Él me miraba a los ojos y esperaba.
La frase, formulada ambiguamente y por compromiso, me alejaba de aquel otro momento del que yo no podía ni quería distanciarme, pero no tenía más remedio que advertir que la distancia crecía no sólo en sus ojos sino también en mí mismo, a pesar de que, al parecer, aquella evasiva invitación no podía causar mayor impacto que un recuerdo fugaz; un destello, nada más, un pez que salta de la quieta superficie tratando de respirar en un elemento extraño y levanta una ondulación que se alisa rápidamente antes de hundirse en el silencio; el recuerdo había elegido un punto importante, esencial, y me había hecho comprender que lo que ahora nos ocurría no sólo estaba ligado tanto a lo ya acontecido como a lo aún por llegar, sino que era alusión a un pasado aún más remoto, de modo que eran vanos mis deseos y tentativas de forzar las cosas; porque es imposible demorarnos en lo que llamamos alegría, placer o felicidad; sólo el hecho de que yo sienta de un modo tan vivido cómo huye y se disipa mi felicidad indica ya mi imposibilidad de retenerla, apenas llega ya se ha ido, me ha abandonado, y no me queda sino la cavilación; a pesar de todo, no pude contestarle, por más que se advertía en su actitud que esperaba mi respuesta; de buena gana se la hubiera dado, porque sabía que, sin esa respuesta, yo no podría existir; estaba frente a mí como el que se dispone a marchar, y entonces, echándose la cartera al hombro, dio media vuelta bruscamente y se alejó por entre los matorrales, por donde había venido.
Llega un telegrama
Aunque no hubiera podido decir que avanzaba con regularidad -constantemente, alguna fuerte ráfaga me obligaba a pararme y esperar a que hubiera pasado y era difícil hasta mantenerse en pie-, debía de llevar una buena media hora andando por el dique cuando sentí que algo tomaba un sesgo amenazador.
El viento no soplaba de cara, sino más bien del mar, y yo ladeaba un poco el cuerpo, oponiendo a su acometida la cabeza y los hombros, con el cuello del abrigo subido para protegerme la cara de las salpicaduras de las olas que estallaban en las piedras, y tenía que enjugarme la frente una y otra vez del agua nebulizada que, en pequeños regueros salados, me entraba en los ojos, resbalaba por los lados de la nariz y llegaba hasta la boca; hubiera podido cerrar los ojos, ya que tampoco veía nada, pero deseaba mirar la oscuridad, como si, por una curiosa paradoja, tuviera que mantenerlos abiertos precisamente porque estaba oscuro; al principio, cruzaban por delante de la luna sólo escuadrillas de nubes grises y translúcidas, finas franjas como de humo que venían de tierra e iniciaban la travesía hacia un destino misterioso, y la calma indiferente, la lentitud augusta con que se movía la luna, hacía aquella premura francamente cómica; siguieron nubes de más empaque, densas y macizas, pero no menos ágiles, y la noche se oscureció por completo, como si en un escenario inmenso se hubiera tapado el único foco con una pantalla opaca, el agua ya nada podía reflejar, ya no cabrilleaban crestas blancas en las olas lejanas, hasta que, con la misma brusquedad, volvió la luz, y así una vez y otra, con una cadencia irregular e imprevisible, se sucedían la claridad y la negrura, hasta que llegó la oscuridad definitiva; no he aludido al teatro por casualidad, ya que el curioso fenómeno de que el viento empujara las nubes en dirección opuesta a aquella en que tenía que soplar aquí abajo, esta contraposición de voluntades entre cielo y tierra poseía fuerza dramática, y la intriga se mantendría hasta que allá arriba, en aquella acción imparable, se produjera un vuelco decisivo, aunque a saber cuál, quizá el viento girara o quizá se parara dentro de las nubes acumuladas para arrojarlas al mar en forma de lluvia, lo cierto es que los lapsos de oscuridad eran cada vez más largos, y los claros, más cortos, hasta que la luna, abandonando por fin tierra y agua a su propia oscuridad, desapareció por completo y a partir de aquel momento no pude ver dónde ponía el pie.
