a ambos, no cerraría tras de sí todas las puertas.