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No, dijo, tampoco esto es verdad.

Hablaba como si mordiera las palabras y, con ellas, lo que las palabras encubrían.

Y esto quizá me dolía más que si lo hubiera dicho con claridad.

Pero dijo que a ella no le interesaba la verdad en general ni la verdad de nadie en particular.

A veces, hasta conseguía hacer como si no sintiera la humillación.

Cuando lo conoció, pensaba que podría abandonarlo todo por él; ahora, afortunadamente, había recobrado la sensatez.

Pero por él podría hasta matar a Arno, que se pasaba la noche roncando.

Confesaba que de noche solía llamar por teléfono.

Por eso se había inventado este estúpido complejo de la edad, tenía el cuerpo roto, después de meses de humillaciones, era inútil que se repitiera que tenía que olvidarlo, su cabeza no podía pensar en nada más, se había convertido en una quinceañera boba, preocupada sólo por su físico.

Por culpa de este estúpido sentimiento que no la dejaba ni un momento, todo le salía mal y, por si no era bastante, tenía que soportar nuestras caras de felicidad.

Entonces le hubiera confesado gustosamente que felicidad era la palabra, en efecto, pero que nunca había sufrido tormentos tan persistentes como los que me deparaba esta felicidad nuestra; mas de estas cosas no se habla.

Que no tenía celos de mí, dijo, ¿sería ella celosa?, más que celos, sentía repulsión, como la que impulsa a los hombres a escribir en las paredes de los lavabos: castrados todos los maricones de mierda, dijo con una risa de desagravio; naturalmente, ella comprendía que no había que revolver las cosas, y precisamente porque, por extraño y hasta grotesco que pudiera parecer, a pesar de sus protestas e insultos, ella comprendía nuestra relación, no podía estar de mí tan celosa como lo estaría si yo fuera una mujer, incluso le parecía que yo actuaba en su lugar, lo cual, desde luego, era denigrante, porque, aunque no quería interponerse entre nosotros, no podía menos que llamar por teléfono, no podía evitarlo. Quizá ahora que había hablado de ello ya no tuviera necesidad.

Y, en sus momentos de sensatez en medio de la vorágine, tiene la impresión de que se ha buscado este imposible porque, en el fondo, no lo desea, ella siempre ha de suspirar por un imposible, pero esto de ahora no lo entiende, a ella no debía haberle ocurrido una cosa así, porque para un imposible tan imposible ya era muy vieja. Ahora ya no quería nada. Ni siquiera morirse.

Cómo se explicaba que su vida hubiera quedado de repente tan vacía, que ya nada le sucediera y lo que le sucedía ya no le interesara. Mientras hablaba, dijo que le parecía que tampoco eso servía de nada, que las palabras ya nada significaban porque comprendía que era la mera costumbre lo que obligaba a las personas a pronunciar palabras sin significado.

Pero ya basta, teníamos que volver.

Que hiciera el favor de levantarme.

No había hablado en voz alta, ni siquiera podía decirse que hubiera hablado con vehemencia ni con la voz alterada por la tensión reprimida, y, no obstante, se enjugó del labio superior unas gotitas de sudor invisibles para mí.

Aquel movimiento tenía un aire anticuado; por lo menos, los jóvenes no lo harían, entre otras cosas, porque no les parecería estético.

Me levanté, nuestras caras volvían a estar cerca, ella sonreía.

Yo aún no la había visto en una representación al aire libre, dijo ladeando la cabeza.

Esta nueva tentativa de evadirse y distanciarse me serenó también a mí, quizá porque era torpe y forzada, como el que se muerde la lengua, para reprimir un dolor más intenso; volví a sentir el aire fresco y el áspero aroma de los pinos del otoño, y la insignificancia del propio cuerpo, tan magnificado momentos antes, en la inmensidad de la llanura.

Y entonces sentí el deseo imperioso de marcharme, volver al coche y encerrarme, como si el encierro pudiera darme seguridad; al mismo tiempo, a esta corta distancia, sus palabras y sus gestos me indicaban claramente que estaría aventurándome por terreno peligroso si daba la impresión de que trataba de retenerla, porque mi sola presencia ya la incitaba, por lo que la imagen de antes, que aún viajaba por los conductos nerviosos de mis sentidos, en la que me veía a mí mismo asesinándola, no era el inocente ejercicio de la imaginación que yo creía; pero si la pasión reprimida engendra el ansia de matar, si alcanzaba mi objetivo y conseguía unirlos, de nada serviría mi agresividad, como no fuera para suicidarme.

