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Y es que todas nuestras confesiones sentimentales, supuestamente sinceras, tienen algo de traición.

Por ejemplo, cuando uno dice por qué no ama a su patria, con esta confesión, involuntariamente, hace patente su amor y su deseo de acción, mientras que una profesión de lealtad a la patria, por seria y apasionada que sea, hace patente la repulsa y la pesadumbre, el dolor, la aflicción, la desesperación y la frustración que esa patria le causa, por lo que el deseo de acción se disipa en protestas encendidas y elocuentes.

Su reticencia, sus respuestas lacónicas pero bien articuladas me hicieron pensar que yo estaba en lo cierto y frau Kühnert se equivocaba; realmente, durante las últimas semanas, Thea había cambiado había llegado a una frontera y parecía que sólo había podido hacer aquella confesión porque la unión que daba seguridad a su vida se ha bía convertido en una carga insoportable, y ella me lo confesaba para que yo la ayudara a cruzar esa frontera, a romper ataduras.

No obstante, yo no podía hacer lo que más natural parecía, tocarla con mi mano o con mi cuerpo, hubiera sido excesivo e improcedente.

Tal como ya había sentido aquella memorable tarde de domingo con motivo de la infantil crisis de llanto de Melchior, el cuerpo por si solo ofrece poco consuelo; él quería el futuro de mi cuerpo, él quería algo de lo que yo únicamente hubiera podido disponer si hubiera sido capaz de cedérselo en silencio y sin reservas, pero no podía, quizá por cobardía, y tenía que negárselo.

Y como yo sentía que mi cuerpo, por un lado, no bastaba y, por otro lado, no tenía esta finalidad, guiándome por la experiencia sensual más profunda y oscura que había cosechado mi cuerpo, reconocía la recíproca idoneidad de sus cuerpos de la que el mío no podía ser sino catalizador: yo quería servirles.

Yo me había ofrecido a ambos como un neutral mediador para conseguir un objetivo lejano, instrumento que ellos, obedientes a las leyes de su egoísmo, aceptaban y utilizaban, sólo que no habíamos tomado en consideración que en el amor, ni la moral ni la abnegación pueden neutralizar el sexo de un cuerpo humano, y por ello yo tenía que recurrir a toda mi autodisciplina, lo que generaba en mí la voluptuosa tensión del criminal que prepara el golpe, con el resultado de que la acción ya no estaba determinada por el amor sino por el propósito de expulsar de mi cuerpo a los seres amados.

Por lo tanto, no era yo el que por allí caminaba, eran dos pies extraños que transportaban la carcasa vacía de este deseo servil que, sin la alegría del momento de la culminación, se había convertido en un peso muerto que había que arrastrar, en beneficio de un futuro honorable o aceptable.

Las ramas verde oscuro se mecían como las olas del mar en lo alto de los troncos rojizos.

En el bosque, el sendero se perdía bajo la blanda alfombra de la pinaza; más hacia el interior, estaba oscuro.

Quizá Thea se dio cuenta de que no me gustaba entrar allí, porque se paró debajo de los primeros árboles y, sin sacar las manos del bolsillo de su chaquetón rojo, dio media vuelta y apoyó la espalda en tronco de un árbol, como si quisiera calcular con la mirada el camino recorrido y, lentamente, fue resbalando hasta quedar en cuclillas pero no se sentó.

No nos miramos.

Ella contemplaba las suaves ondulaciones del paisaje que se diluía en el anochecer, tan apacible bajo el ancho firmamento, con su claroscuro de nubes inquietas y desflecadas que se amontonaban y disgregaban, yo miraba hacia la oscuridad fresca del bosque impregnaba del olor acre del fermento del mantillo; bajo la bóveda de las ramas rojizas unos fulgores oblicuos rasgaban el crepúsculo imprimiéndole una movilidad constante.

Al cabo de un rato, ella empezó a hurgar en el bolsillo, sacó un largo cigarrillo y fósforos y lo encendió, tras una larga lucha con el viento.

Entonces dijo que lo que hacía estaba prohibido en ese lugar.

Sí, respondí, también yo sentía a veces el deseo de hacer cosas prohibidas.