Y quizá ahora resultaba más emocionante el juego, porque yo, olvidando el miedo, percibía en lo que suele llamarse la furia de los elementos la plasmación de la tempestad que bullía en mi interior; tenía ante los ojos mis propios sentimientos, incluso me sentía protegido, como si aquello no fuera más que una escenografía montada para mi diversión.
Un soberbio ejercicio de autosugestión, lo reconozco, pero ¿por qué no iba a sentirme yo protagonista de aquella majestuosa tempestad, si hacía semanas que no pensaba sino en que tenía que quitarme la vida como fuera, y qué más en consonancia con mi estado de ánimo que este mundo enfurecido y encerrado en su propia oscuridad que, con toda su energía destructora, no sólo no podía extinguirse a sí mismo sino ni siquiera infligirse daño alguno, ya que tenía sobre sí tan poco poder como yo sobre mí?
La víspera por la noche, la víspera de mi marcha -y hago hincapié porque el contacto con el mar había hecho retroceder todas mis vivencias anteriores a una distancia sedante, de manera que no me hubiera sorprendido si alguien hubiera dicho que eso era un error, que yo no había llegado aquella tarde sino hacía dos semanas, o dos años, y tenía que confirmarme a mí mismo que entre mi marcha y el paseo por la orilla del mar había transcurrido un tiempo corto, lo que no significaba, desde luego, que esta grata distorsión del tiempo me ayudara a desenmarañar mis sentimientos, si bien la contemplación de la tempestad nocturna me había permitido distanciarme lo suficiente como para, por lo menos, poder pensar en lo sucedido-, aquella noche, decía, que ahora parecía hallarse a una bienhechora distancia, yo no había vuelto a casa muy tarde y, en la oscura escalera, en la que aún no habían reparado la luz, había estado tanto rato hurgando con la llave en la cerradura, que frau Kühnert, que estaba en la cocina preparando, como de costumbre, el bocadillo del día siguiente para su marido, advirtió mi llegada, yo la oí con espanto andar por el pasillo con paso rápido, pararse un momento y abrir la puerta, en la mano tenía un sobre verde y, sonriendo, como si hubiera estado preparándose desde hacía rato para recibirme, como si estuviera esperándome, me lo tendió muy colorada, sin darme tiempo de entrar, saludar y agradecerle su amabilidad; por efecto de aquella seguridad, en gran medida, risible, que me infundía la proximidad del mar embravecido durante aquella noche oscura, yo había vencido la angustia que se había apoderado de mí la víspera en aquella puerta y que no rne había abandonado hasta mi llegada; ahora hasta me divertía recordar a frau Kühnert, como en una foto desconocida y quemada por sobreexposición, en el momento en que me tendía el telegrama exclamando:
– ¡Un telegrama, señor mío, ha llegado un telegrama, un telegrama para usted!
Y si yo, por ese instinto que nos hace mirar los objetos que se nos ponen en la mano, hubiera mirado el telegrama en lugar de mirarla a ella, tal vez no hubiera advertido que su sonrisa era tan extraordinaria e insólita no porque ella no sonriera habitualmente, sino porque con ella pretendía disfrazar su avidez, el deseo de fisgar en mi vida, la insaciable curiosidad que, pese a toda su experiencia teatral, no conseguía ocultar; porque, una vez tuve el telegrama en la mano y, después de echar una mirada a la dirección, volví a encararme con ella conteniendo la indignación, su sonrisa ya había desaparecido, sus grandes ojos saltones, desde detrás de las gafas de fina montura de oro, estaban fijos en un punto, mi boca, atentos a una confesión trascendental y largo tiempo demorada y en sus facciones se reflejaba, si no un odio virulento todavía, sí una expectación desprovista de toda compasión; quería saber cómo reaccionaría yo a la noticia, incomprensible para ella pero sin duda demoledora, me daba la impresión de que ella ya había leído el telegrama y me sentí palidecer -fue el momento en que me invadió la angustia-, pero pensé que debía dominarme, porque fuera cual fuera el texto del telegrama y viniera de donde viniera, aquella mujer sabía ya o pretendía saber de mí muchas cosas como para que yo pudiera seguir allí, y nada trataba yo de impedir con más ahínco sino que la gente se empeñara en husmear en mi vida, es decir, que no sólo tendría que encajar con dignidad la presunta mala noticia, sino que también tendría que mudarme de alojamiento.