O a la inversa, pensé, invirtiendo causa y efecto con un gesto de displicencia, quizá deseaba unirlos para escapar de ellos y buscarme una mujer -no importaba cuál, con tal de que fuera mujer-, porque encontraba el cuerpo de un hombre insuficiente o excesivo, quizá quería matar en mí el amor por Melchior; y quizá no quería una relación estable porque en el fondo de mi alma temía el castigo que otros, con la ansiedad de su propia inseguridad sexual, garabatean en las paredes de los lavabos.

Pero yo no podía salir corriendo, no podía huir, a ella aún le quedaba algo dentro, algo que no se atrevió a decir hasta haber salvado la distancia que se había abierto entre nosotros, hasta después de nuestro regreso al mundo mezquino y calculador, y sólo después de este preámbulo sugestivo y circunspecto.

Yo esperaba, y ella podía leer en mis ojos cómo me fatigaba esta espera; ella tenía ventaja, podía preguntar cualquier cosa, decir cualquier cosa, estaría vulnerable sólo mientras hablara, pero lo que dijera me haría vulnerable a mí.

Y esta vulnerabilidad empezaba a surtir efecto: las emociones generadas por el deseo reprimido, mi indefensión y el propósito secreto de acercarme a ella a través del hombre al que amaba, me situaban al borde de la frustración, el ridículo y el llanto, o quizá mis ojos se llenaron de lágrimas porque me di cuenta de la inutilidad de mis esfuerzos; ella, aprovechando esta ventaja, me acarició la cara cariñosa pero reservadamente, consciente de su propia alteración, como si quisiera hacerse creer a sí misma que mi emoción se debía a su historia y no pudiera o no quisiera comprender qué la provocaba, por lo menos en la misma medida, el inevitable fracaso de mi propósito; pero lo cierto es que sus dedos temblaban en mi cara, yo lo sentía y ella también, y con esta común percepción entramos en el tiempo de las catástrofes que habíamos temido momentos antes y que acarrearía nuevos sobresaltos y angustias.

Porque después, no menos deliberadamente, confiando en su superioridad, me asió el brazo.

Si la moral del amor no fuera más fuerte que el deseo amoroso, si yo no le hubiera dado tiempo para este gesto sino que le hubiera hecho sentir en los labios, con un beso, el mismo temblor de sus dedos, si esto hubiera sucedido, ella no me hubiera rechazado, pero con su boca me hubiera transmitido su desvalimiento; como esto no sucedió ahora también sus labios empezaron a temblar de ansia y de vergüenza por esta ansia.

Otra vez teníamos que dar un paso atrás, quizá porque la moral del amor no puede consentir que en el deseo amoroso quede ni el más pequeño elemento extraño, todo debe orientarse única y exclusivamente hacia el otro y, si acaso, sólo a través del otro, hacia un tercero; pero, en virtud de esta regresión, yo volvía a ser un instrumento que ella utilizaba para conseguir su objetivo de acercarse al tercero, y por ello también yo, aunque extraviado en un oscuro territorio, debía mantener mi objetivo de llegar hasta ella a través del otro.

Entonces esto significaba que no me quería, murmuré; en su lengua esto puede expresarse con una palabra más corriente que tiene menor carga emocional, en húngaro diría que no me apreciaba lo bastante.

Claro que me quería.

Suspiró las palabras en mi cuello, sobre mi piel, con un beso que se abrió y enseguida se cerró pudorosamente.

Este beso, evidentemente, puso fin a todos los sentimientos experimentados hasta entonces.

Pero nos abrazábamos, embargados por los pequeños detalles de las sensaciones que se trenzaban entre nosotros estimulándose recíprocamente, y un poco turbados por la novedad del cuerpo del otro, sin saber si nuestro cerebro podría o querría analizar o definir esta situación ilógica; por ello parecía que los que se abrazaban eran dos abrigos, con actitud un poco teatral y un poco rígida, porque seguía sin relajarse todo lo que relajarse debía, y nuestros cuerpos, por mucho que apretaran el abrazo, ¡y apretaban!, no disponían de tanta pasión, o la pasión no encontraba tantos puntos de contacto como ellos esperaban, y parecía que nada podía eliminar, disipar, neutralizar la sensación de que no éramos más que dos abrigos.