Ella me miró pestañeando, como si buscara un significado oculto en mi transparente frase, pero yo no correspondí a su mirada, me quedé de pie entre los árboles, sin apoyarme.

Ella dijo entonces que yo ponía una cara como si continuamente estuviera oliendo algo apestoso y, bajando la voz a un tono más comedido, me preguntó si me había molestado.

Yo miré por encima de su hombro, pero percibí que tenía una expresión irónica y provocativa; qué ocurriría, pensé, divertido por mi propia ocurrencia, si ahora yo derribara bajo los árboles a este fardo de lana roja y lo pisoteara a placer; me parecía sentir en los maxilares y los dientes la repercusión de los pisotones.

Esta idea de violencia suscitó en mí un sentimiento de repulsa y, en aquel silencio expectante, me imaginé a mí mismo regresando a la casa de la Steffelbauerstrasse después del asesinato, metiendo mis cosas en una maleta, subiendo a un avión y atisbando desde el aire este lugar, reducido a un punto minúsculo, reconocible por la motita roja del chaquetón que asomaría por entre la alfombra verde de las copas de los árboles.

Es una mujer que lucha contra los monstruosos tormentos del envejecimiento, pensé, pero ¿por qué ha de ser la juventud tan importante para las mujeres?, a la postre, lo que a mí me molestaba no era su edad, al contrario, para mí las formas efímeras tenían un atractivo singular, los rasgos de su cara, que estaban desintegrándose, y la forma en que ella combatía su desintegración, me parecían hermosos, ella se mostraba así sin pudor y me gustaba mucho más que si hubiera sido joven y tersa.

En realidad, sentía no estar enamorada de mí, dijo.

Si estaba enamorada de alguien, estuve a punto de preguntar.

Por ejemplo, ella había imaginado, prosiguió después de una pequeña pausa, animada por mi expresión de contrariedad o por una agitación provocada por su falsa y sospechosa sinceridad, en suma, ella había imaginado el aspecto que yo tenía desnudo.

A juzgar por la cara y las manos, es decir, por lo que estaba a la vista, deducía que yo era un poco rollizo y blando y, si me descuidaba, pronto estaría tan repulsivo como Langerhans.

Yo era tan afable y simpático, tan conciliador, tan humano y decente, tan discreto y atento que daba la impresión de que no tenía músculos y muy pocos huesos bajo una piel lisa y sin pelo, dijo, y de ello deducía que yo no olía a nada.

Yo me acerqué, me agaché delante de ella y le quité el cigarrillo de la mano, entonces quizá podría explicarme en qué situación me había imaginado con esa traza, me intrigaba saberlo.

Ella seguía con la mirada la trayectoria del cigarrillo, como si temiera que le robara demasiado humo, a pesar de que le hubiera deparado un placer frívolo el que, por mediación del cigarrillo, sus labios hubieran rozado los míos, rápidamente recuperó el cigarrillo y a pesar de que ambos tratábamos de evitarlo, nuestros dedos se rozaron y por este contacto nuestra crispada reserva se convirtió en la sensación de que en cualquier momento podía abatirse sobre nosotros una catástrofe.

Sí, dijo ella con una voz más ronca y profunda, a veces las apariencias engañan, es posible, dijo, que yo fuera todo piel y huesos, con lo cruel que era en realidad.

Por qué no respondía, pregunté.

Porque no quería ofenderme, dijo antes de dar otra chupada al cigarrillo.

Ella nunca podría ofenderme.

Dijo que la vida estaba llena de contradicciones, y que cuando yo hablaba tenía la impresión de estar hundiendo los dedos en una masa, aunque no era desagradable.

Que no debíamos tratar de engañarnos el uno al otro, dije, ella no me había imaginado a mí, para ella yo era algo así como un complemento necesario, una especie de entrenamiento, para que no se le entumecieran los huesos.

Ella se rió descaradamente y mientras estábamos en cuclillas uno frente a otro, a menos de dos palmos de distancia, empezó a balancearse hacia adelante y hacia atrás, dándose impulso con el tronco del árbol, acercándome y alejándome la cara, jugando con la distancia.