De la tierra llana y descolorida se elevaba una tenue bruma gris, en los bordes de las montañosas nubes refulgía aún el rojo resplandor del ocaso ventoso, aquí abajo se habían borrado colores y relieves, hasta el tiempo se había agotado, aunque su contenido, infinitamente dividido, estaba en mí, pero sin forma, como el mundo que me rodeaba.
Yo estaba en un caos, no podía ir hacia adelante ni hacia atrás, no había camino, aunque al fin y al cabo camino es sólo un concepto que nos hemos inventado para que nos ayude a liberarnos de nuestra engorrosa materia; pues muy bien, no había camino, sólo un suelo apianado por pies desconocidos, no había bruma, sólo agua, y materia, en todo y sobre todo, materia inerte.
Quizá la orla roja de los nubarrones, pero tampoco eso era más que polvo, humo, arena, residuo de la materia de la tierra; ¿o quizá la luz, que yo nunca podría ver en toda su pureza?
Yo callaba, porque no había paisaje, sólo materia, una materia pesada, quería gritar que me habían robado la belleza, no hay belleza, no hay forma, pero tampoco esto era más que un recurso por el que trataba de eludir mi propia falta de forma, aunque era ridículo el empeño, porque si hay una materia cuyo peso siento y cuyo caos percibo, ¿quién me roba nada?
Cuando me abrió la puerta del coche y me senté a su lado, le noté en la cara que se había tranquilizado, su interior estaba en calma y desde aquella calma me observaba con precaución, un poco como si tuviera que habérselas con un enfermo grave o con un perturbado; pero, antes de empezar a batallar con la puesta en marcha, me miró como si, a pesar de todo, hubiera comprendido algo de lo que había sucedido entre nosotros.
Preguntó adónde.
Normalmente, no preguntaba, respondí; por qué ahora sí.
Soltó el freno de mano y el coche empezó a bajar la cuesta en punto muerto.
Bien, dijo, pues me llevaría a mi casa.
No, dije, quería ir a casa de Melchior.
Jadeando, el motor se puso en marcha y, entre explosiones y sacudidas, salimos a la carretera; la luz de los faros extraía de la penumbra del anochecer la carretera que las ruedas iban atrayendo.
Atraemos el futuro y soltamos el pasado, es lo que llamamos progreso, pero la división es arbitraria, porque sólo podemos captar la sucesión de los elementos que se repiten en el tiempo por medio de un concepto al que llamamos velocidad, esto es la historia, sencillamente, y ésta era mi historia, yo me había equivocado y repetía mis equivocaciones.
Pero era ella la que ahora, con su calma, su reserva, su serenidad y su atención, me hacía concebir una leve esperanza, también percibía esto.
Después le pregunté si sabía que Melchior quiso ser violinista.
Sí, respondió, lo sabía, pero no debíamos seguir hablando de él.
De qué podíamos hablar, pregunté.
De nada, dijo.
Y si sabía por qué había dejado el violín.
No, no lo sabía, ni quería saberlo.
Que se imaginara a un muchacho de diecisiete años, proseguí, y el tener que forzar la voz para ahogar el estrépito del vetusto dos tiempos y hablar casi a gritos de algo que exigía un tono confidencial me reafirmó en mi decisión de insistir; volvería a intentarlo por última vez; la necesidad de alzar la voz me permitía también tomarme una revancha, como quien dice: ¿no querías saber? ¡Pues escucha esto. Mientras, por otra parte, me ayudaba a abordar y desacralizar un tema prohibido y vencer los escrúpulos por mi traición.
Que se imaginara a un muchacho de diecisiete años que, en una ciudad pequeña, bonita y romántica, poco bombardeada durante la guerra, es considerado un prodigio, dije, dominando el ruido del motor con aquella voz que no parecía la mía, y le pregunté si conocía la ciudad, porque de pronto esto me pareció sumamente importante, si conocía las casas, las calles, el aire, el armario con las fragantes manzanas de invierno en lo alto, el foso que rodea el castillo, ahora invadido por la maleza, y la mancha en el techo, encima de la cama. Y mientras en mi cabeza se agolpaban todas estas cosas, comprendí que había empezado mal y había seguido peor, y que si a la historia le quitas lo esencial no queda nada que contar.
No, no la conocía, y me agradecería mucho que cambiara de tema o mejor, que me callara.
Hubiera tenido que hablarle también de aquel anochecer, de la niebla que se deshacía, dejando jirones en el aire quieto, prendidos aquí y allá, cuando salimos de la casa de la Worther Platz y nos paramos en la puerta, para decidir hacia dónde íbamos, lo que no era indiferente, ya que en la elección del itinerario del paseo nocturno influían tanto nuestro estado de ánimo como nuestros planes para después.
Que si podía imaginar, vociferé, una situación en la que un adolescente no es capaz de distinguir entre la belleza de su cuerpo y el alcance de sus facultades.
Con la cabeza en alto para sostener en equilibrio sobre la nariz las horribles gafas, ella mantenía un silencio hosco, como si concentrara toda su atención en la carretera y mi voz no significara más que el tableteo y el zumbido del motor.
Probablemente, la noche en que Melchior me contó esta historia deseábamos dar un paseo largo porque, aunque en un principio elegimos la vuelta corta, luego nos desviamos y fuimos a salir al Weissensee dando un rodeo.
En la terraza de la cervecería sacamos dos sillas de hierro de las que estaban amontonadas, que chirriaron en la oscuridad con un quejido triste, sólo queríamos sentarnos un momento a fumar un cigarrillo, hacía frío.
Debía de ser cerca de la medianoche, de vez en cuando llegaba del lago el ronco graznido de un pato silvestre; por lo demás, todo estaba mudo, oscuro y quieto.
Yo le hablé de mi hermana pequeña, de su muerte, de la institución a la que la había llevado mi padre, en la que sólo la visité una vez, porque no me atreví a volver, le describí aquella única visita, en la que, recordando nuestro juego, ella se instaló entre mis rodillas, con lo que estaba diciéndome que apretara.
Yo apretaba, y ella se reía, lo que en su lenguaje quería decir que deseaba jugar, que estaba contenta y que, si me la llevaba de allí, me compensaría con su alegría, aunque también podía ser, añadí, que el pesar que me causaba mi propia indiferencia hablara por mi boca.
Con los codos apoyados en la mesa y la cabeza entre las manos, él tenía que inclinarse para mirarme, porque yo me había tendido sobre dos sillas y apoyaba la cabeza en su regazo.
Dos años después, le dije, sin haber sido capaz de volver a verla encontré un papel encima de la mesa: tu hermana ha muerto, el entierro será tal día a tal hora.
No llegaba luz hasta nosotros, sólo nos veíamos la cara al resplandor de la brasa de los cigarrillos.
Él me escuchó atentamente hasta el final, pero no sin prevención
La prevención de Melchior se extendía a todo mi pasado, en cuanto empezaba a hablarle de él, se ponía tenso, aunque demostraba interés, o la cortesía le hacía demostrarlo; era como si no pudiera permitirse asimilar también mi pasado, como si el momento actual y mi presencia fueran más que suficiente.
También podría decirse que me miraba con la reserva de un hombre maduro, realista, enérgico, en la plenitud de la edad, no sin cierta condescendencia y tolerancia hacia mis debilidades, porque, al fin y al cabo, él me quería, aunque no le parecía bien que anduviera a vueltas con los detalles de mi pasado, que un hombre adulto normal debería haber dejado atrás para siempre.
Pero su abstracción era sólo aparente, ya que constantemente, casi sin darse cuenta, corregía mis defectos de lenguaje, esto se había convertido en un proceso naturaclass="underline" él completaba mis frases en voz baja, las terminaba por mí, las disponía con arreglo al riguroso orden que exige su lengua materna, mientras yo tenía que apropiarme de sus expresiones para suplir mis deficiencias, utilizar sus frases para contar mi historia, y ni me daba cuenta de que algunas de nuestras frases comunes teníamos que repetirlas dos o más veces, modificando el orden y el valor de las palabras para conseguir el significado deseado.